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Pasaporte, alforjas y una bicicleta: la feliz locura de viajar despacio

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Un sueño, una decisión, una ruta y la mejor compañía: una bici

Los cicloviajeros, esa extraña especie humana que considera perfectamente razonable atravesar la cordillera de los Andes empujando una bicicleta cargada con treinta kilos de equipaje, dormir bajo una tormenta en Patagonia, cocinar arroz en una estufa del tamaño de una taza y celebrar con lágrimas de felicidad cuando encuentran una ducha caliente después de cuatro días de carretera.

Para el ciudadano promedio, semejante comportamiento merece una evaluación médica. Para ellos, es simplemente martes. Cada día se suman más nombres y Yotubers que van consignando su viaje y experiencias en las redes sociales, haciendo soñar a algunos y asustar a otros, ¿Realmente son tan valientes e intrépidos? Y no solo son ellos, ellas también se arriesgan, en pareja o de forma individual, van con sus motetes en la bici que resiste todo los terrenos imaginables.

Por las carreteras de América han pasado personajes extraordinarios. Viajeros como Caren y Cruz, la pareja argentina que convirtió las rutas del continente en su hogar durante años. Mujeres inspiradoras como Isabel Lorca Benavides, «Atisbo», que decidió descubrir su país y buena parte del mundo a la velocidad de los pedales. Aventureros europeos que cruzaron océanos para descubrir que el verdadero lujo no estaba en los hoteles sino en los caminos secundarios donde todavía la gente saluda al desconocido.

Algunos hacen de su viaje una experiencia compartida con caninos, como es el caso de Jonathan Suárez Álvarez, que no solo recorre kilómetros, a donde llegan hacen campañas de protección y cuidado de los perros, y como él son varios los que hacen de su experiencia una labor social destacable, promoviendo temas ambientales, sociales y en general la defensa del planeta y quienes lo habitamos.

Los cicloviajeros poseen además una capacidad sobrenatural para sufrir voluntariamente. Mientras el resto de la humanidad busca rutas fáciles, ellos parecen atraídos por los mapas que contienen palabras como «Paso de montaña», «Ascenso prolongado», «Ruta sin pavimentar» o «Camino en construcción».
Y cuando finalmente alcanzan la cima después de ocho horas de esfuerzo, descubren que ahora viene una bajada de cuarenta kilómetros con viento helado, lluvia horizontal y una temperatura capaz de congelar las ideas. Es la ruta y la variedad climática y paisajística de nuestro continente.

Pero sonríen, siempre sonríen. Quizás porque el cicloviajero aprende rápidamente que el humor pesa menos que la queja. Que una sonrisa abre puertas, y que siempre hay alguien que quiere compartir su experiencia sobre la bici. En alguna parte de Perú descubrirá que los perros tienen un doctorado en persecución de bicicletas. En Bolivia aprenderá que el viento puede convertirse en un enemigo personal, porque es más duro que algunas cuestas. En Chile comprobará que la Patagonia fabrica ráfagas capaces de desplazar camiones, y en Colombia recordará que ninguna montaña del continente parece haber escuchado hablar de la palabra «plano».

Sin embargo, detrás de las bromas existe una admirable preparación. Antes de iniciar una travesía continental, el viajero debe entrenar las piernas, fortalecer la espalda y, sobre todo, educar la paciencia. No es salir de la noche a la mañana, pero tampoco es aplazarlo indefinidamente, es tomar un plan, organizarlo y atreverse a salir.

La compañera de ruta también hay escogerla muy bien y prepararla, porque será casa, vehículo, socia en todo, y también presentará fatigas y ajustes necesarios en la ruta. Una bicicleta sencilla, bien mantenida y fácil de reparar suele ser más valiosa que un modelo sofisticado imposible de arreglar en un pequeño pueblo andino.

Las alforjas transportan mucho más que equipaje. Llevan herramientas, ropa, carpa, saco de dormir, repuestos, documentos y, sobre todo, la capacidad de resolver problemas, porque tarde o temprano llegará el pinchazo bajo la lluvia, la cadena rota en mitad de la nada, la cuesta que parecía corta en el mapa pero se vuelve eterna. El campamento improvisado cuando cae la noche, o la pregunta que inevitablemente aparece en algún rincón remoto del continente:
—¿Y usted para dónde va? La respuesta suele generar silencio.
—Voy para Argentina.
—¿En bicicleta?
—Sí.
—¿Está loco?

Y tal vez tengan razón, un poco locos sí están. Como lo estuvieron los navegantes que cruzaron océanos desconocidos, los exploradores que atravesaron selvas o los montañistas que decidieron subir donde nadie les había pedido que subieran. La diferencia es que los cicloviajeros modernos no buscan conquistar territorios ni descubrir continentes, casi siempre buscan descubrirse a sí mismos. Por eso, después de miles de kilómetros, ya no recuerdan con precisión cuántos puertos de montaña escalaron o cuántas fronteras cruzaron.

Pero sí recuerdan al campesino que les regaló un café caliente en una mañana fría, a la familia que les permitió instalar la carpa en el patio, al mecánico que arregló una rueda sin cobrar un peso, al niño que observó la bicicleta cargada como si estuviera viendo una nave espacial.

Porque viajar en bicicleta por Suramérica termina enseñando una verdad sencilla y poderosa: el continente no está hecho de carreteras, está hecho de personas. Y quizás esa sea la razón por la cual quienes emprenden estos viajes siempre regresan distintos. Más cansados, ciertamente, más flacos, casi siempre, con algunas cicatrices y muchas historias para compartir.

Pero también con la certeza de que todavía existen caminos donde la aventura sigue viva, donde la solidaridad aparece cuando menos se espera y donde una simple bicicleta puede abrir puertas que ningún vehículo de lujo jamás encontrará. Después de todo, viajar despacio sigue siendo una de las formas más hermosas de llegar lejos.

Claro, está el asunto del miedo. Porque apenas alguien anuncia que piensa recorrer Suramérica en bicicleta, aparecen de inmediato los expertos en catástrofes: el vecino que conoce a alguien que conoce a alguien que fue atracado en una carretera; el familiar convencido de que detrás de cada curva se esconde un ladrón; el amigo que enumera secuestros, robos y accidentes como si leyera el parte diario de una guerra. Y sí, los riesgos existen.

Hay zonas donde la inseguridad obliga a tomar precauciones, planear rutas con cuidado y mantenerse alerta. Sería ingenuo negarlo. Pero ocurre algo curioso: cuando los cicloviajeros hacen cuentas después de miles de kilómetros, suelen recordar más actos de generosidad que episodios de violencia.

Recuerdan al tendero que les llenó gratuitamente las botellas de agua, al camionero que les indicó una ruta más segura, a la familia que les ofreció una cena caliente, al policía que les permitió dormir bajo techo durante una tormenta o al campesino que les regaló frutas para continuar el camino. Descubren entonces que, aunque las noticias suelen amplificar nuestros temores, las carreteras todavía están llenas de personas buenas. Quizás por eso muchos viajeros afirman que el equipaje más pesado no son las alforjas sino los prejuicios que cargamos antes de partir. Los cicloviajeros aprenden pronto que la prudencia es indispensable, pero también que la confianza en la gente suele recibir más recompensas que decepciones.

Si te decides, ponte a planear el viaje, preparación física adecuada, alistar bici y equipaje mínimo necesario, revisar contactos y poner fecha de arranque. Buen viaje y que sea una aventura enriquecedora, y no hablo de dinero, hablo de vida.

Viajar en pareja, una aventura de valor, amor, y buena compañía

Un regalo para toda la vida: la bicicleta que me enseña a crecer

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No sueño con ganar el Tour de Francia ni convertirme en campeón mundial. Lo que más me gusta es sentir el viento en la cara mientras voy al colegio o cuando salgo con mi familia los fines de semana. La bicicleta me ha enseñado que moverme sin contaminar también es una forma de cuidar el planeta.

