Hay una certeza contra la que jamás ha podido luchar la humanidad. Ni los emperadores, ni los multimillonarios, ni las grandes corporaciones tecnológicas, ni los políticos que prometen cambiar el mundo cada cuatro años. Todos han perdido la misma batalla: el tiempo. El tiempo no negocia. No acepta sobornos. No conoce el botón de pausa ni el de retroceso. Sigue avanzando con una puntualidad casi ofensiva.
Lo curioso es que nos empeñamos en administrarlo como si fuera una cuenta bancaria. Compramos relojes inteligentes para ahorrar segundos, teléfonos cada vez más rápidos, computadores más potentes y automóviles capaces de acelerar de cero a cien kilómetros por hora en pocos segundos… para terminar inmóviles en un embotellamiento.
Y aquí la gran paradoja urbana. En las mega ciudades, dos, tres y hasta cuatro horas diarias desaparecen entre buses, trenes, metros, motocicletas, automóviles y trancones interminables. Se sale de casa cuando aún bosteza el amanecer y se regresa cuando ya es de noche. Al final del día no queda energía para vivir; apenas alcanza para sobrevivir y ajustar el despertador para el día siguiente…
En las ciudades medianas ocurre algo distinto. Todo parece estar a cinco o diez minutos. Da la impresión de que el tiempo transcurre más despacio. Pero es una ilusión óptica. La hora sigue teniendo sesenta minutos y cada minuto conserva sus sesenta segundos. Lo único que cambia es que uno deja de regalárselos al tráfico.
Mientras tanto, la vida pasa. Trabajamos. Compramos. Pagamos cuotas. Esperamos las vacaciones como quien espera un eclipse solar. Y para millones de personas esas vacaciones nunca llegan. La mayor parte de la humanidad no vive soñando con recorrer el mundo; vive soñando con llegar tranquila a fin de mes.
En el caso de familias con descendencia humana, el gran objetivo siempre fue el mismo: que los hijos tuvieran una vida mejor. Y, en muchos casos, lo lograron. Tan bien lo hicieron que ahora viven a miles de kilómetros, hablan otros idiomas y la antigua casa familiar terminó convertida en una reunión anual por videollamada. Así funciona el éxito moderno.

Cuando aparecen los setenta años —si la fortuna regala salud, una pensión y un techo propio— comienza un ejercicio inesperado: abrir el clóset. Entonces aparecen cinco chaquetas que nadie usa, veinte camisas perfectamente dobladas, zapatos para ocasiones que jamás volverán, tres celulares antiguos «por si acaso», dos computadores que ya parecen piezas de museo, tabletas, cables misteriosos que nadie sabe para qué sirven y cajas llenas de objetos cuyo único mérito consiste en haber sobrevivido a varias mudanzas. Uno descubre que pasó cuarenta años comprando cosas para terminar preguntándose quién tendrá que deshacerse de ellas cuando ya no esté.

El automóvil merece un capítulo aparte. Hay quienes lo lavan cada domingo con la misma dedicación con la que antes ayudaban a sus hijos con las tareas escolares. Otros hacen cuentas y concluyen que mantener un vehículo que apenas sale una vez por semana es un lujo bastante costoso. Lo venden sin demasiados remordimientos.
Claro, hay excepciones. En Estados Unidos el automóvil dejó hace décadas de ser un medio de transporte para convertirse en una forma de vida. Allí muchas ciudades fueron diseñadas pensando en motores y no en personas. Caminar suele parecer un acto de rebeldía y montar en bicicleta, salvo en algunos barrios o parques, exige más valentía que condición física.
Para este tiempo, también cambia la forma de habitar los espacios familiares. La casa donde cabía toda la familia empieza a quedarse demasiado grande para dos personas. Algunos la renta, muchos la venden y terminan viviendo en apartamentos donde el minimalismo deja de ser una filosofía japonesa para convertirse en una necesidad inmobiliaria.
Entonces aparece una pregunta incómoda. ¿Para qué guardamos tantas cosas? La respuesta suele ser sencilla: porque nunca tuvimos tiempo para preguntarlo antes. Y entonces lo verdaderamente importante empieza a reducirse a una lista mucho más corta. Cuidar la salud. No convertirse en una carga para los demás. Llamar a esos amigos que aún responden el teléfono. Encontrar un grupo con quien conversar, compartir una afición, hacer voluntariado o, en el peor de los casos, intercambiar memes y fotos por WhatsApp para demostrar que seguimos aquí.
Y es precisamente entonces cuando el cuerpo presenta la cuenta de cobro. La espalda protesta. Las rodillas opinan. El equilibrio ya no es el mismo. La respiración exige pausas. El corazón recuerda que durante décadas trabajó más de la cuenta y recibió muy poco mantenimiento. Muchos descubren demasiado tarde que invirtieron toda su vida en producir riqueza… menos la propia. Cultivaron empresas de otros. Cultivaron carreras profesionales llenas de títulos de postgrados. Cultivaron patrimonio. Pero olvidaron cultivar el cuerpo que debía acompañarlos durante todo el viaje.
Los compañeros de trabajo atraviesan historias parecidas. Algunos lograron conservar una excelente condición física. Son pocos. La mayoría pertenece a una generación educada para creer que el éxito consistía en trabajar sin descanso, acumular bienes, hacer especializaciones, pagar hipotecas y garantizar que los hijos llegaran más lejos. Y sí. Llegaron tan lejos que ahora toca cuadrar la llamada según el huso horario.
¿Hay arrepentimientos? Tal vez no, lo que existe es una comprensión más serena. Nos vendieron un modelo de vida que funcionó para algunos, pero nunca para todos. Creímos que el progreso resolvería las injusticias, que la tecnología reduciría las guerras, que el desarrollo traería tranquilidad. Sin embargo, el siglo XXI sigue despertando con conflictos armados, desigualdades profundas y un planeta que nos recuerda, con olas de calor e inundaciones, que también él tiene límites.
Aun así, no todo está perdido. Mientras exista la posibilidad de levantarse cada mañana, preparar un café, leer un buen libro, conversar con alguien querido, caminar unas cuadras o subirse nuevamente a una bicicleta, todavía queda futuro.
Quizás la verdadera riqueza nunca estuvo en la cuenta bancaria ni en el garaje lleno de vehículos. Tal vez siempre estuvo en disponer del tiempo suficiente para vivir despacio. Por eso, mientras las piernas respondan y el corazón siga marcando el ritmo, vale la pena salir a dar una vuelta en bicicleta. Sin prisa. Sin récords. Sin demostrarle nada a nadie. Después de todo, la única carrera que realmente importa ya no consiste en llegar primero. Consiste en disfrutar el camino antes de que el tiempo, ese viejo e invencible compañero de viaje, decida que hemos llegado al destino final.






