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Un regalo para toda la vida: la bicicleta que me enseña a crecer

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No sueño con ganar el Tour de Francia ni convertirme en campeón mundial. Lo que más me gusta es sentir el viento en la cara mientras voy al colegio o cuando salgo con mi familia los fines de semana. La bicicleta me ha enseñado que moverme sin contaminar también es una forma de cuidar el planeta.

Me llamo Juan Mateo, tengo 10 años y vivo en un conjunto residencial en Suba, Bogotá. Mi mejor amiga tiene dos ruedas, un timbre medio escandaloso y una cadena que a veces protesta cuando no la limpio. Es mi bicicleta.

Me la regaló mi abuelo cuando cumplí cinco años. Recuerdo que era lo más grande que había recibido en toda mi vida. Mi papá y mi tío me enseñaron a montar en el parque del conjunto. Al principio parecía una misión imposible. Me iba para un lado, luego para el otro, y el suelo me saludaba más veces de las que yo quería. Pero ellos nunca se rindieron. Un día dejé de sentir las manos de mi papá sosteniendo el sillín y descubrí que estaba pedaleando solo. Ese fue uno de los días más felices de mi vida.

Ahora la bicicleta me acompaña todos los días al colegio. Allí hacemos parte de un grupo de estudiantes ciclistas apoyado por programas de movilidad de la ciudad. Lo mejor no es solamente pedalear. Lo mejor son los amigos y amigas que he conocido gracias a ella.

Cuando llegamos al colegio siempre terminamos hablando de bicicletas. Que si a uno le cambiaron las llantas, que si otro aprendió a reparar un pinchazo, que si alguien estrenó casco o descubrió una nueva ciclorruta. Algunos son muy rápidos, otros más tranquilos, pero todos compartimos algo: nos gusta movernos por la ciudad sobre dos ruedas.

La bicicleta también me ha enseñado cosas que no salen en los libros. Me ha enseñado a ser responsable, a respetar los semáforos, a ceder el paso a los peatones y a entender que las calles son de todos. Cuando uno va pedaleando aprende a observar mejor la ciudad. Ve a los vecinos, los árboles, los perros que salen a pasear o a defenderse de aquellos que salen ladrando junto a la bici, y hasta los cambios del clima que en Bogotá es permanente, es una ciudad don brilla el sol, pero al ratito llega la lluvia, o un torrencial aguacero.

Además, me ha despertado un cariño enorme por la naturaleza. Antes veía una nube o un árbol y ya. Ahora me fijo en muchas cosas. Me gusta cuando el aire está limpio después de la lluvia y me preocupa cuando veo basura en los parques, quebradas o en las ciclorrutas. Siento que la bicicleta me enseñó que la ciudad y el medio ambiente son como una casa grande que todos compartimos que debemos cuidar porque ella nos cuida y aquí vivo con mi familia.

Mi bicicleta ya tiene varios años y, aunque la quiero muchísimo, creo que ya se me quedó chiquita. Mis piernas crecieron más rápido que ella. Por eso sueño con cambiarla por una bicicleta rin 26, nada lujosa ni llena de adornos, solo una bicicleta urbana que sea cómoda y segura para las ciclorrutas.

Me imagino con cambios para las subidas, unas buenas luces delanteras y traseras para que me vean cuando oscurece, una parrilla o una alforja para llevar la lonchera y mis útiles escolares, eso si con guardabarros para los días de lluvia bogotana, que siempre llegan cuando menos uno lo espera y nos arruinan la ropa. Ah, y el timbre de la viejita se lo ponga a la nueva.

No quiero una bicicleta para presumir. La quiero para moverme mejor por la ciudad y seguir descubriendo lugares nuevos y salir en familia y con mis compañeros del cole, siempre es divertido.

También he aprendido algo muy importante: la seguridad. Los adultos del grupo, mis profesores y mis padres nos enseñan que montar bicicleta no es solamente pedalear. Hay que estar atentos. Ya sé cuáles son las rutas más seguras, los lugares donde es mejor no pasar solo y la importancia de estar siempre acompañado cuando se puede.

He aprendido a mantenerme alerta y a confiar más en la prevención que en la suerte. La bicicleta me ha dado libertad, pero también me ha enseñado que la libertad viene acompañada de responsabilidad. Tal vez soy solo un niño, pero me gusta pensar que cada viaje en bicicleta ayuda un poquito a que la ciudad respire mejor.

Los instructores, mis padres y los profesores nos enseñan que hay lugares donde debemos estar más atentos y rutas que son más seguras que otras. También aprendimos que es mejor andar en grupo, evitar distracciones y mantener los ojos abiertos. No se trata de tener miedo, sino de ser inteligentes. Mi papá dice que la mejor herramienta de seguridad de un ciclista es prestar atención, y cada día entiendo mejor lo que quiere decir.

Mi abuelo dice que las bicicletas son máquinas que convierten la energía de las piernas en felicidad. Yo creo que tiene razón. Gracias a ella tengo amigos, conozco mejor mi ciudad, cuido un poquito el planeta y cada día llego al colegio con una sonrisa. Y lo mejor es cuando salgo a rodar con mi papá, mi tío Sebastian y mi abuelo Carlos, de vez en cuando mi mamá nos acompaña, hacemos un equipo muy chévere los domingos en la ciclovía.

Por eso, cuando alguien me pregunta qué significa mi bicicleta, siempre respondo lo mismo: no es un juguete, no es un deporte y tampoco es solamente un medio de transporte. Es una compañera de aventuras que me está enseñando a crecer , a ser ciudadano y espero que la ciudad construya nuevas ciclorrutas, más bonitas, arborizadas, que le den vida a la naturaleza . Recordarnos que Bogotá es verde y florida, y no gris pavimento y rojo ladrillo, que también hay espacio para las ciclas y no solo carros y motos escandalosas e imprudentes.

Creo que mi abuelo estará contento con el cambio de bici, la que me regaló cumplió su misión. Me enseñó a moverme, a cuidar de mí mismo y a confiar en mis capacidades. Hace poco me vio llegar después de una salida con el grupo del colegio. Me miró sonriendo y me dijo: —Ya no te acuerdas cuando no podías avanzar tres metros sin caerte, nos reímos los dos. Y mientras guardaba la bicicleta pensé que tenía razón. Ya no soy el niño que aprendía a pedalear en el parque. Tampoco soy un adulto, estoy justo en la mitad del camino de la adolescencia y qué bueno que puedo recorrerlo sobre dos ruedas.

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