Me llamo Juan Mateo, tengo 10 años y vivo en un conjunto residencial en Suba, Bogotá. Mi mejor amiga tiene dos ruedas, un timbre medio escandaloso y una cadena que a veces protesta cuando no la limpio. Es mi bicicleta.

Me la regaló mi abuelo cuando cumplí cinco años. Recuerdo que era lo más grande que había recibido en toda mi vida. Mi papá y mi tío me enseñaron a montar en el parque del conjunto. Al principio parecía una misión imposible. Me iba para un lado, luego para el otro, y el suelo me saludaba más veces de las que yo quería. Pero ellos nunca se rindieron. Un día dejé de sentir las manos de mi papá sosteniendo el sillín y descubrí que estaba pedaleando solo. Ese fue uno de los días más felices de mi vida.

Ahora la bicicleta me acompaña todos los días al colegio. Allí hacemos parte de un grupo de estudiantes ciclistas apoyado por programas de movilidad de la ciudad. Lo mejor no es solamente pedalear. Lo mejor son los amigos y amigas que he conocido gracias a ella.

Cuando llegamos al colegio siempre terminamos hablando de bicicletas. Que si a uno le cambiaron las llantas, que si otro aprendió a reparar un pinchazo, que si alguien estrenó casco o descubrió una nueva ciclorruta. Algunos son muy rápidos, otros más tranquilos, pero todos compartimos algo: nos gusta movernos por la ciudad sobre dos ruedas.

La bicicleta también me ha enseñado cosas que no salen en los libros. Me ha enseñado a ser responsable, a respetar los semáforos, a ceder el paso a los peatones y a entender que las calles son de todos. Cuando uno va pedaleando aprende a observar mejor la ciudad. Ve a los vecinos, los árboles, los perros que salen a pasear o a defenderse de aquellos que salen ladrando junto a la bici, y hasta los cambios del clima que en Bogotá es permanente, es una ciudad don brilla el sol, pero al ratito llega la lluvia, o un torrencial aguacero.

Además, me ha despertado un cariño enorme por la naturaleza. Antes veía una nube o un árbol y ya. Ahora me fijo en muchas cosas. Me gusta cuando el aire está limpio después de la lluvia y me preocupa cuando veo basura en los parques, quebradas o en las ciclorrutas. Siento que la bicicleta me enseñó que la ciudad y el medio ambiente son como una casa grande que todos compartimos que debemos cuidar porque ella nos cuida y aquí vivo con mi familia.

Mi bicicleta ya tiene varios años y, aunque la quiero muchísimo, creo que ya se me quedó chiquita. Mis piernas crecieron más rápido que ella. Por eso sueño con cambiarla por una bicicleta rin 26, nada lujosa ni llena de adornos, solo una bicicleta urbana que sea cómoda y segura para las ciclorrutas.

Me imagino con cambios para las subidas, unas buenas luces delanteras y traseras para que me vean cuando oscurece, una parrilla o una alforja para llevar la lonchera y mis útiles escolares, eso si con guardabarros para los días de lluvia bogotana, que siempre llegan cuando menos uno lo espera y nos arruinan la ropa. Ah, y el timbre de la viejita se lo ponga a la nueva.

No quiero una bicicleta para presumir. La quiero para moverme mejor por la ciudad y seguir descubriendo lugares nuevos y salir en familia y con mis compañeros del cole, siempre es divertido.

También he aprendido algo muy importante: la seguridad. Los adultos del grupo, mis profesores y mis padres nos enseñan que montar bicicleta no es solamente pedalear. Hay que estar atentos. Ya sé cuáles son las rutas más seguras, los lugares donde es mejor no pasar solo y la importancia de estar siempre acompañado cuando se puede.

He aprendido a mantenerme alerta y a confiar más en la prevención que en la suerte. La bicicleta me ha dado libertad, pero también me ha enseñado que la libertad viene acompañada de responsabilidad. Tal vez soy solo un niño, pero me gusta pensar que cada viaje en bicicleta ayuda un poquito a que la ciudad respire mejor.

Los instructores, mis padres y los profesores nos enseñan que hay lugares donde debemos estar más atentos y rutas que son más seguras que otras. También aprendimos que es mejor andar en grupo, evitar distracciones y mantener los ojos abiertos. No se trata de tener miedo, sino de ser inteligentes. Mi papá dice que la mejor herramienta de seguridad de un ciclista es prestar atención, y cada día entiendo mejor lo que quiere decir.

Mi abuelo dice que las bicicletas son máquinas que convierten la energía de las piernas en felicidad. Yo creo que tiene razón. Gracias a ella tengo amigos, conozco mejor mi ciudad, cuido un poquito el planeta y cada día llego al colegio con una sonrisa. Y lo mejor es cuando salgo a rodar con mi papá, mi tío Sebastian y mi abuelo Carlos, de vez en cuando mi mamá nos acompaña, hacemos un equipo muy chévere los domingos en la ciclovía.

Por eso, cuando alguien me pregunta qué significa mi bicicleta, siempre respondo lo mismo: no es un juguete, no es un deporte y tampoco es solamente un medio de transporte. Es una compañera de aventuras que me está enseñando a crecer , a ser ciudadano y espero que la ciudad construya nuevas ciclorrutas, más bonitas, arborizadas, que le den vida a la naturaleza . Recordarnos que Bogotá es verde y florida, y no gris pavimento y rojo ladrillo, que también hay espacio para las ciclas y no solo carros y motos escandalosas e imprudentes.

Creo que mi abuelo estará contento con el cambio de bici, la que me regaló cumplió su misión. Me enseñó a moverme, a cuidar de mí mismo y a confiar en mis capacidades. Hace poco me vio llegar después de una salida con el grupo del colegio. Me miró sonriendo y me dijo: —Ya no te acuerdas cuando no podías avanzar tres metros sin caerte, nos reímos los dos. Y mientras guardaba la bicicleta pensé que tenía razón. Ya no soy el niño que aprendía a pedalear en el parque. Tampoco soy un adulto, estoy justo en la mitad del camino de la adolescencia y qué bueno que puedo recorrerlo sobre dos ruedas.

Un aparato noble, sencillo, casi inmortal que continúa prestando servicio generación tras generación

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La bicicleta combina historia, tecnología, salud, libertad, nostalgia y hasta un poco de filosofía cotidiana. Además, es uno de esos raros inventos que, después de más de siglo y medio, sigue siendo tan útil como el primer día.

La bicicleta es, probablemente, uno de los inventos más exitosos de la historia humana. No necesita gasolina, no produce humo, no genera trancones por sí sola, no exige licencias complejas y rara vez se niega a funcionar por un problema de software. De hecho, una bicicleta puede pasar años arrinconada, acumular polvo, oxido, y recibir una gota de aceite y volver a la vida como si nada hubiera ocurrido.

Es una máquina tan eficiente que convierte un simple desayuno en kilómetros de movimiento. Mientras un automóvil necesita combustible extraído de las profundidades de la Tierra, refinado, transportado y vendido en estaciones de servicio, además de generar guerras y contaminación ambiental, la bicicleta funciona con una arepa, una taza de café, chocolate, agua de panela o una buena porción de fruta. Ningún ingeniero de la industria petrolera ha logrado superar semejante nivel de eficiencia.

Es ultra flexible a casi cualquier escenario. En la ciudad es transporte. En el campo es compañera de trabajo. En los parques es diversión. En la montaña es aventura. En la carretera es deporte. Y para millones de niños ha sido, durante décadas, el primer vehículo de su vida y una escuela temprana de independencia y sociabilidad.

Pocas experiencias producen tanta felicidad como aprender a montar bicicleta. Es una combinación de miedo, emoción, equilibrio, caídas memorables y una sensación inolvidable de libertad. El día que un niño logra pedalear sin ayuda descubre algo más importante que una habilidad física: descubre que puede avanzar por sí mismo.

