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Pasaporte, alforjas y una bicicleta: la feliz locura de viajar despacio

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Un sueño, una decisión, una ruta y la mejor compañía: una bici

Los cicloviajeros, esa extraña especie humana que considera perfectamente razonable atravesar la cordillera de los Andes empujando una bicicleta cargada con treinta kilos de equipaje, dormir bajo una tormenta en Patagonia, cocinar arroz en una estufa del tamaño de una taza y celebrar con lágrimas de felicidad cuando encuentran una ducha caliente después de cuatro días de carretera.

Para el ciudadano promedio, semejante comportamiento merece una evaluación médica. Para ellos, es simplemente martes. Cada día se suman más nombres y Yotubers que van consignando su viaje y experiencias en las redes sociales, haciendo soñar a algunos y asustar a otros, ¿Realmente son tan valientes e intrépidos? Y no solo son ellos, ellas también se arriesgan, en pareja o de forma individual, van con sus motetes en la bici que resiste todo los terrenos imaginables.

Por las carreteras de América han pasado personajes extraordinarios. Viajeros como Caren y Cruz, la pareja argentina que convirtió las rutas del continente en su hogar durante años. Mujeres inspiradoras como Isabel Lorca Benavides, «Atisbo», que decidió descubrir su país y buena parte del mundo a la velocidad de los pedales. Aventureros europeos que cruzaron océanos para descubrir que el verdadero lujo no estaba en los hoteles sino en los caminos secundarios donde todavía la gente saluda al desconocido.

Algunos hacen de su viaje una experiencia compartida con caninos, como es el caso de Jonathan Suárez Álvarez, que no solo recorre kilómetros, a donde llegan hacen campañas de protección y cuidado de los perros, y como él son varios los que hacen de su experiencia una labor social destacable, promoviendo temas ambientales, sociales y en general la defensa del planeta y quienes lo habitamos.

Los cicloviajeros poseen además una capacidad sobrenatural para sufrir voluntariamente. Mientras el resto de la humanidad busca rutas fáciles, ellos parecen atraídos por los mapas que contienen palabras como «Paso de montaña», «Ascenso prolongado», «Ruta sin pavimentar» o «Camino en construcción».
Y cuando finalmente alcanzan la cima después de ocho horas de esfuerzo, descubren que ahora viene una bajada de cuarenta kilómetros con viento helado, lluvia horizontal y una temperatura capaz de congelar las ideas. Es la ruta y la variedad climática y paisajística de nuestro continente.

Pero sonríen, siempre sonríen. Quizás porque el cicloviajero aprende rápidamente que el humor pesa menos que la queja. Que una sonrisa abre puertas, y que siempre hay alguien que quiere compartir su experiencia sobre la bici. En alguna parte de Perú descubrirá que los perros tienen un doctorado en persecución de bicicletas. En Bolivia aprenderá que el viento puede convertirse en un enemigo personal, porque es más duro que algunas cuestas. En Chile comprobará que la Patagonia fabrica ráfagas capaces de desplazar camiones, y en Colombia recordará que ninguna montaña del continente parece haber escuchado hablar de la palabra «plano».

Sin embargo, detrás de las bromas existe una admirable preparación. Antes de iniciar una travesía continental, el viajero debe entrenar las piernas, fortalecer la espalda y, sobre todo, educar la paciencia. No es salir de la noche a la mañana, pero tampoco es aplazarlo indefinidamente, es tomar un plan, organizarlo y atreverse a salir.

La compañera de ruta también hay escogerla muy bien y prepararla, porque será casa, vehículo, socia en todo, y también presentará fatigas y ajustes necesarios en la ruta. Una bicicleta sencilla, bien mantenida y fácil de reparar suele ser más valiosa que un modelo sofisticado imposible de arreglar en un pequeño pueblo andino.

Las alforjas transportan mucho más que equipaje. Llevan herramientas, ropa, carpa, saco de dormir, repuestos, documentos y, sobre todo, la capacidad de resolver problemas, porque tarde o temprano llegará el pinchazo bajo la lluvia, la cadena rota en mitad de la nada, la cuesta que parecía corta en el mapa pero se vuelve eterna. El campamento improvisado cuando cae la noche, o la pregunta que inevitablemente aparece en algún rincón remoto del continente:
—¿Y usted para dónde va? La respuesta suele generar silencio.
—Voy para Argentina.
—¿En bicicleta?
—Sí.
—¿Está loco?

Y tal vez tengan razón, un poco locos sí están. Como lo estuvieron los navegantes que cruzaron océanos desconocidos, los exploradores que atravesaron selvas o los montañistas que decidieron subir donde nadie les había pedido que subieran. La diferencia es que los cicloviajeros modernos no buscan conquistar territorios ni descubrir continentes, casi siempre buscan descubrirse a sí mismos. Por eso, después de miles de kilómetros, ya no recuerdan con precisión cuántos puertos de montaña escalaron o cuántas fronteras cruzaron.

Pero sí recuerdan al campesino que les regaló un café caliente en una mañana fría, a la familia que les permitió instalar la carpa en el patio, al mecánico que arregló una rueda sin cobrar un peso, al niño que observó la bicicleta cargada como si estuviera viendo una nave espacial.

Porque viajar en bicicleta por Suramérica termina enseñando una verdad sencilla y poderosa: el continente no está hecho de carreteras, está hecho de personas. Y quizás esa sea la razón por la cual quienes emprenden estos viajes siempre regresan distintos. Más cansados, ciertamente, más flacos, casi siempre, con algunas cicatrices y muchas historias para compartir.

Pero también con la certeza de que todavía existen caminos donde la aventura sigue viva, donde la solidaridad aparece cuando menos se espera y donde una simple bicicleta puede abrir puertas que ningún vehículo de lujo jamás encontrará. Después de todo, viajar despacio sigue siendo una de las formas más hermosas de llegar lejos.

Claro, está el asunto del miedo. Porque apenas alguien anuncia que piensa recorrer Suramérica en bicicleta, aparecen de inmediato los expertos en catástrofes: el vecino que conoce a alguien que conoce a alguien que fue atracado en una carretera; el familiar convencido de que detrás de cada curva se esconde un ladrón; el amigo que enumera secuestros, robos y accidentes como si leyera el parte diario de una guerra. Y sí, los riesgos existen.

Hay zonas donde la inseguridad obliga a tomar precauciones, planear rutas con cuidado y mantenerse alerta. Sería ingenuo negarlo. Pero ocurre algo curioso: cuando los cicloviajeros hacen cuentas después de miles de kilómetros, suelen recordar más actos de generosidad que episodios de violencia.

Recuerdan al tendero que les llenó gratuitamente las botellas de agua, al camionero que les indicó una ruta más segura, a la familia que les ofreció una cena caliente, al policía que les permitió dormir bajo techo durante una tormenta o al campesino que les regaló frutas para continuar el camino. Descubren entonces que, aunque las noticias suelen amplificar nuestros temores, las carreteras todavía están llenas de personas buenas. Quizás por eso muchos viajeros afirman que el equipaje más pesado no son las alforjas sino los prejuicios que cargamos antes de partir. Los cicloviajeros aprenden pronto que la prudencia es indispensable, pero también que la confianza en la gente suele recibir más recompensas que decepciones.

Si te decides, ponte a planear el viaje, preparación física adecuada, alistar bici y equipaje mínimo necesario, revisar contactos y poner fecha de arranque. Buen viaje y que sea una aventura enriquecedora, y no hablo de dinero, hablo de vida.

Viajar en pareja, una aventura de valor, amor, y buena compañía

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