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Cuando la política y el dinero están de espaldas a las personas

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La destrucción de la familia en las formas que lo estamos haciendo, se pagará en algún momento de la historia que están escribiendo los poderosos, sobre los cuerpos muertos y de los no nacidos de millones de personas. Veremos si su tecnología, sus fortunas de mentiras financieras le alcanzará para seguir adelante, en un mundo distópico que construyen día a día.

Los valores que orientan la vida en sociedad, las metas personales y la forma como entendemos el éxito han cambiado profundamente en las últimas décadas. No es la primera vez que ocurre en la historia, pero quizá pocas épocas han exaltado con tanta intensidad el individualismo como la actual. Expresiones aparentemente inocentes como «sé feliz» o «sé tú mismo» se repiten hasta el cansancio en la publicidad, las redes sociales y los discursos motivacionales. Sin embargo, detrás de ellas se esconde una transformación mucho más profunda: la responsabilidad colectiva parece diluirse mientras el individuo carga, casi en solitario, con el peso de su propio destino.

Zygmunt Bauman no fue un profeta en el sentido estricto; era un extraordinario observador de las consecuencias sociales de la modernidad. Lo interesante es que muchas de sus advertencias fueron escritas antes de que existieran los teléfonos inteligentes, las redes sociales tal como las conocemos hoy o la inteligencia artificial generativa. Sin embargo, describió con precisión un mundo donde todo sería temporal: el empleo, las relaciones, las identidades e incluso las ciudades.

El sociólogo Zygmunt Bauman denominó este fenómeno modernidad líquida: una sociedad donde las relaciones, los empleos e incluso los proyectos de vida pierden estabilidad. Por su parte, Byung-Chul Han sostiene que el ser humano contemporáneo ya no necesita un explotador externo; termina explotándose a sí mismo convencido de que trabaja por su libertad y realización personal.

En las grandes ciudades, la vida cotidiana parece haberse convertido en una interminable sucesión de turnos laborales. Se trabaja para adquirir bienes o, en muchos casos, simplemente para sobrevivir con ingresos insuficientes. El sueño de conformar una familia se posterga una y otra vez hasta que muchas parejas concluyen que las cuentas simplemente no cuadran. Alimentación, vivienda, educación, salud, transporte y recreación representan costos que desbordan la capacidad económica de millones de hogares. Algunos aplazan la decisión; otros renuncian definitivamente a tener hijos.

Esta transformación también se refleja en la vivienda. La casa amplia, con patio, garaje, comedor familiar y espacios para varias generaciones, ha sido reemplazada por apartamentos cada vez más pequeños y costosos. En muchas ciudades latinoamericanas, una vivienda de apenas treinta o cuarenta metros cuadrados representa décadas de endeudamiento. La incertidumbre laboral hace el resto: cuando el empleo es precario, los sueños dejan de ser proyectos para convertirse en riesgos financieros.

Podría pensarse que esta realidad pertenece exclusivamente a los países en desarrollo. Sin embargo, las economías más ricas tampoco escapan al problema. Millones de personas viven sin una vivienda permanente. Algunos duermen en automóviles, caravanas, casas rodantes o campamentos improvisados. Muchos trabajan, tienen ingresos y, aun así, no pueden acceder a una vivienda digna. La pobreza ya no siempre significa desempleo; cada vez con mayor frecuencia significa trabajar y seguir siendo pobre.

Las consecuencias van mucho más allá de la economía. El debilitamiento de la familia y de las redes comunitarias afecta la salud mental, incrementa la sensación de soledad y favorece la aparición de problemas asociados al consumo de alcohol y drogas. Robert Putnam documentó cómo el deterioro de la vida comunitaria reduce el llamado capital social, es decir, la confianza y la cooperación que mantienen cohesionada a una sociedad.

La disminución de la natalidad, observable en buena parte del mundo, también genera efectos estructurales. Menos nacimientos significan menos estudiantes, menor demanda de servicios pediátricos y, con el paso del tiempo, una población envejecida que presiona los sistemas de salud y pensiones. La discusión ya no es únicamente demográfica; es económica, cultural y política.

Mientras tanto, la producción continúa transformándose. La automatización y la robotización sustituyen cada vez más tareas humanas tanto en la industria como en la agricultura. Paralelamente, una parte creciente de la riqueza mundial proviene de movimientos financieros más que de la producción de bienes tangibles. Karl Polanyi advertía que cuando el mercado pretende organizar todos los aspectos de la vida social, las personas terminan subordinadas a la lógica económica, y no al contrario.

Conviene recordar que el dinero, por sí mismo, no produce alimentos, conocimiento ni bienestar. Es un instrumento sustentado en la confianza colectiva. La verdadera riqueza continúa siendo el talento humano: la capacidad de crear, investigar, cuidar, enseñar, innovar y construir comunidad.

«Cuando la tasa de rendimiento del capital supera a la tasa de crecimiento de la economía a largo plazo, el capitalismo produce de forma automática desigualdades insostenibles que amenazan los valores meritocráticos en los que se basan en nuestras sociedades democráticas»

Thomas Piketty ha mostrado cómo la concentración de la riqueza aumenta en muchas economías desarrolladas mientras amplios sectores de la población enfrentan mayores dificultades para acceder a vivienda, educación y oportunidades. Esta contradicción obliga a preguntarse si el crecimiento económico, por sí solo, garantiza una mejor calidad de vida.

Las guerras contemporáneas agravan todavía más este panorama. Ciudades destruidas, millones de desplazados, infraestructura reducida a escombros y generaciones enteras sin perspectivas de futuro recuerdan que el progreso tecnológico no necesariamente va acompañado de progreso humano. La verdadera tragedia no consiste únicamente en morir; consiste en sobrevivir cada día sin esperanza.

Quizá la mayor paradoja de nuestro tiempo sea esta: nunca la humanidad había acumulado tanta riqueza, tanta tecnología y tanto conocimiento, y, sin embargo, millones de personas experimentan una creciente sensación de inseguridad, aislamiento y precariedad.

Las sociedades que sacrifican la cooperación, la familia, la comunidad y la solidaridad en nombre de la rentabilidad terminan debilitando los mismos cimientos que sostienen su desarrollo. La historia demuestra que ninguna civilización puede prosperar indefinidamente cuando olvida que su principal patrimonio no son los mercados ni las finanzas, sino las personas.

Porque, al final, ninguna inteligencia artificial, ningún algoritmo y ninguna fortuna podrán reemplazar aquello que ha permitido sobrevivir a la humanidad durante miles de años: la capacidad de construir vínculos, cuidar de los otros y pensar el futuro como un proyecto compartido.

Pensando en Bauman llega esta frase:
la calidad de una sociedad se mide por la calidad de los vínculos que es capaz de construir.
Quizá la bicicleta, más que un vehículo, siga siendo una de las mejores herramientas para tejer esos vínculos.

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