Los adultos tampoco escapan a sus encantos. Muchos redescubren la bicicleta años después y se sorprenden al encontrar que sigue allí, esperando pacientemente. No importa si se tienen treinta, cincuenta o setenta años. La bicicleta recibe a todos con la misma filosofía: «suba, pedalee y disfrute».

Los médicos suelen verla con simpatía porque ayuda al corazón, fortalece músculos y articulaciones, mejora la capacidad respiratoria y contribuye a controlar el estrés. Los psicólogos también podrían reclamar una parte del mérito, pues pocas cosas despejan tanto la mente como una ruta tranquila entre árboles, senderos o calles poco transitadas. Después de varios kilómetros, muchos problemas parecen haber perdido tamaño.

Y está, por supuesto, el aspecto económico. Mientras otros medios de transporte consumen una parte considerable del presupuesto familiar, la bicicleta se conforma con muy poco. Un mantenimiento ocasional, algunas reparaciones sencillas en casa y listo. Hay bicicletas que son heredadas, de abuelos, padres, hijos, nietos, o sobrinos. Desafian las leyes de la obsolescencia programada que gobiernan buena parte de los productos modernos.

También posee una virtud social poco reconocida. Quien va en bicicleta no está aislado detrás de vidrios polarizados. Saluda vecinos, observa árboles, escucha pájaros, descubre pequeños comercios y mantiene una relación más cercana con la ciudad o con el paisaje rural. Pedalear es una forma de viajar a velocidad humana, suficientemente rápida para avanzar, pero suficientemente lenta para apreciar la vida.

En tiempos donde las ciudades buscan soluciones para la congestión y la contaminación la bicicleta aparece como una vieja conocida que nunca dejó de tener razón. No promete milagros tecnológicos ni necesita inteligencia artificial. Su propuesta es mucho más simple: dos ruedas, un marco, unos pedales y la energía de quien decide ponerse en movimiento.

Mientras innumerables inventos han desaparecido en museos, la bicicleta sigue rodando por calles, caminos, montañas, parques y senderos de todo el planeta. Sigue transportando trabajadores, estudiantes, deportistas, viajeros y soñadores. Y tal vez ahí radica su verdadera magia. No es solamente un medio de transporte. Es una máquina de libertad, salud, ahorro, aventura y alegría. Una compañera silenciosa que no pide mucho y entrega bastante.

Porque, al final de cuentas, pocas cosas producen una sensación tan agradable como el viento en el rostro, el sonido suave de las ruedas sobre el camino y la certeza de que, con cada pedalazo, uno avanza no solo hacia un destino, sino también hacia una vida más saludable, económica y feliz.

Y para un invento de más de ciento cincuenta años, no está nada mal, como diría un ciclista optimista, los problemas pueden seguir existiendo, pero siempre parecen un poco más pequeños después de unos cuantos kilómetros de pedaleo, y si alguna vez las inteligencias artificiales tuvieran aficiones, probablemente la bicicleta estaría entre sus favoritas. Es difícil no admirar un invento tan simple, eficiente y elegante.

Si alguna vez hubiera que construir un monumento a los inventos que realmente mejoraron la vida humana, la bicicleta debería ocupar un lugar privilegiado: silenciosa, económica, duradera, democrática y sorprendentemente moderna para haber nacido en el siglo XIX.

Voces que no escuchamos, realidades que desconocemos pero una secuencia que se va cumpliendo

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Suramérica, pocas regiones del planeta poseen simultáneamente tanta agua dulce, tierras agrícolas, biodiversidad, potencial energético renovable y capacidad para producir alimentos. Sin embargo, buena parte de esos activos naturales están sometidos a presiones que podrían comprometer precisamente las ventajas estratégicas que el continente necesitará durante las próximas décadas.

La humanidad está viviendo una de sus épocas más brillantes. Nunca habíamos tenido tanta tecnología, tantos avances científicos, tantos productos innovadores y tantas aplicaciones capaces de decirnos cuántos pasos damos al día, cuánto dormimos y hasta cuántas veces respiramos.

En medio de semejante despliegue de inteligencia artificial, seguimos siendo incapaces de resolver problemas tan rudimentarios como el hambre, la injusticia social, la destrucción ambiental o la creciente cantidad de personas que viven en las calles. Y los políticos en campañas o los gobiernos arrodillados al poder del mundo, prefieren destruir a sostener y limitar sistemas económicos, industriales y sociales que destrozan el único planeta que sustenta nuestra existencia. Pero no seamos pesimistas, al menos ahora podemos pedir un café desde el celular o desde el reloj en la muñeca, mientras el planeta se recalienta.

La economía moderna parece haberse convertido en una gigantesca competencia para determinar quién compra la versión más reciente de algo que ya funcionaba perfectamente. Y ahora a tiempo de mundial de fútbol lo primero que se reemplaza es la televisión, y eso que el actual solo tiene cuatro años, fue la compra del mundial anterior.

El teléfono inteligente del año pasado es ahora una reliquia arqueológica. El refrigerador, licuadoras, brilladoras, aspiradoras, escobas y traperos y una gama infinita de electrodomésticos a la basura, hay que cambiarlos por los de IA que lo hacen todo, desde decirnos que falta del mercado, hasta que ropa usar. El automóvil adquirido con sacrificio en 2022 es presentado hoy como una amenaza para la civilización porque no conversa con la nevera, no se conecta con el reloj inteligente y, peor aún, no actualiza su software mientras uno duerme. Por eso prefiero la bicicleta que ya cumple cuatro décadas y está perfecta.

Los fabricantes descubrieron hace tiempo una verdad fundamental: si los objetos duran demasiado, las utilidades se deprimen, así nació la religión contemporánea del consumo permanente. Los antiguos mandamientos fueron reemplazados por otros más modernos: «No repararás.» «No conservarás.» «No reutilizarás.» «Comprarás la nueva versión» y los fieles obedecen, para eso están las tarjetas de crédito. La nueva generación de dispositivos sale al mercado prometiendo cambiar nuestras vidas para siempre… al menos hasta la próxima temporada.

Según organismos internacionales, cerca de una quinta parte de los alimentos producidos para consumo humano termina desperdiciándose. El dato sería cómico si no fuera obsceno. Hay países donde toneladas de frutas son descartadas porque no tienen la forma adecuada para una fotografía publicitaria. La zanahoria es demasiado curva, la papa es demasiado pequeña, el tomate no salió suficientemente fotogénico y mientras tanto, millones de personas buscan qué comer en escenarios de guerra de un sadismo extraordinario, destruyendo todo, y es ¡todo!, y la naturaleza también ha sido invitada a esta fiesta del despilfarro y destrucción.

Durante décadas se talaron bosques, se contaminaron ríos, se drenaron humedales y se destruyeron ecosistemas bajo la brillante teoría de que siempre habría más y que el desarrollo lo requiere. Una lógica similar a la de quien vacía su cuenta bancaria convencido de que el cajero automático produce dinero por generación espontánea.

Ahora aparecen las sorpresas, sequías históricas, o inundaciones extraordinarias. Olas de calor cada vez más frecuentes y en consecuencia incendios forestales gigantescos. Y científicos que, con admirable paciencia, siguen explicando por cuadragésima vez que el cambio climático no es una conspiración, un invento ni una moda ideológica. Los políticos y economistas del capitalismo neo liberal desmienten, desacreditan y mantienen su idea de lo que es desarrollo. Es física, simple física, pero la física tiene un problema de mercadeo: no hace campañas publicitarias.

Un mundo en destrucción de la naturaleza y de la humanidad

Suramérica observa este espectáculo desde una posición particularmente absurda. Países como Colombia, Venezuela, Ecuador, Brasil y Argentina poseen algunas de las mayores riquezas naturales del planeta. Bosques inmensos, agua dulce, biodiversidad extraordinaria, tierras fértiles y una variedad de ecosistemas que medio mundo quisiera tener. Sin embargo, nos hemos especializado en una disciplina muy latinoamericana: destruir lentamente aquello que nos mantiene vivos.

