Inicio Noticias Crisis climática La humanidad progresa a toda velocidad… hacia el precipicio

La humanidad progresa a toda velocidad… hacia el precipicio

16
0
El pulmón del continente ante el resultado de una elección política y económica

Estamos desarrollando inteligencia artificial, edificios inteligentes , automóviles inteligentes y que vuelan. Lo único que todavía no conseguimos es comportarnos inteligentemente con el planeta.

La Tierra ha sobrevivido a cinco extinciones masivas. Ahora, según numerosos científicos, estamos entrando en una sexta, esta vez con una diferencia importante: no hace falta esperar la caída de un meteorito. Para semejante trabajo contamos con una especie muy eficiente, capaz de talar bosques, contaminar ríos, recalentar el clima y después organizar una cumbre internacional para discutir quién paga la factura.

Sí, la especie humana. Esa que se considera la más inteligente del planeta porque inventó el teléfono móvil, aunque a veces no levanta la mirada de la pantalla ni para comprobar si viene un camión.

Las cifras de la biodiversidad son preocupantes. El Informe Planeta Vivo de WWF registró una disminución promedio del 73 % en las poblaciones de vertebrados monitoreadas entre 1970 y 2020. No significa que haya desaparecido ese porcentaje de todas las especies, sino que las poblaciones estudiadas se han reducido drásticamente. Los ecosistemas de agua dulce figuran entre los más golpeados.

Pero tranquilos: mientras desaparecen especies, nosotros seguimos perfeccionando los empaques de plástico, comprando productos que no necesitamos y celebrando cada nuevo récord de consumo como si fuera una medalla olímpica.

Las abejas, por ejemplo, cumplen una tarea esencial para la polinización de numerosos cultivos. No tienen oficinas, no convocan ruedas de prensa ni necesitan una aplicación para organizar sus jornadas. Simplemente trabajan. Y nosotros, que dependemos de su labor para producir alimentos, seguimos destruyendo los lugares donde viven. Después nos sorprenderemos cuando la compra del mercado cueste más. ¡Qué misterio tan difícil de resolver!

También desaparecen humedales, se deterioran las fuentes de agua y se pierden especies que podrían contener sustancias útiles para futuros medicamentos. La naturaleza lleva millones de años investigando sin laboratorios corporativos y sin cobrar suscripciones. Nosotros estamos desmontando esa biblioteca antes de terminar de leerla.

La Amazonía no acepta discursos de ventas

La selva amazónica es una pieza fundamental del equilibrio climático mundial. Brasil, que alberga la mayor parte de este bioma, tiene una responsabilidad enorme en su conservación.

Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, entre 2019 y 2022, aumentó la presión sobre la selva y se debilitaron mecanismos de fiscalización ambiental. Con Luiz Inácio Lula da Silva se recuperaron medidas de control y la deforestación disminuyó. Sin embargo, la contradicción persiste: proteger el bosque mientras se promueven actividades económicas que pueden comprometerlo.

Porque el desarrollo, según algunas interpretaciones, consiste en extraer todo lo que tenga algún valor comercial y dejar para después la pregunta sobre qué haremos cuando se agote.

Claro que las comunidades necesitan carreteras, hospitales, escuelas, empleo e ingresos. No se puede exigir a una familia que proteja el bosque mientras carece de servicios básicos. Pero tampoco hay que confundir desarrollo con abrir una herida en la selva y llamarla oportunidad de negocio.

La naturaleza, por cierto, no vota. Tampoco pertenece a un partido político. No distingue entre discursos de izquierda o derecha: cuando se destruye un ecosistema, sus consecuencias no solicitan identificación ideológica antes de llegar.

El cambio climático se ha convertido en motivo de disputas políticas, como si la temperatura del planeta dependiera de una encuesta electoral. Unos minimizan el problema; otros anuncian grandes transformaciones, mientras los intereses económicos siguen empujando en direcciones contradictorias. Entretanto, el termómetro no espera a que los dirigentes se pongan de acuerdo.

Trabajar, comprar, pagar y repetir

Las ciudades son otro capítulo de esta comedia. Construimos torres de concreto, compramos automóviles cada vez más sofisticados y aceptamos pasar horas atrapados en el tráfico. Después llegamos a casa agotados, pedimos comida por una aplicación y nos sentamos frente a otra pantalla para descansar del día que acabamos de perder.

Al día siguiente, repetimos la operación. Trabajamos para pagar la vivienda, el automóvil, los servicios, el combustible y todos esos objetos que prometían ahorrarnos tiempo. Y cuando finalmente tenemos tiempo, estamos demasiado cansados para disfrutarlo.

¡Un modelo de eficiencia verdaderamente admirable!

La publicidad nos convence de que siempre nos falta algo. El mercado vende la solución y, de paso, fabrica una nueva necesidad. La tecnología avanza, pero no necesariamente mejora nuestra relación con el tiempo, los vecinos o la naturaleza.

No se trata de rechazar la innovación. Se trata de entender que una sociedad no es más avanzada solamente porque consume más energía, produce más basura o construye edificios más altos.

Y cuando llegamos a la vejez, aparece una revelación extraordinaria: todo aquello que acumulamos no cabe en el último viaje. No hay entierros con trasteo, ni camión de mudanzas para llevarse los electrodomésticos al más allá.

La bicicleta: una revolución sin sala de juntas

Aquí aparece nuestra vieja amiga de dos ruedas. Sin discursos grandilocuentes, sin combustibles fósiles durante el pedaleo y sin necesidad de actualizar el sistema operativo cada quince días.

Una bicicleta urbana puede resolver muchos desplazamientos cotidianos, reducir la dependencia del automóvil, favorecer la actividad física y aliviar el bolsillo. No acabará por sí sola con la deforestación, pero ayuda a cuestionar la idea de que cada persona necesita mover una tonelada de metal para transportar su humanidad.

Y no hace falta comprar una bicicleta que parezca preparada para conquistar una competencia internacional. Una sencilla, cómoda, segura y bien mantenida puede ser suficiente. No necesitamos componentes de carbono para ir a la panadería ni un uniforme de patrocinador para visitar a los amigos.

La bicicleta tampoco exige regresar a las cavernas. Podemos utilizar internet, disfrutar de los avances médicos y aprovechar la inteligencia artificial sin convertir cada novedad en una excusa para comprar algo más. Lo que necesitamos es inteligencia de la otra: la que permite distinguir entre lo útil y lo superfluo, entre progreso y despilfarro, entre comodidad y dependencia.

La naturaleza seguirá funcionando con sus propias reglas. Nosotros podemos continuar fingiendo que todo se resuelve con dinero, tecnología y discursos, o comenzar a cambiar algunas costumbres.

Por ejemplo, ahorrar combustible, mover las piernas, recuperar tiempo y descubrir que la ciudad también existe más allá del parabrisas. No resolveremos la crisis ambiental pedaleando una sola mañana. Pero cada viaje puede ser una pequeña declaración de independencia frente a una sociedad que nos vende velocidad y termina robándonos el tiempo.

Al fin y al cabo, si vamos a seguir avanzando como especie, convendría asegurarnos de que no estamos pedaleando hacia el precipicio. Y para eso, una bicicleta urbana, algo de sentido común y menos ganas de comprarlo todo pueden ser un excelente comienzo, hasta para defender la amazonía.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí