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Bogotá: de la ciudad de las bicicletas a la dictadura de las motos

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En Bogotá hay más de 500.000 motocicletas matriculadas, según datos recientes de movilidad y registros locales

Hay una curiosa familia de dos ruedas que merece algo de respeto histórico: la motocicleta. Prima acelerada de la bicicleta, ha sido durante más de un siglo mucho más que un vehículo para ir de un punto a otro. Ha servido como transporte individual y colectivo, como plataforma de carga, como herramienta de trabajo y, por supuesto, como juguete para quienes consideran que la velocidad es una forma de filosofía.

Hay marcas y modelos que parecen haber firmado un pacto con el tiempo. Sobrevivieron guerras mundiales, crisis económicas, carreteras imposibles y generaciones enteras de conductores. En muchos lugares del planeta, la motocicleta se convirtió en una alternativa económica y eficiente frente al automóvil e incluso frente a vehículos de transporte de mayor tamaño y consumo.

Los aventureros tampoco se quedaron atrás. La llevaron por desiertos, montañas, selvas y caminos donde el concepto de “carretera” era más una esperanza que una realidad. Y, en el otro extremo, están quienes decidieron convertirlas en protagonistas de carreras donde la velocidad y el riesgo parecen competir por el primer lugar.

El problema comienza cuando esa lógica de la pista se traslada a la calle.

Bogotá cambia de dos ruedas

Bogotá, durante años orgullosa de su condición de ciudad ciclística, parece estar transformándose aceleradamente en una ciudad de motocicletas. Y no precisamente mediante una transición tranquila, ordenada y hay varias razones.

La primera es el bolsillo. Tener automóvil en Bogotá puede convertirse rápidamente en una experiencia financiera cercana a la ciencia ficción. Comprar el vehículo ya es costoso; mantenerlo, alimentarlo con combustible y encontrar dónde estacionarlo puede convertir una simple diligencia en una pequeña expedición económica.

El automóvil particular es, en muchos casos, ese cajón sin fondo donde desaparece el dinero. Combustible, estacionamientos, seguros, mantenimiento, reparaciones y demás gastos aparecen con una puntualidad admirable. La moto, en cambio, ofrece una alternativa mucho más accesible para quien necesita desplazarse diariamente.

La segunda razón tiene que ver con la ciudad misma. Bogotá parece haber descubierto una peculiar forma de arquitectura urbana: construir obras que duran casi tanto como las obras literarias clásicas. Puentes, corredores, avenidas y tramos viales parecen tener una relación bastante relajada con el calendario, no hay fecha que se cumpla y los meses se convierten en años.

Mientras tanto, los ciudadanos pasan horas atrapados en trancones. Moverse por la ciudad exige tiempo, paciencia y una considerable capacidad para aceptar que quizá aquello que estaba “a diez minutos” realmente queda a cuarenta y cinco o más.

Y aparece la tercera razón: las motos son, sencillamente, más asequibles que un automóvil. Hay modelos económicos, de trabajo, de turismo, deportivos y auténticas máquinas de lujo. El mercado ofrece prácticamente una moto para cada bolsillo y para cada ego.

La regulación y la formación de conductores también han cambiado. Hoy existen escuelas de conducción y mayores exigencias para obtener la licencia. Algo que, dicho sea de paso, no debería ser visto como un obstáculo, sino como una inversión en algo bastante útil: llegar vivo.

El problema no son las motos

Aquí conviene hacer una precisión: el problema no son las motocicletas. Son las conductas. Hay excelentes motociclistas que respetan las normas, conviven con automóviles, buses, peatones, bicicletas y entienden que una vía pública no es una pista de pruebas. Pero también están los otros…

Los que convierten el escape en sistema de tortura pública con sonidos terriblemente molestos. Los que consideran que la ciclorruta es un carril adicional. Los que descubren que el andén puede ser una vía rápida cuando hay tráfico. Los que adelantan por donde encuentran un espacio de veinte centímetros y, en general, parecen interpretar las normas de tránsito como sugerencias creativas.

Y hay algo todavía más preocupante: la violencia y la arbitrariedad con la que algunos motociclistas se relacionan con los demás usuarios de la vía. Para un peatón, un ciclista o incluso para quien conduce un automóvil, encontrarse con una moto que aparece de cualquier lado, invade el espacio reservado para otros, toca la bocina de manera intimidante o responde con agresividad ante un reclamo puede convertir un desplazamiento cotidiano en una situación de tensión y peligro permanente. Ya no se trata simplemente de llegar rápido; se trata de poder llegar tranquilo. En una ciudad donde movilizarse debería ser una actividad cotidiana y predecible, resulta bastante absurdo tener que calcular si el vehículo que viene detrás respetará la distancia, si el que aparece por la derecha ocupará la ciclorruta o si una protesta por una maniobra peligrosa terminará en una discusión. La calle no debería ser un ring y mucho menos una prueba de carácter.

Para quienes utilizamos la bicicleta urbana, la situación resulta especialmente delicada. Compartir la ciudad debería significar eso: compartirla. No convertir cada trayecto en una competencia para descubrir quién tiene menos paciencia.

Los accidentes están ahí, con heridos, víctimas mortales y nuevos trancones que se suman a los que Bogotá ya produce con una eficiencia casi industrial.

Como ciclista urbano, uno termina preguntándose dónde están los controles. No se trata de perseguir motociclistas ni de demonizar un medio de transporte que, bien utilizado, resulta extraordinariamente útil. Se trata de hacer cumplir las reglas para todos.

Una ciudad que necesita convivir

Bogotá tiene encantos de sobra, pero cada día parece más difícil habitarla. Moverse puede ser complicado, inseguro y contaminante. Y mientras se intenta solucionar un problema, aparecen otros.

Los andenes y las calles, incluso después de ser limpiados o recuperados, vuelven rápidamente a convertirse en basureros. No parece ser un problema de quienes hacen la limpieza, sino de una cultura ciudadana que todavía confunde espacio público con “territorio de nadie”.

En el transporte público la situación tampoco resulta alentadora. TransMilenio ha sido víctima de buena parte de ese desorden: puertas vulneradas, ingresos irregulares, vendedores ambulantes y comportamientos que ponen en riesgo e incomodan a los demás usuarios.

Y el futuro metro tendrá, además de trenes y estaciones, un reto menos tecnológico pero mucho más difícil de resolver: la convivencia. Porque construir infraestructura es complicado. Construir cultura ciudadana parece ser bastante más difícil.

La motocicleta, mientras tanto, seguirá ganando espacio. Es económica, práctica y necesaria para miles de personas. La bicicleta urbana también seguirá siendo una herramienta fundamental para una ciudad que necesita alternativas de movilidad más limpias y eficientes.

Quizá el verdadero desafío de Bogotá no sea decidir si quiere ser una ciudad de bicicletas, motos, buses o metro. El desafío es conseguir que todos puedan circular sin sentirse protagonistas de una película de acción.

Alguna vez llamaron a Bogotá la Atenas Suramericana, no precisamente por su arquitectura, sino por su vida cultural. Hoy, viendo cómo nos movemos, cómo ocupamos el espacio público y cómo respetamos —o no— las reglas, quizá haya que actualizar el título.

Por ahora, Bogotá parece ser apenas suramericana. Y con bastante problemas de circulación en cualquier vehículo que se disponga.

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