La Amazonía, considerada uno de los principales reguladores climáticos del planeta, sigue perdiendo millones de hectáreas de selva. La avaricia por metales destruyen ríos, contaminan acuíferos, los bosques retroceden, los páramos son presionados y destruidos, porque también las ciudades se expanden sobre terrenos cada vez más vulnerables, y luego nos sorprendemos cuando faltan lluvias, sobra calor o aumentan las emergencias climáticas. Es como desmontar el techo de una casa para vender las tejas y después indignarse porque entra agua cuando llueve. Pero hay más.

Mientras el mercado produce consumidores cada vez más sofisticados, la población empieza a producir menos niños. Las tasas de natalidad caen en casi todo el hemisferio. Los jóvenes descubren que comprar vivienda es más difícil que viajar a Marte, que tener hijos cuesta una fortuna, y la estabilidad laboral parece una especie en vía de extinción. Así que millones de personas simplemente deciden no reproducirse y buscar tierras extranjeras con el sueño de un mejor vivir y crecer, con el tiempo se dan cuenta que viven una pesadilla y casi siempre no tienen la humildad del volver al terruño, hasta que los expulsan y regresan como delincuentes.

La paradoja es magnífica, el sistema económico necesita consumidores, pero las condiciones económicas reducen la cantidad de futuros “consumidores”. Un negocio brillante, digno de un premio internacional en planificación estratégica inversa. Mientras tanto, en algunas de las ciudades de Norteamérica se multiplica una imagen inquietante: calles ocupadas por personas sin hogar, atrapadas por adicciones severas, enfermedades mentales, exclusión social o desempleo crónico. Es una escena que resume buena parte de las contradicciones del siglo XXI y a la cual Europa no es ajena.

Se desarrollan algoritmos capaces de imitar conversaciones humanas, robots humanoiedes ya son populares, se diseñan y se ponen al servicio de taxis autónomos, se proyectan colonias espaciales, pero millones de personas la pasan muy mal. Quizás la civilización no tenga un problema de capacidad tecnológica, pero si uno de las prioridades.

La sociedad del desperdicio celebra cada nuevo lanzamiento comercial. La sociedad de las carencias celebra cuando logra llegar a fin de mes. La primera cambia de celular porque apareció uno más rápido. La segunda cambia la batería del viejo celular para que aguante otro año. La primera desecha comida, la segunda la raciona. La primera compra por impulso, la segunda por necesidad, ambas comparten exactamente el mismo planeta que comienza a enviar señales cada vez menos sutiles de agotamiento.

Tal vez el verdadero símbolo de nuestra época no sea la IA, sino montañas de un gran basurero humano y de cosas, porque nunca habíamos acumulado tanta riqueza material y, al mismo tiempo, tanta basura física, ambiental, social y humana. También somos desechables.

La pregunta es sencilla: ¿Hasta cuándo podremos seguir llamando progreso a un modelo que produce más desperdicios que bienestar, más ansiedad que tranquilidad y más consumidores que ciudadanos? La respuesta probablemente llegará y, como suele ocurrir con la naturaleza, llegará sin necesidad de actualizar el software, porque el hardware está pasando problemas serios.

Esto se esta calentando y no da espera las soluciones que podemos implementar para adaptarnos mejor

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Según estimaciones internacionales, una persona en una ciudad moderna consume indirectamente cientos de litros de agua y varios kilovatios-hora de energía cada día a través de los alimentos, el transporte, la climatización y los bienes que utiliza. Por eso, las medidas de ahorro doméstico, aunque parezcan pequeñas, tienen un efecto acumulado muy importante cuando son adoptadas por miles o millones de personas.. Fotografía de Josefina VIillarreal -EL HERALDO

El diario El Heraldo publica una reflexión que resume una realidad cada vez más evidente para millones de habitantes del Caribe colombiano: «Barranquilla y el resto del Caribe colombiano soportan la severidad de un calor asfixiante. Temperaturas de hasta 36, 37 y 38 grados centígrados, cielos totalmente despejados, baja nubosidad y la ausencia de viento han hecho de las últimas jornadas toda una prueba de resistencia física para miles de ciudadanos que no tienen otra opción que salir a la calle bajo el sol intenso. Lo que aparece como una molestia cotidiana es, en realidad, la señal temprana de retos significativos que han ido configurándose silenciosamente».

Y sí, como ocurre con frecuencia, estamos ocupados en miles de asuntos cotidianos y prestamos poca atención a los cambios climáticos que ya estamos enfrentando y que serán aún más intensos en el futuro. Sin embargo, además de comprender el fenómeno, es importante aprender cómo mitigarlo desde nuestros hogares, especialmente porque el calor extremo implica mayores gastos en energía eléctrica para refrescarnos y más consumo de combustibles para cocinar y movilizarnos.

Lo primero es aprender a cuidar el agua. El tema no es tan complicado si entendemos que gran parte del agua utilizada en nuestras actividades diarias puede tener una segunda vida antes de llegar al alcantarillado. Por ejemplo, durante una ducha de cinco minutos se pueden consumir entre 80 y 120 litros de agua, dependiendo del tipo de regadera. Parte de esa agua puede recogerse para utilizarla posteriormente en la descarga de los sanitarios. Lo mismo ocurre con el agua proveniente de la lavadora. Un ciclo de lavado doméstico puede utilizar entre 50 y 150 litros de agua, que en muchos hogares se desperdician porque la manguera de desagüe está conectada directamente al alcantarillado.

Cuando es posible recuperarla, esa agua puede servir para lavar pisos, baños, patios, bicicletas, motocicletas o para labores generales de limpieza. Incluso el agua del último ciclo de enjuague puede utilizarse para regar jardines y zonas verdes. El objetivo es sencillo: evitar el desperdicio y optimizar al máximo el recurso. En tiempos de sequías prolongadas y fenómenos climáticos extremos, cada litro ahorrado cuenta. También es recomendable utilizar jabones biodegradables o de bajo impacto ambiental, lo que facilita la reutilización doméstica del agua y reduce la contaminación.

Cuando las temperaturas aumentan, también lo hace el consumo de energía, por ello resulta fundamental ampliar el uso de energías renovables. Actualmente existe una gran variedad de paneles solares domésticos, lámparas autónomas y sistemas de iluminación que funcionan directamente con energía solar. Muchos de ellos son económicos, fáciles de instalar y no requieren conexiones complejas.

Los ventiladores también son grandes aliados. Un ventilador doméstico consume normalmente entre 40 y 80 vatios por hora, mientras que un aire acondicionado puede consumir entre 1.000 y 3.500 vatios por hora. En otras palabras, un aire acondicionado puede gastar entre veinte y cuarenta veces más energía que un ventilador. Hoy existen ventiladores portátiles con baterías recargables, modelos de escritorio alimentados desde un conector USB, equipos silenciosos que pueden utilizarse en oficinas, dormitorios y espacios pequeños con costos energéticos muy bajos.

Si el uso de aire acondicionado es indispensable, conviene revisar puertas y ventanas para evitar fugas de aire frío. Una mal aislamiento térmico obliga al equipo a trabajar durante más tiempo y puede incrementar significativamente el consumo eléctrico. Diversos estudios muestran que una vivienda bien aislada puede reducir entre un 20 % y un 30 % la energía destinada a climatización.

Existe un sistema biológico extraordinariamente eficiente para enfrentar las altas temperaturas: los árboles. Además de ser bellos, duraderos y mejorar el paisaje urbano, cumplen una función esencial en la regulación del clima local mediante dos mecanismos naturales. El primero es la evapotranspiración. Así como el cuerpo humano transpira para refrescarse, los árboles liberan vapor de agua a través de los poros de sus hojas. Este proceso absorbe calor del ambiente y reduce la temperatura del aire circundante. El segundo mecanismo es la sombra. Sus copas interceptan gran parte de la radiación solar directa, evitando que el asfalto, los techos y las superficies de concreto absorban calor y formen las conocidas «islas de calor» urbanas.

