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La inteligencia artificial y el viejo miedo de siempre

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Cada desarrollo tecnológico genera incetidumbre, pero en la relidad son espejo de los anhelos humanos, para bien o para mal

Cada cierto tiempo la humanidad descubre una nueva razón para tener miedo. Antes fueron los ejércitos, las bombas, los misiles, las pandemias, el calentamiento global y ahora tenemos a la inteligencia artificial. Y, por supuesto, estamos aterrados.

La pregunta que aparece por todas partes es hasta dónde puede llegar la IA. La respuesta, por ahora, parece sencilla: hasta donde lleguen la ciencia, la imaginación y, sobre todo, el dinero de quienes la están desarrollando. Porque detrás de buena parte de las discusiones sobre inteligencia artificial hay dos viejos conocidos de la humanidad: don dinero y don poder. No son precisamente una pareja nueva.

El mundo que hemos construido funciona alrededor de ellos. Con dinero se compran recursos, se desarrollan tecnologías, se organizan cadenas de producción, se conquista el comercio y se fabrica algo todavía más poderoso: el deseo de comprar cosas que, hasta que aparecieron en una vitrina, nadie sabía que necesitaba.

Después viene el miedo.

El poderoso teme perder su poder. El competidor teme quedarse atrás. El consumidor teme perder su empleo. El ciudadano teme que las máquinas sepan más que él. Y, mientras todos tememos algo diferente, alguien desarrolla una nueva tecnología y anuncia que estamos entrando en una nueva era.La humanidad, en realidad, lleva miles de años haciendo lo mismo.

Cuando nuestros antepasados se organizaron para protegerse de los depredadores, descubrieron que juntos eran más fuertes. Después descubrieron que podían organizarse para enfrentarse a otros grupos humanos. Y cuando alguien inventó una herramienta capaz de hacer más daño que la anterior, el ingenio se convirtió en carrera armamentista.

Una piedra. Una lanza. Una espada. Un cañón. Un avión. Un misil. Una bomba nuclear. La creatividad humana tiene una curiosa costumbre: inventar maravillas y, casi inmediatamente, preguntarse cómo utilizarlas contra alguien.

Ahora aparece la inteligencia artificial, y la imaginación vuelve a hacer lo suyo. Máquinas que piensan, robots autónomos, sistemas capaces de aprender, armas inteligentes, gobiernos vigilando ciudadanos, ciudadanos vigilando gobiernos, computadores tomando decisiones y, por supuesto, la inevitable posibilidad de que las máquinas terminen preguntándose para qué necesitan a los seres humanos.

Hollywood ya hizo varias películas sobre eso. Los escritores de ciencia ficción lo imaginaron hace décadas. Y muchas cosas que parecían fantasía terminaron convertidas en objetos cotidianos. Pero hay una cuestión más interesante: la inteligencia artificial no apareció de la nada. Es una creación humana. Y las creaciones humanas suelen llevar nuestra firma.

Son inteligentes, creativas, eficientes, sorprendentes y, al mismo tiempo, pueden reproducir nuestros defectos.

Pensemos en un automóvil de lujo. Un diseño extraordinario puede convertirse en vanidad. Un motor capaz de alcanzar velocidades absurdas puede convertirse en una amenaza y eventulmente la muerte. Un precio exorbitante puede representar una buena dosis de avaricia. Y toneladas de materiales, energía y recursos naturales pueden terminar convertidas en una pieza brillante que algún día acabará oxidada en una chatarrería.

Luego aparecerá alguien dispuesto a pagar una fortuna para restaurarla y volver a convertirla en una demostración de riqueza. Eso también es inteligencia humana.

Por eso quizá el problema no sea solamente preguntarnos qué hará la inteligencia artificial, sino qué queremos hacer nosotros con ella.

El ciudadano común tendrá que convivir con transformaciones profundas: empleos que cambiarán, profesiones que se reinventarán, nuevas formas de estudiar, de buscar información y de relacionarse con el conocimiento. Las universidades tendrán que adaptarse. Las empresas también. Y los gobiernos intentarán regular una tecnología que probablemente avance mucho más rápido que las leyes.

Mientras tanto, las grandes empresas tecnológicas tienen recursos, talento y capacidad de inversión suficientes para marcar buena parte del ritmo. Y hay que recordar que lo quieran o no, es un negocio y lo que importa es el predominio sobre el mercado, preferiblemente global.

Los políticos lo saben. También saben que, si una potencia acelera, las demás sienten que deben acelerar detrás. Nadie quiere quedarse mirando mientras otro construye la siguiente gran herramienta económica, científica o militar. Y entonces otra vez aparece el viejo miedo, solo que ahora tiene procesadores.

Quizá por eso convendría mirar la inteligencia artificial con menos pánico y un poco más de responsabilidad. No es un demonio salido de una película ni un ángel destinado a solucionar todos nuestros problemas. Es una herramienta extraordinariamente poderosa creada por seres humanos extraordinariamente contradictorios. Y entonces la pregunta fundamental seguirá siendo humana: ¿para qué queremos utilizarla?

Mientras encontramos la respuesta, existe una tecnología bastante más antigua, mucho menos amenazante y que todavía no necesita electricidad, algoritmos ni inteligencia artificial para funcionar. Tiene dos ruedas, un manubrio, unos pedales y una curiosa costumbre de recordarnos que avanzar también puede ser sencillo. La bicicleta no quiere dominar el mundo, solo vamos en ella a alguna parte y por ahora, eso parece suficiente.

“yo sé algo que ustedes todavía no saben”

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