
Hay una epidemia silenciosa que no necesita vacunas ni respeta fronteras: el endeudamiento de las familias. Ocurre en Argentina, Colombia, Estados Unidos, Europa y, con diferentes intensidades, prácticamente en cualquier lugar donde exista alguien dispuesto a prestar dinero y alguien convencido de que mañana podrá pagar lo que hoy no puede comprar.
El problema es que ya no se trata solamente de endeudarse para comprar el último teléfono, el televisor más grande o ese electrodoméstico que promete hacer en cinco minutos lo que nuestras abuelas hacían en media hora.
El asunto se vuelve mucho más serio cuando el crédito comienza a utilizarse para pagar la vida. Alimentos, arriendo, servicios públicos, transporte, educación. Gastos que llegan puntualmente, aunque los ingresos no tengan la misma puntualidad para crecer. Y entonces aparece la tarjeta de crédito como una especie de salvavidas financiero. Solo que algunos salvavidas tienen la desagradable costumbre de convertirse en ancla.
La tecnología hizo algo extraordinario: convirtió el dinero en algo casi invisible y el crédito en un clic. Antes había que entrar a un banco, llenar formularios, esperar una respuesta y probablemente conversar con alguien que hacía muchas preguntas antes de prestar un peso. Hoy una aplicación puede ofrecer crédito en cuestión de minutos.
Abrimos la billetera digital, pulsamos un botón y el dinero aparece en la cuenta, maravilloso. El pequeño detalle es que también desaparece después, cuando llega la fecha de pago. Así la facilidad de acceso al crédito puede convertirse en una trampa cuando se utiliza para cubrir gastos que los ingresos ya no alcanzan a sostener. Y allí la tecnología deja de ser solamente una herramienta financiera para convertirse en un acelerador del endeudamiento.
Después aparecen modalidades todavía más peligrosas. En Colombia sabemos perfectamente de qué hablamos cuando mencionamos el gota a gota: dinero rápido, intereses brutales y una cobranza que puede pasar de la amenaza financiera a la violencia. Y así entre la sofisticación de una fintech y la brutalidad del cobrador de esquina puede existir una misma tragedia: vivir por encima de los ingresos porque los ingresos ya no alcanzan para vivir.

Pero sería demasiado sencillo culpar únicamente a los bancos, las aplicaciones o la inflación., hay otra pieza del engranaje: nosotros. Durante décadas, la publicidad nos ha enseñado que comprar produce felicidad. Que cambiar de teléfono es progresar, que estrenar automóvil significa éxito, que una casa más grande representa bienestar y que el electrodoméstico más reciente solucionará esa parte de nuestra existencia que aparentemente estaba incompleta. El mercado es extraordinariamente creativo para descubrir necesidades que no sabíamos que teníamos.
Un mundial de fútbol puede convertirse en la justificación perfecta para comprar un televisor nuevo. Un teléfono que todavía funciona perfectamente se transforma, de repente, en un objeto viejo. Y la bicicleta que nos llevaba tranquilamente al trabajo puede terminar arrumada porque apareció un automóvil que, además de costar mucho más, necesita combustible, seguro, impuestos, mantenimiento y parqueadero.
La felicidad, aparentemente, viene ahora con factura mensual y esa factura puede durar mucho más que la emoción de estrenar. Y se suma la revolución tecnológica, que también cuesta. Inteligencia artificial, automatización, vehículos eléctricos, electrodomésticos inteligentes, teléfonos cada vez más sofisticados y nuevas formas de trabajar.
Todo cambia, el problema es que nuestras necesidades de consumo cambian mucho más rápido que nuestros ingresos, entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que compramos realmente necesitamos? Y una cosa es mejorar la calidad de vida y otra convertir cada novedad tecnológica en una obligación.
El automóvil eléctrico, por ejemplo, puede ser una excelente solución de movilidad y ambiental en determinados contextos. Pero si una persona se endeuda durante años para adquirirlo mientras sus ingresos apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas, quizá el problema no sea la tecnología sino la decisión financiera.