Un árbol maduro puede transpirar entre 200 y 400 litros de agua al día en condiciones favorables. Su efecto de enfriamiento puede equivaler al funcionamiento simultáneo de varios equipos de aire acondicionado. Además, la ubicación estratégica de árboles alrededor de viviendas y edificios puede reducir las necesidades de refrigeración hasta en un 30 %. A esto se suma otro beneficio invaluable: las hojas capturan partículas contaminantes, reducen el polvo en suspensión y liberan oxígeno, mejorando la calidad del aire.

Quizás estos días de intenso calor sean una oportunidad para apreciar más nuestros árboles y lamentar la pérdida constante de cobertura vegetal. Colombia es uno de los países con mayor riqueza natural del planeta, pero con frecuencia destruimos bosques, montañas, humedales y valles que cumplen funciones esenciales para la regulación climática y el abastecimiento de agua.

Otro aspecto importante es el consumo energético de los electrodomésticos y gasodomésticos. Actualmente existe una enorme oferta de hornos eléctricos, freidoras de aire, ollas multifuncionales, calentadores y otros equipos. Sin embargo, pocas veces analizamos cuánto cuesta utilizarlos diariamente. Una freidora de aire puede consumir entre 1.200 y 2.000 vatios por hora. Un horno eléctrico puede superar los 2.500 vatios. Un calentador eléctrico de agua puede convertirse en uno de los mayores consumidores energéticos del hogar. Vale la pena hacer un inventario de los equipos existentes, revisar sus fichas técnicas y comparar consumos. Muchas veces descubrimos que algunos aparatos permanecen conectados sin necesidad o que existen alternativas más eficientes.

Frente a fenómenos como El Niño y al avance del cambio climático, cuidar el agua y la energía ya no es únicamente una cuestión económica; también es una responsabilidad ambiental. Sembrar jardines, proteger las zonas verdes, promover la arborización de calles y parques, reutilizar el agua cuando sea posible, mejorar la eficiencia energética de nuestras viviendas y acercarnos a las energías limpias son acciones que ayudan a construir ciudades más resilientes.

En las zonas rurales, por ejemplo, la energía solar se ha convertido en una alternativa cada vez más económica, duradera y eficiente para sistemas de iluminación, bombeo de agua y electrificación básica.

Finalmente, no olvidemos las medidas más sencillas: mantener una adecuada hidratación, utilizar protector solar, vestir ropa ligera de colores claros y evitar la exposición prolongada al sol durante las horas de mayor radiación. El cambio climático ya no es una advertencia para el futuro. Está ocurriendo ahora mismo. Y aunque las soluciones globales requieren grandes decisiones políticas y económicas, muchas de las acciones más efectivas comienzan en nuestros hogares, que también depende de cada uno de nosotros.

Día Internacional de la Bicicleta: la máquina que nunca pidió gasolina, parqueadero ni psicólogo

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La bicicleta tiene una cualidad que pocos medios de transporte pueden reclamar: casi siempre deja una historia para contar. Desde el niño que aprende a mantener el equilibrio, hasta el adulto mayor que descubre que todavía puede subir una colina, pasando por el trabajador que recorre la ciudad antes de que amanezca, todos terminan acumulando anécdotas, amistades y kilómetros de vida.

Cada 3 de junio el mundo celebra el Día Internacional de la Bicicleta, una fecha dedicada a uno de los inventos más extraordinarios de la humanidad. Y no, no estamos hablando de inteligencia artificial, cohetes espaciales ni teléfonos inteligentes. Hablamos de dos ruedas, un marco, una cadena y unos pedales. Nada más.

La bicicleta es tan eficiente que, si hubiera sido inventada por una empresa tecnológica moderna, costaría una fortuna, necesitaría una suscripción mensual, tres actualizaciones de software por semana y dejaría de funcionar justo cuando más la necesitáramos. Pero no. La bicicleta sigue siendo la misma compañera fiel desde hace generaciones.

Para millones de personas es un medio de transporte urbano capaz de realizar una hazaña que parece imposible: mover seres humanos por ciudades congestionadas sin producir humo, ruido ni discusiones con la estación de servicio. Mientras algunos conductores pasan cuarenta minutos atrapados en un embotellamiento observando cómo cambia tres veces el semáforo, el ciclista pasa lentamente a su lado con una sonrisa que mezcla felicidad, ejercicio y una ligera sensación de superioridad moral.

La bicicleta también posee propiedades casi mágicas para los adultos mayores. Los médicos recomiendan caminar, nadar y montar en bicicleta para conservar la salud cardiovascular, fortalecer músculos y mantener activas las articulaciones. Sin embargo, quienes montan bicicleta después de los sesenta o setenta años suelen descubrir un beneficio adicional: vuelven a sentirse de quince. El único inconveniente es que el espejo del baño insiste en mostrar otra información.

Muchos adultos mayores salen a pedalear convencidos de que realizarán una ruta tranquila de diez kilómetros y terminan recorriendo treinta porque encontraron un grupo de amigos que juró que «la subida es suave». En el lenguaje ciclista, una subida suave suele ser una montaña capaz de poner a prueba la amistad, la paciencia y la presión arterial.

Para los niños, la bicicleta representa algo aún más importante: libertad. Aprender a montar bicicleta es uno de los grandes rituales de la infancia. Primero aparecen los ruedines. Luego llega el padre, la madre, el abuelo o algún tío voluntario que corre detrás del pequeño sujetando el sillín mientras grita instrucciones contradictorias.

—¡No tengas miedo!
—¡Mira hacia adelante!
—¡Pedalea!
—¡Frena!
—¡No frenes!

Y entonces ocurre el milagro. Por primera vez el niño avanza solo. Descubre el equilibrio, la coordinación, la confianza y la sensación de que puede llegar mucho más lejos de lo que imaginaba. Así la bicicleta enseña física sin necesidad de exámenes, desarrolla reflejos sin videojuegos y crea amistades sin redes sociales. Con los años muchos adultos aún recuerdan perfectamente el color de su primera bicicleta, aunque hayan olvidado dónde dejaron las llaves hace apenas cinco minutos.

Pero la bicicleta no solo sirve para transportarse o hacer ejercicio, también es una formidable herramienta de trabajo. Con ella trabajan mensajeros, repartidores, vendedores ambulantes, guías turísticos, policías, deportistas, entrenadores, mecánicos, fabricantes, recicladores y miles de personas que encuentran en las dos ruedas una fuente de ingresos. En muchas ciudades del mundo, la bicicleta es responsable silenciosa de que lleguen documentos urgentes, medicamentos, almuerzos, flores, encomiendas y hasta declaraciones de amor de último minuto. Pocas máquinas pueden presumir de semejante currículo.

Además, la bicicleta posee una virtud que la hace especialmente querida en tiempos modernos: no distingue entre ricos y pobres. Puede encontrarse en un garaje elegante, en una finca campesina, en una universidad, en una fábrica o frente a una tienda de barrio. Puede ser de carbono ultraligero o una vieja bicicleta de acero que ha sobrevivido a tres generaciones y todavía protesta cada vez que se le exige una subida.

Y allí sigue, cumpliendo su trabajo con una dignidad mecánica admirable.

En un mundo lleno de aparatos complejos, baterías agotadas, pantallas omnipresentes y dispositivos que exigen actualizaciones permanentes, la bicicleta continúa recordándonos una verdad sencilla: a veces las mejores soluciones siguen siendo dos ruedas, un poco de equilibrio y la voluntad de avanzar. Por eso, en este Día Internacional de la Bicicleta, vale la pena celebrar a esta extraordinaria máquina que mejora la salud, fortalece amistades, ayuda a los niños a crecer, permite ganarse la vida y, de paso, nos recuerda que la felicidad muchas veces viaja exactamente a la velocidad de un buen pedaleo.

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Democracia también es la capacidad de convivir con quienes piensan diferente

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Cuando una campaña destruye amistades, divide familias y convierte a los vecinos en adversarios permanentes, los daños colaterales pueden terminar siendo más duraderos que los propios resultados electorales

Cada cuatro años, Colombia entra en una intensa temporada electoral. Las calles se llenan de publicidad política, los medios de comunicación amplifican los debates y millones de ciudadanos toman posición frente a los candidatos que aspiran a gobernar el país. La democracia se activa y el debate público cobra protagonismo. Sin embargo, junto a este ejercicio legítimo de participación surge un fenómeno menos visible, pero cada vez más preocupante: los daños colaterales que las campañas políticas generan en la convivencia cotidiana.

Las elecciones presidenciales no solo enfrentan propuestas de gobierno; también terminan enfrentando a familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Lo que comienza como una conversación sobre economía, seguridad, educación o reformas sociales puede transformarse en una confrontación emocional donde el respeto desaparece y el adversario político deja de ser una persona con opiniones distintas para convertirse en alguien a quien se desprecia o rechaza, y hasta se le desea la muerte, tan presente en nuestra historia como país..

En Colombia, este fenómeno tiene raíces históricas profundas. A diferencia de otros países donde la competencia electoral se ha desarrollado dentro de marcos relativamente estables, la política colombiana ha estado marcada durante más de un siglo por confrontaciones intensas entre proyectos ideológicos opuestos. Desde finales del siglo XIX, liberales y conservadores protagonizaron guerras civiles que dejaron miles de muertos y una profunda división social. La más devastadora fue la llamada Guerra de los Mil Días (1899-1902), un conflicto que causó enormes pérdidas humanas y económicas y que nos dio la entrada al siglo XX.

Décadas después, la búsqueda de la reforma agraria, principal motivo de la guerra, dio pauta para enfrentamientos muy dolorosos como la matanza de Las bananeras, enfrentamiento constantes y pequeños acuerdos de paz que siempre prometían la reforma, que realmente nunca ha llegado a concretarse. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 desencadenó el período conocido como La Violencia que dejó cientos de miles de víctimas y desplazados. Aquella etapa consolidó una cultura política donde la diferencia ideológica era vista con frecuencia como una amenaza y no como una expresión natural de la democracia.

La lucha entre los liberales y conservadores permitió el acenso al poder del general Gustavo Rojas Pinilla, intentando cerrar el paso a los liberales y mantenerlo los conservadores. Cuando el militar no sirvió a los intereses de los políticos le quitaron el ejercicio presidencial. Aparece el Frente Nacional, una forma de no matarnos, pero también darle gusto a la rapiña sobre el erario público y la burocracia.

La segunda mitad del siglo XX agregó nuevos actores al conflicto. El surgimiento de organizaciones guerrilleras como las FARC-EP, el ELN, el Quintin Lame y otros grupos insurgentes, así como la posterior aparición de estructuras paramilitares, prolongó durante décadas una confrontación armada que tuvo motivaciones políticas, sociales y económicas. El resultado fue una de las guerras internas más largas del mundo, con millones de víctimas entre muertos, heridos, secuestrados y desplazados.

Esa historia ha dejado huellas profundas en la memoria colectiva. Para muchos colombianos, las posiciones políticas no son simples preferencias electorales; representan visiones del país asociadas a experiencias familiares, sufrimientos, temores o esperanzas acumuladas durante generaciones. Por ello, los debates políticos suelen adquirir una carga emocional mucho mayor que la discusión racional sobre programas de gobierno.

Las redes sociales han amplificado esta situación. Los algoritmos premian los mensajes más polémicos y emocionales, mientras que la desinformación, las noticias falsas y los discursos de odio circulan con rapidez. Como consecuencia, la polarización encuentra un terreno fértil para crecer y expandirse.

Las consecuencias se observan en los espacios más cercanos. Hermanos que dejan de hablarse, matrimonios sometidos a tensiones permanentes, amistades de décadas que terminan abruptamente, grupos familiares divididos y ambientes laborales enrarecidos por las diferencias políticas. Lo que debería ser un intercambio democrático de ideas se convierte con frecuencia en una disputa personal.

En algunos casos, las tensiones trascienden las palabras. Colombia ha conocido episodios de agresiones físicas, amenazas e intimidaciones motivadas por diferencias ideológicas. Aunque la mayoría de los ciudadanos rechaza la violencia, la persistencia de estos comportamientos demuestra que ciertos reflejos de intolerancia política continúan presentes en la sociedad.

La paradoja es evidente. Mientras las campañas duran unos pocos meses y los gobiernos apenas algunos años, las fracturas personales pueden permanecer durante décadas. Los candidatos pasan, las elecciones terminan y los discursos se olvidan, pero las relaciones humanas dañadas suelen tardar mucho más en recuperarse, si es que alguna vez lo hacen.

La democracia no exige que todos piensen igual. Por el contrario, su esencia radica en la coexistencia pacífica de opiniones distintas. Una sociedad madura es aquella capaz de debatir con firmeza sin destruir los vínculos que la mantienen unida. Colombia, con toda la experiencia acumulada por más de un siglo de confrontaciones políticas y violencia, tiene razones de sobra para comprender el valor de esa lección.

Quizás uno de los mayores retos de las futuras campañas presidenciales no sea únicamente elegir un nuevo gobernante, sino aprender a disentir sin odiar, discutir sin deshumanizar y participar sin romper los lazos de confianza que sostienen a las familias, las amistades y las comunidades. Porque cuando la política divide de manera irreversible a quienes deben seguir viviendo juntos, los daños colaterales terminan siendo más profundos y duraderos que cualquier resultado electoral.

Nota: si bien el objetivo de BiciUrba es otro, la realidad colombiana por estos días es preocupante, más allá de los candidatos y sus visiones, el tema es la gente, nosotros y la búsqueda permanente de una mejor manera de vivir y coexistir, por eso este llamado a la paz, la tranquilidad y al respeto mutuo.

La contaminación acústica desaparece en el mismo instante en que dejamos de producirla

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Bogotá tardó siglos en alcanzar sus actuales dimensiones urbanas; Shenzhen realizó una transformación comparable en una sola generación.

Está omnipresente en nuestras vidas urbanas, especialmente en mi país, Colombia. Desde antes de levantarnos nos va rodeando y aumentando su volumen. Nos sigue en el barrio, en las esquinas, en el transporte público, en los comercios y centros comerciales, en los restaurantes, en los parques, no da tregua, siempre está ahí torturándonos y generando ansiedad, irritabilidad, estrés, es una verdadera molestia, pero permitimos su invasión porque nosotros mismos la generamos.

El ruido de la música estridente que al vecino le parece maravillosa, pero a los demás una tortura, es una muestra de desconsideración total, y no es una fiesta, es la supuesta compañía para iniciar la jornada.

Durante siglos la humanidad asoció el progreso con el ruido. Las fábricas, los motores, los trenes, los puertos y el tráfico eran señales de actividad económica. Hoy ocurre algo paradójico: disponemos de más tecnología que nunca para comunicarnos, pero también vivimos rodeados de una cantidad sin precedentes de estímulos sonoros. El ruido también nos llega desde pantallas, altavoces, teléfonos, notificaciones y música permanente en espacios públicos. Una ciudad verdaderamente moderna no es aquella donde hay más ruido y movimiento, sino aquella donde las personas pueden elegir cuándo participar en ellos y cuándo disfrutar de la tranquilidad.

En las grandes ciudades colombianas, el ruido se ha convertido en una de las formas de contaminación más extendidas y menos atendidas. A diferencia de la contaminación del aire o del agua, el ruido no deja residuos visibles, pero sus efectos sobre la salud física y mental pueden ser profundos y acumulativos. En nuestras grande ciudades millones de personas conviven diariamente con niveles de ruido generados por el tráfico, el transporte público, motocicletas, aviones, establecimientos comerciales, dispositivos electrónicos y es una epidemia que si deja rastro.

La Organización Mundial de la Salud considera el ruido ambiental como uno de los principales riesgos generalizados para la salud humana, la exposición prolongada a niveles superiores a 65 decibeles durante el día o a 55 decibeles durante la noche puede generar efectos negativos sobre nuestra salud en general. El ruido no solo afecta los oídos, el cerebro interpreta los sonidos intensos e inesperados como señales de alerta. Esto activa mecanismos biológicos relacionados con el estrés.

Si a esto le sumamos afectaciones como el Tinitus, el ruido nunca desaparece porque el que lo sufre escucha zumbidos, pitidos, silbidos o sonidos inexistentes en el ambiente, para algunos es una molestia leve, pero para otros puede convertirse en una condición incapacitante que altera el sueño, la concentración, el estado de ánimo y la calidad de vida. Aparece por factores como la exposición prolongada a ruidos fuertes, el uso excesivo de audífonos a alto volumen, trabajar en entornos ruidosos, el mismo tráfico urbano constante y claro, no puede faltar el envejecimiento natural del sistema auditivo.

Shenzhen una ciudad donde el bienestar humano realmente importa

Hoy algunas de las ciudades más avanzadas tecnológicamente están descubriendo que el verdadero progreso también puede medirse por la capacidad de ofrecer tranquilidad, descanso y espacios donde las personas puedan conversar sin gritar, dormir sin interrupciones y caminar sin estar sometidas a una agresión sonora constante. Allí se entiende que el silencio es una forma de bienestar colectivo tan importante como el aire limpio, los parques o el transporte eficiente.

De hecho, el tema del silencio tiene una dimensión filosófica y cultural muy interesante. Muchas civilizaciones antiguas asociaban el silencio con la reflexión, el aprendizaje y la sabiduría. En los monasterios medievales, en tradiciones orientales como el budismo y el taoísmo, se consideraba que una parte importante del desarrollo humano dependía de la capacidad de estar a solas con los propios pensamientos. Hoy en nuestros ambientes es una tarea imposible. A medida que las ciudades crecen, quizá una de las señales más claras de civilización no sea la altura de los edificios ni la velocidad de las redes digitales, sino la consideración hacia los demás en los espacios compartidos.

Desde una perspectiva cultural, Colombia ha desarrollado históricamente una relación muy cercana con el sonido. La música, las celebraciones populares, las fiestas familiares, las verbenas, los carnavales y los eventos comunitarios que forman parte esencial de la identidad nacional, manifestaciones que reflejan una cultura donde el sonido tiene un papel central en la expresión colectiva. Sin embargo, esa riqueza cultural puede generar dificultades cuando la valoración social del ruido supera la consideración por quienes buscan tranquilidad. En muchos contextos colombianos, el silencio suele interpretarse como ausencia de actividad, mientras que el volumen alto se asocia con alegría, éxito, poder o dinamismo. Esta percepción puede dificultar la construcción de normas de convivencia acústica.

China nos ofrece hoy ejemplos muy interesantes, no solo se exportan productos, también formas de vivir en grandes ciudades, donde el silencio es muy apreciado. Resulta paradójico que una megaciudad tecnológica como Shenzhen pueda llegar a ofrecer en determinados sectores una experiencia acústica más tranquila que algunos corredores urbanos de Bogotá. Reducir el ruido no significa eliminar la música, las celebraciones o la actividad económica. Significa reconocer que el bienestar colectivo depende de encontrar un equilibrio entre la expresión individual y el respeto por el descanso, la concentración y la salud de los demás.

La lección china no es únicamente tecnológica. Los vehículos eléctricos ayudan mucho, pero los resultados también provienen de una combinación de legislación estricta, monitoreo permanente, diseño urbano, sanciones efectivas y una creciente conciencia de que el silencio no es un lujo, sino un componente esencial de la salud pública. Poco a poco iremos pasando del ruido occidental que intenta demostrar su poder, al silencio oriental que tanta falta nos hace para poder vivir mejor. Y por favor baje el volumen, gracias.

La calidad de vida que también depende de los habitantes de la ciudad
de Shenzhen

Una buena caminata para despejar la mente y fortalecer el cuerpo

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Caminar hace bien y es un placer sentirse vivo y funcional. Parque el Mirador de los Nevados -Suba.

Cada mañana lo primero que hago al despertar es agradecer la existencia y disponerme a salir a caminar. Con el tiempo ya no salgo tan temprano, es alarmante, por lo menos en Bogotá donde vivo, observar el corre corre de las personas en la mañana. Salen muy temprano los niños y jovencitos en carreras frenéticas, con sus maletas y demás equipajes a un día escolar, que dura hasta el medio día o hasta las 16:00 horas, depende del tipo de colegio. Los hay también que salen cerca a sus casas, pero igual, en el corre…corre…

Por su parte los empleados, de todo tipo, se apresuran a subirse en los buses del sistema Transmilenio, que es una locura en las tempranas horas mañaneras y los que van en sus autos, tendrán que enfrentar un tránsito complejo, enredado y muy tensionante. Todo ese estrés contagioso, me obligó de cierta forma a salir más tarde, para caminar sin prisa, sin presión de nadie en la ruta que he trazado.

Busco recorridos que tengan cierta dificultad, pero no tanta que me agoten, la idea es mover el cuerpo, ejercitar las piernas, poner a trabajar un poco más el corazón y en general hacer que todos los sistemas se activen de forma tranquila, placentera a mi ritmo para conservar la salud física, mental y emocional. No se trata de caminar rápido ni de competir con nadie. Basta con mantener un ritmo cómodo que permita conversar y disfrutar del entorno.

Dicen los que saben de salud que una caminata de entre 30 y 60 minutos al día ayuda a fortalecer el corazón, mejorar la circulación sanguínea y controlar la presión arterial. También contribuye a disminuir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y algunos problemas respiratorios y digestivos. Desde lo emocional es muy interesante el sentir como tu cerebro funciona, la sociabilidad está presente, el estar alerta y disfrutar de pequeñas cosas que encuentras en la ruta y al volver a casa cumplida la ruta te hace sentir bien.

Ese estimular la actividad cerebral fortalece la memoria y contribuye a retrasar el deterioro cognitivo asociado al envejecimiento, además que al lograr el trayecto baja ese sentimiento tan complejo como es la depresión, ansiedad y aislamiento social. Una caminata por parques, senderos peatonales o zonas residenciales permite mantener contacto con vecinos, observar la vida cotidiana y sentirse parte activa de la comunidad.

En esta ciudad situada a más de 2.600 metros sobre el nivel del mar, caminar de forma moderada ayuda además a mantener una mejor capacidad pulmonar y favorece la oxigenación del organismo. Pero hay que hacerlo en horas de baja intensidad vehícular, o buscar parques para caminar como El Mirador de los Nevados. La recomendación para los adultos mayores es hacerlo sin exigirse demasiado, respetando sus límites y realizando pausas cuando sea necesario.

El movimiento constante de piernas, caderas y espalda también ayuda a conservar el equilibrio y la coordinación, reduciendo el riesgo de caídas, una de las principales causas de lesiones graves en la población de edad avanzada. Además, fortalece músculos y articulaciones sin someterlas al impacto que generan otros deportes más exigentes. Caminar durante el día favorece la regulación de los ciclos naturales del organismo y ayuda a conseguir un descanso más profundo y reparador, así que si quiere dormir bien en la noche, camine durante el día.

Ahora bien, si hay algunas pautas que son recomendable a tener en cuenta. Lo primero utilizar calzado adecuado y cómodo, ropa deportiva abrigada aunque no tanto, mantenerse hidratado, protegerse del sol con una gorra, o sombrero además de usar cremas adecuadas en el rostro y las manos. En caso de padecer enfermedades cardiovasculares o problemas de movilidad importantes, seguir las indicaciones del médico y salir acompañado. A menos que su perro esté entrenado para ser compañía en la caminata, llévelo con usted, de lo contrario será un serio dolor de cabeza y un caudal de preocupaciones innecesarias. No se complique la vida, ya nos ganamos el derecho de estar tranquilos y sin preocupaciones extras.

En el recorrido hay que buscar espacios adecuados para esta práctica: parques vecinales, senderos arborizados, zonas verdes y recorridos peatonales que permiten disfrutar del aire libre sin necesidad de desplazamientos largos. Lo ideal es elegir rutas seguras, bien iluminadas y con superficies regulares para evitar tropiezos.

Caminar despacio puede parecer una actividad demasiado simple para generar grandes cambios. Sin embargo, para miles de personas mayores representa una auténtica inversión en salud. Cada paso fortalece el cuerpo, despeja la mente y ayuda a conservar la independencia, uno de los bienes más valiosos durante la vejez.

Al final, no siempre se necesitan tratamientos complejos para mejorar la calidad de vida. A veces basta con abrir la puerta de casa, recorrer unas cuantas cuadras y descubrir que el mejor gimnasio sigue siendo la propia ciudad. Eso si, después de la caminada, si no tiene restricciones médicas, disfrutar de un buen café, para nosotros tinto, para el lenguaje general de restaurantes un americano, yo diría un colombiano.

Historias triunfales que llenan los estadios y exigieron muchos sacrificios

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La fiebre del Mundial, más que fútbol historias de vida inspiradoras

Cada cuatro años, cuando llega el Mundial de fútbol y millones de personas comienzan a llenar con entusiasmo el tradicional álbum de Panini, las figuras del deporte aparecen convertidas en iconos brillantes: camisetas impecables, estadios repletos, contratos millonarios y celebridad global. Sin embargo, detrás de cada estampilla y de cada gol celebrado por televisión existe una historia mucho más dura y silenciosa, marcada por sacrificios que casi siempre comenzaron en la infancia.

La mayoría de los grandes futbolistas del mundo iniciaron su camino cuando apenas eran niños. Mientras otros jugaban ocasionalmente o disfrutaban una vida escolar relativamente normal, ellos entrenaban durante horas, soportaban lesiones, hambre, pobreza, soledad y enormes presiones familiares y sociales. El fútbol profesional es uno de los pocos escenarios donde un niño de un barrio humilde puede imaginar cambiar el destino económico de toda una familia, y esa esperanza se convierte muchas veces en una carga muy pesada.

En América Latina abundan historias que parecen novelas sociales. Lionel Messi creció en Rosario enfrentando problemas hormonales que impedían su crecimiento físico. Su familia no podía costear completamente el tratamiento médico y tuvo que abandonar Argentina siendo muy joven para viajar a España e ingresar a la cantera del FC Barcelona. A miles de kilómetros de su hogar, pasó años de disciplina extrema, nostalgia y adaptación cultural antes de convertirse en una leyenda mundial.

También Neymar surgió desde barrios populares de Brasil donde el fútbol callejero era casi la única diversión posible. Su padre trabajó intensamente para sostener la carrera deportiva del hijo, sacrificando estabilidad económica y vida familiar. Algo similar ocurrió con Luis Díaz, quien creció en La Guajira colombiana en condiciones económicas muy difíciles. Durante años enfrentó problemas de nutrición y escasas oportunidades deportivas, hasta que el talento y la persistencia lo llevaron al fútbol europeo.

En África, el fútbol representa para millones de jóvenes una posibilidad de escapar de conflictos, pobreza extrema y falta de oportunidades. Sadio Mané entrenaba descalzo en su niñez y utilizaba balones improvisados en aldeas rurales de Senegal. Muchos vecinos consideraban imposible que llegara al fútbol profesional. Hoy es considerado uno de los mayores referentes africanos de las últimas décadas. Igualmente impactante es la historia de Didier Drogba, quien debió emigrar muy joven desde Costa de Marfil a Francia mientras su país atravesaba tensiones políticas y económicas. Para numerosos jugadores africanos, llegar a Europa implica separarse prematuramente de sus familias y soportar procesos migratorios complejos y emocionalmente dolorosos.

En Asia también existen trayectorias de enorme sacrificio. Son Heung-min, estrella de Corea del Sur, fue entrenado desde niño bajo una disciplina extremadamente rigurosa dirigida por su padre. Pasó gran parte de su adolescencia lejos de una vida normal, concentrado exclusivamente en mejorar su técnica y condición física. En Japón, figuras como Hidetoshi Nakata ayudaron a abrir el camino para que futbolistas asiáticos fueran respetados en las ligas europeas, enfrentando prejuicios culturales y dudas sobre la capacidad competitiva del fútbol asiático.

Europa, aunque posee estructuras deportivas más desarrolladas, tampoco está exenta de historias difíciles. Cristiano Ronaldo nació en Madeira en una familia humilde y dejó su hogar siendo apenas un adolescente para ingresar a academias deportivas en Lisboa. Incluso jugadores provenientes de países ricos enfrentan una competencia brutal desde edades tempranas: miles de niños entrenan diariamente sabiendo que solo unos pocos alcanzarán el profesionalismo.

Los colombianos no son la excepción, historias como la de James Rodríguez, quien salió de Cúcuta y luego de Ibagué, o el caso de Luis Díaz, criado en La Guajira, enfrentando limitaciones económicas y problemas de nutrición antes de llegar al fútbol europeo. Y aquí los arqueros suelen iniciar entrenamientos duros desde edades tempranas, bajo enorme presión psicológica porque cualquier error puede definir un partido, realidad que han vivido David Ospina o Camilo Vargas, carreras marcadas por la perseverancia y largos procesos de formación antes del reconocimiento internacional, esperando la oportunidad de dejar la banca y ponerse debajo del arco.

Las historias de Jhon Lucumí, Dávinson Sánchez, Richard Ríos, Jaminton Campaz por mencionar algunos de nuestros futbolistas, representa a muchos latinoamericanos que crecieron en contextos humildes y debieron abrirse camino mediante disciplina extrema. Mientras millones observan hoy sus partidos por televisión, pocos imaginan los años de entrenamiento bajo lluvia, viajes complicados a países extraños para ellos donde no habla su idioma, y los ingentes sacrificios familiares desde la separación, las criticas de los medios, refleja la historia de numerosos jóvenes colombianos que encontraron en el balón una posibilidad de escapar de entornos peligrosos, conflictivos y construir un futuro distinto.

El costo verdadero del fútbol moderno exige una preparación física y mental gigantesca desde edades cada vez más tempranas. Muchos jóvenes pierden parte de su infancia entre entrenamientos, dietas estrictas, viajes y competencias. Detrás de cada estrella mundial existe generalmente una familia que hizo enormes renuncias económicas y emocionales para sostener un sueño incierto. Y no todos llegan a cumplir el sueño de jugar en una selección.

Por eso, cuando los aficionados abren un sobre del álbum del Mundial y observan los rostros de las grandes figuras, pocas veces imaginan las historias humanas escondidas detrás de cada fotografía. No son solamente deportistas famosos; son sobrevivientes de largas jornadas de disciplina, frustraciones, pobreza, migraciones y sacrificios personales. El brillo del fútbol mundial suele ocultar que, antes de convertirse en ídolos planetarios, muchos de ellos fueron simplemente niños persiguiendo una pelota en calles de tierra, barrios olvidados o canchas improvisadas en cualquier lote, soñando con cambiar su destino y el de sus familias.

Sugerencia, si quiere saber la historia de vida de los grandes futbolistas, las encuentra en Netflix, documentales muy inspiradores, por eso este escrito.

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