Y aquí la bicicleta tiene algo que decir. No necesita gasolina, no paga parqueadero y, hasta donde sabemos, todavía no requiere una cuota mensual para seguir avanzando. A veces la tecnología más revolucionaria consiste en recordar que hay cosas que funcionan muy bien desde hace mucho tiempo.

En esta época el empleo ya no es una garantía, el viejo pacto social también se está debilitando. Estudiar una profesión ya no garantiza un empleo estable durante décadas. Tener experiencia tampoco. Trabajar desde un computador puede ofrecer independencia, pero no necesariamente seguridad. Las transformaciones tecnológicas, la automatización y los cambios económicos están modificando el mercado laboral a una velocidad difícil de asimilar.
Y aquí aparece una contradicción peligrosa: vivimos en una sociedad que invita permanentemente a consumir, pero en la que cada vez más personas tienen dificultades para saber cuánto ganarán dentro de algunos meses. Nos dicen: compre ahora…el futuro responde: veremos.
En esas condiciones, endeudarse para mantener un determinado estilo de vida puede convertirse en una crisis permanente. Y esa crisis no se queda en la cuenta bancaria. Entra en la casa, afecta las relaciones familiares, altera el sueño y convierte cada fin de mes en una pequeña batalla.
Por esos menos cosas, más espacio y en medio de tanta velocidad, exista una idea bastante antigua que vale la pena recuperar: la sencillez. No se trata de regresar a las cavernas ni de renunciar a los avances tecnológicos. Se trata de recordar algo que el mercado parece empeñado en hacernos olvidar: no todo lo que podemos comprar necesitamos comprarlo.
¿Para qué otro apartamento si existe una vivienda familiar que puede utilizarse? ¿Para qué un automóvil de moda si podemos caminar, utilizar transporte público o montar en bicicleta? ¿Para qué cinco electrodomésticos que hacen prácticamente lo mismo? ¿Para qué veinte prendas que permanecen meses dentro de un armario? ¿Para qué convertir cada deseo en una deuda?
Por eso entre menos cosas, hay más espacio, entre menos deudas, hay más tranquilidad y entre menos necesidad de aparentar, probablemente haya más libertad. En tiempos de incertidumbre, ahorrar tampoco es una idea anticuada. Puede ser una forma de resistencia. Porque cuando el empleo deja de ser seguro, tener un margen financiero significa algo mucho más importante que comprar: poder dormir tranquilo.
Hay otra factura que casi nunca aparece en el extracto bancario: la ambiental. Cada teléfono, televisor, automóvil, electrodoméstico o prenda que compramos necesitó materias primas, energía, agua, transporte y procesos industriales para llegar hasta nosotros. Y cuando deja de servir, aparece otro problema: los residuos. Nada es gratis en la naturaleza. Nada.
El planeta paga una parte de cada compra, aunque nosotros no la veamos en la factura. Por eso consumir menos, reparar antes de reemplazar y comprar solamente aquello que realmente necesitamos no es solamente una decisión económica, también puede ser una decisión ambiental.
Quizá la pregunta final sea sencilla: ¿Somos personas que utilizan el mercado para satisfacer sus necesidades o consumidores cuya principal función es mantener funcionando el mercado? La diferencia no es pequeña. Una vida digna no necesita ostentación. Necesita vivienda, alimentación, salud, educación, afectos, movilidad, descanso y cierta tranquilidad para mirar el día siguiente sin que una montaña de cuotas esté esperando en la puerta.
En BiciUrba nos gusta pensar que la bicicleta tiene algo de esa filosofía: pedalea con lo necesario, no necesita demostrar nada. Y quizá esa sea una buena metáfora para estos tiempos: avanzar sin cargar más peso del necesario, porque cuando las deudas pesan demasiado, hasta la bicicleta más liviana se siente pesada. Tal vez el verdadero lujo de estos tiempos sea tener lo necesario, deber poco, consumir con conciencia y poder levantarse cada mañana sin que el futuro ya venga hipotecado.






