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Cada vez que aparece el Fenómeno de El Niño, Colombia revive un viejo temor: quedarse sin agua y quedarse sin energía

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Inmensa riqueza en energía solar, pero no ha logrado vencer la inercia de la politiquería nacional y regional

No es un miedo infundado, cerca de dos terceras partes de la electricidad que consume el país siguen dependiendo de las centrales hidroeléctricas. Cuando las lluvias desaparecen y los embalses bajan de nivel, el sistema eléctrico entra en una zona de tensión que obliga a recurrir con mayor intensidad a plantas térmicas alimentadas con gas, carbón o combustibles líquidos, mucho más costosas y contaminantes.

La historia ofrece un recordatorio contundente. Entre 1992 y 1993 Colombia sufrió uno de los racionamientos eléctricos más severos de su historia debido a una combinación de sequía extrema provocada por El Niño y una fuerte dependencia de la generación hidráulica. Dos décadas después, entre 2015 y 2016, el país volvió a caminar peligrosamente sobre la misma cuerda floja.

La pregunta parece obvia: si Colombia posee una de las mayores radiaciones solares del continente, ¿por qué aún depende tanto de la lluvia? Paradójicamente, Colombia se encuentra entre los países con mejores condiciones naturales para producir energía solar. Su ubicación ecuatorial permite una radiación relativamente constante durante todo el año, con niveles especialmente altos en departamentos como La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico, Tolima y parte de los Llanos Orientales.

Durante años esa ventaja permaneció prácticamente desaprovechada. Mientras Alemania —con menos horas de sol— se convirtió en una potencia fotovoltaica, Colombia continuó construyendo represas y fortaleciendo un sistema eléctrico cuya principal fortaleza también constituye su mayor vulnerabilidad: depender del agua.

La situación comenzó a cambiar con la expedición de la Ley 1715 de 2014, que abrió el camino para integrar las Fuentes No Convencionales de Energía Renovable (FNCER), otorgando incentivos tributarios para quienes invirtieran en proyectos solares, eólicos y otras tecnologías limpias.
Posteriormente aparecieron normas técnicas como el RETIE, la NTC 2050 y la Resolución CREG 174 de 2021, que facilitaron la autogeneración y permitieron que hogares, empresas e industrias vendieran los excedentes de electricidad a la red nacional.

Sobre el papel, Colombia parecía haber iniciado la transición energética pero la realidad resultó mucho más compleja. El crecimiento existe… pero no al ritmo que necesita el país y sería injusto afirmar que no ha ocurrido nada, las cifras muestran un crecimiento extraordinario. Según datos de la Unidad de Planeación Minero Energética – UPME-, Colombia pasó de aproximadamente 200 MW de capacidad solar instalada en 2022 a más de 4.000 MW en 2026, multiplicando por veinte su capacidad fotovoltaica en apenas cuatro años.

También aumentó significativamente la autogeneración. Hoy existen más de 24.000 techos solares conectados al sistema eléctrico colombiano entre viviendas, industrias, comercios y pequeñas empresas. Solo durante 2025 se instalaron más de nueve mil nuevos sistemas fotovoltaicos.

En el primer trimestre de 2026 el operador del Sistema Interconectado y el administrador del Mercado de Energía Mayorista de Colombia – XM – reportó la entrada en operación comercial de 55 nuevos proyectos de generación, de los cuales la gran mayoría correspondió a generación distribuida y autogeneración solar. Son cifras históricas, pero también esconden otra realidad. Mucha capacidad instalada… poca participación en la energía diaria

Existe una diferencia que suele perderse en el debate público. No es lo mismo hablar de capacidad instalada que de energía efectivamente generada. Instalar miles de megavatios solares significa que esos paneles pueden producir electricidad, pero solamente producen cuando hay radiación solar.

Hidroeléctrica Hidrosogamoso en el departamento de Santander

Las hidroeléctricas, por su parte, pueden generar durante muchas más horas al día, siempre que exista suficiente agua almacenada. Por eso, aunque la capacidad solar instalada ha crecido de forma extraordinaria, la mayor parte de la electricidad que consumen diariamente los colombianos continúa proviniendo de las hidroeléctricas y, cuando escasea el agua, de las plantas térmicas. En otras palabras, Colombia avanza hacia una matriz más diversificada, pero todavía no ha dejado de depender de la lluvia.

Uno de los discursos más repetidos durante el gobierno del presidente Gustavo Petro ha sido que la solución al Fenómeno de El Niño no consiste en construir más plantas térmicas sino en acelerar la transición hacia energías renovables. El argumento tiene fundamento técnico. Cada panel solar instalado reduce la necesidad futura de combustibles fósiles y disminuye las emisiones de carbono. Sin embargo, la transición energética no depende únicamente de instalar paneles, requiere redes de transmisión, almacenamiento mediante baterías, regulación eficiente, inversión privada, estabilidad jurídica, financiación y aceptación de las comunidades donde se desarrollan los proyectos, y precisamente allí aparecen los mayores obstáculos.

Sobre el papel existen cientos de iniciativas solares registradas ante la UPME, pero registrarlas no significa construirlas. Muchas permanecen detenidas por consultas previas, conflictos sociales, problemas ambientales, dificultades para obtener financiación, retrasos en las líneas de transmisión o simplemente porque dejaron de ser rentables para los inversionistas.

En el corregimiento de Carretalito, proyecto solar en el sur de La Guajira

La Guajira resume perfectamente esa contradicción. Posee algunos de los mejores recursos solares y eólicos de América Latina, sin embargo, numerosos proyectos han sufrido retrasos por conflictos territoriales, procesos de consulta con comunidades indígenas y dificultades para construir las líneas que deben transportar esa electricidad hacia el resto del país.

La consecuencia es evidente, el potencial energético existe, la infraestructura todavía no. Entonce se plantea la pregunta ¿A quién benefician realmente los paneles solares? La respuesta depende del lugar donde se mire. En las grandes ciudades, la energía solar ha sido adoptada principalmente por industrias, centros comerciales, universidades, hospitales y empresas capaces de invertir varios millones de pesos en sistemas fotovoltaicos, para ellas el ahorro en la factura eléctrica puede ser considerable.

En zonas rurales el panorama cambia, allí miles de familias que nunca habían tenido acceso permanente a la electricidad hoy cuentan con pequeños sistemas solares aislados. En estos casos, la energía solar no solo reduce costos, significa refrigerar medicamentos, bombear agua, iluminar escuelas o mantener conectividad digital. El verdadero desafío consiste en extender esos beneficios más allá de los proyectos piloto.

Dentro de esa estrategia apareció el programa Colombia Solar, orientado a que hogares vulnerables y pequeños negocios de estratos 1, 2 y 3 puedan convertirse en autogeneradores de electricidad mediante la instalación de paneles solares. En lugar de subsidiar indefinidamente el consumo eléctrico, el Estado financia parte de la infraestructura necesaria para que las familias produzcan parte de su propia energía.

El concepto es atractivo, la pregunta será si logra ejecutarse con suficiente cobertura, continuidad y recursos. ¿Cumplió el gobierno Petro? Responder sí o no sería simplificar un proceso mucho más complejo. Los datos muestran avances indiscutibles.

Nunca antes Colombia había incorporado tantos proyectos solares ni había alcanzado un crecimiento tan acelerado de la capacidad instalada, pero también es cierto que muchos proyectos continúan retrasados, que la demanda eléctrica crece más rápido que la nueva oferta y que persisten cuellos de botella regulatorios, financieros y de transmisión. Expertos advierten que, si estos obstáculos no se resuelven, el país podría enfrentar déficits estructurales de oferta en los próximos años.

Es decir, la transición comenzó, pero aún está lejos de completarse. Y aquí entra el reto para el gobierno de Abelardo de la Espriella, que hereda un escenario complejo. Por un lado, recibirá una infraestructura renovable mucho mayor que la existente hace cuatro años. Por otro, enfrentará una creciente demanda eléctrica, incertidumbres sobre el abastecimiento de gas y proyectos renovables que todavía esperan superar barreras sociales, ambientales y financieras.

De acuerdo con los lineamientos públicos conocidos hasta ahora, la nueva administración ha planteado fortalecer nuevamente la exploración de petróleo y gas como respaldo para la seguridad energética, sin abandonar las energías renovables. El reto será encontrar un equilibrio entre garantizar el suministro inmediato y mantener el impulso de la transición energética.

Más allá de los discursos, cada Fenómeno de El Niño recuerda que la verdadera seguridad energética no depende de una sola fuente, no basta con construir más hidroeléctricas, tampoco basta con instalar miles de paneles solares. La resiliencia del sistema colombiano pasa por combinar hidroelectricidad, energía solar, eólica, almacenamiento, redes inteligentes, eficiencia energética y una planeación que trascienda los ciclos políticos.

El sol, por sí solo, no resolverá todos los problemas del sistema eléctrico nacional, pero ignorarlo sería desperdiciar uno de los recursos naturales más abundantes que posee Colombia. Porque una cosa es impulsar la energía solar y otra muy distinta lograr que esta pueda sustituir, en pocos años, la enorme capacidad de generación que hoy aportan las hidroeléctricas y las plantas térmicas. Del mismo modo, apostar nuevamente por el petróleo y el gas puede fortalecer la seguridad energética en el corto plazo, pero no elimina la necesidad de diversificar la matriz eléctrica frente a un clima cada vez más variable.

En ese escenario, el verdadero desafío no será escoger entre paneles solares o pozos petroleros. Será construir una política energética de Estado que combine seguridad de abastecimiento, competitividad económica y sostenibilidad ambiental, con decisiones basadas en evidencia científica y no únicamente en los ciclos políticos.

La última carrera no se gana con un automóvil

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El momento, para darnos tiempo de vivir, no solo de sobrevivir o existir.

Hay una certeza contra la que jamás ha podido luchar la humanidad. Ni los emperadores, ni los multimillonarios, ni las grandes corporaciones tecnológicas, ni los políticos que prometen cambiar el mundo cada cuatro años. Todos han perdido la misma batalla: el tiempo. El tiempo no negocia. No acepta sobornos. No conoce el botón de pausa ni el de retroceso. Sigue avanzando con una puntualidad casi ofensiva.

Lo curioso es que nos empeñamos en administrarlo como si fuera una cuenta bancaria. Compramos relojes inteligentes para ahorrar segundos, teléfonos cada vez más rápidos, computadores más potentes y automóviles capaces de acelerar de cero a cien kilómetros por hora en pocos segundos… para terminar inmóviles en un embotellamiento.

Y aquí la gran paradoja urbana. En las mega ciudades, dos, tres y hasta cuatro horas diarias desaparecen entre buses, trenes, metros, motocicletas, automóviles y trancones interminables. Se sale de casa cuando aún bosteza el amanecer y se regresa cuando ya es de noche. Al final del día no queda energía para vivir; apenas alcanza para sobrevivir y ajustar el despertador para el día siguiente…

En las ciudades medianas ocurre algo distinto. Todo parece estar a cinco o diez minutos. Da la impresión de que el tiempo transcurre más despacio. Pero es una ilusión óptica. La hora sigue teniendo sesenta minutos y cada minuto conserva sus sesenta segundos. Lo único que cambia es que uno deja de regalárselos al tráfico.

Mientras tanto, la vida pasa. Trabajamos. Compramos. Pagamos cuotas. Esperamos las vacaciones como quien espera un eclipse solar. Y para millones de personas esas vacaciones nunca llegan. La mayor parte de la humanidad no vive soñando con recorrer el mundo; vive soñando con llegar tranquila a fin de mes.

En el caso de familias con descendencia humana, el gran objetivo siempre fue el mismo: que los hijos tuvieran una vida mejor. Y, en muchos casos, lo lograron. Tan bien lo hicieron que ahora viven a miles de kilómetros, hablan otros idiomas y la antigua casa familiar terminó convertida en una reunión anual por videollamada. Así funciona el éxito moderno.

Cuando aparecen los setenta años —si la fortuna regala salud, una pensión y un techo propio— comienza un ejercicio inesperado: abrir el clóset. Entonces aparecen cinco chaquetas que nadie usa, veinte camisas perfectamente dobladas, zapatos para ocasiones que jamás volverán, tres celulares antiguos «por si acaso», dos computadores que ya parecen piezas de museo, tabletas, cables misteriosos que nadie sabe para qué sirven y cajas llenas de objetos cuyo único mérito consiste en haber sobrevivido a varias mudanzas. Uno descubre que pasó cuarenta años comprando cosas para terminar preguntándose quién tendrá que deshacerse de ellas cuando ya no esté.

El automóvil merece un capítulo aparte. Hay quienes lo lavan cada domingo con la misma dedicación con la que antes ayudaban a sus hijos con las tareas escolares. Otros hacen cuentas y concluyen que mantener un vehículo que apenas sale una vez por semana es un lujo bastante costoso. Lo venden sin demasiados remordimientos.

Claro, hay excepciones. En Estados Unidos el automóvil dejó hace décadas de ser un medio de transporte para convertirse en una forma de vida. Allí muchas ciudades fueron diseñadas pensando en motores y no en personas. Caminar suele parecer un acto de rebeldía y montar en bicicleta, salvo en algunos barrios o parques, exige más valentía que condición física.

Para este tiempo, también cambia la forma de habitar los espacios familiares. La casa donde cabía toda la familia empieza a quedarse demasiado grande para dos personas. Algunos la renta, muchos la venden y terminan viviendo en apartamentos donde el minimalismo deja de ser una filosofía japonesa para convertirse en una necesidad inmobiliaria.

Entonces aparece una pregunta incómoda. ¿Para qué guardamos tantas cosas? La respuesta suele ser sencilla: porque nunca tuvimos tiempo para preguntarlo antes. Y entonces lo verdaderamente importante empieza a reducirse a una lista mucho más corta. Cuidar la salud. No convertirse en una carga para los demás. Llamar a esos amigos que aún responden el teléfono. Encontrar un grupo con quien conversar, compartir una afición, hacer voluntariado o, en el peor de los casos, intercambiar memes y fotos por WhatsApp para demostrar que seguimos aquí.

Y es precisamente entonces cuando el cuerpo presenta la cuenta de cobro. La espalda protesta. Las rodillas opinan. El equilibrio ya no es el mismo. La respiración exige pausas. El corazón recuerda que durante décadas trabajó más de la cuenta y recibió muy poco mantenimiento. Muchos descubren demasiado tarde que invirtieron toda su vida en producir riqueza… menos la propia. Cultivaron empresas de otros. Cultivaron carreras profesionales llenas de títulos de postgrados. Cultivaron patrimonio. Pero olvidaron cultivar el cuerpo que debía acompañarlos durante todo el viaje.

Los compañeros de trabajo atraviesan historias parecidas. Algunos lograron conservar una excelente condición física. Son pocos. La mayoría pertenece a una generación educada para creer que el éxito consistía en trabajar sin descanso, acumular bienes, hacer especializaciones, pagar hipotecas y garantizar que los hijos llegaran más lejos. Y sí. Llegaron tan lejos que ahora toca cuadrar la llamada según el huso horario.

¿Hay arrepentimientos? Tal vez no, lo que existe es una comprensión más serena. Nos vendieron un modelo de vida que funcionó para algunos, pero nunca para todos. Creímos que el progreso resolvería las injusticias, que la tecnología reduciría las guerras, que el desarrollo traería tranquilidad. Sin embargo, el siglo XXI sigue despertando con conflictos armados, desigualdades profundas y un planeta que nos recuerda, con olas de calor e inundaciones, que también él tiene límites.

Aun así, no todo está perdido. Mientras exista la posibilidad de levantarse cada mañana, preparar un café, leer un buen libro, conversar con alguien querido, caminar unas cuadras o subirse nuevamente a una bicicleta, todavía queda futuro.

Quizás la verdadera riqueza nunca estuvo en la cuenta bancaria ni en el garaje lleno de vehículos. Tal vez siempre estuvo en disponer del tiempo suficiente para vivir despacio. Por eso, mientras las piernas respondan y el corazón siga marcando el ritmo, vale la pena salir a dar una vuelta en bicicleta. Sin prisa. Sin récords. Sin demostrarle nada a nadie. Después de todo, la única carrera que realmente importa ya no consiste en llegar primero. Consiste en disfrutar el camino antes de que el tiempo, ese viejo e invencible compañero de viaje, decida que hemos llegado al destino final.

La ciudad vista a 30 kilómetros por hora.

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Ciudades amables, donde se puede vivir, no solo existir

Hay ciudades que no fueron hechas para correr, sino para vivir. Lugares donde un recorrido cotidiano en bicicleta deja de ser una carrera contra el reloj para convertirse en una forma de descubrir el entorno. Ciudades de entre medio millón y un millón de habitantes, como Mendoza y San Juan, en Argentina; Viña del Mar, en Chile; Cuenca, en Ecuador; Pereira o Manizales, en Colombia; Arequipa, en Perú; Encarnación, en Paraguay; Santa Cruz do Sul o Joinville, en Brasil, e incluso varias capitales departamentales de Uruguay, conservan una escala que permite apreciar la vida desde una perspectiva diferente: la de un ciclista que pedalea a no más de 30 kilómetros por hora.

No se trata únicamente de la velocidad. Se trata del tiempo. A ese ritmo la ciudad deja de ser un paisaje borroso visto desde la ventanilla de un automóvil. Las calles recuperan sus detalles, los árboles vuelven a tener nombre, las fachadas cuentan historias y las plazas dejan de ser espacios por los que simplemente se pasa para convertirse en lugares donde vale la pena detenerse.

Muchas de estas ciudades han desarrollado ciclovías, parques lineales, avenidas arboladas y espacios públicos que, aunque no son perfectos, permiten desplazarse con una sensación de tranquilidad difícil de encontrar en las grandes metrópolis latinoamericanas. El tráfico existe, por supuesto, pero rara vez alcanza la intensidad permanente de ciudades de ocho o diez millones de habitantes. Los automóviles circulan a velocidades más moderadas, las distancias son razonables y el ciclista urbano puede disfrutar del recorrido sin vivir en permanente estado de alerta.

Es entonces cuando aparece uno de los mayores privilegios de la bicicleta: la posibilidad de observar una iglesia centenaria, una casona restaurada, un mural recién pintado o el movimiento de una plaza donde los niños juegan mientras los adultos conversan bajo la sombra de los árboles. Detenerse unos minutos para beber agua, tomar un café, un jugo natural o compartir un sencillo fiambre en un pequeño local de barrio deja de ser una pérdida de tiempo y se convierte en parte del viaje.

La bicicleta tiene esa virtud: transforma el trayecto en experiencia. También facilita algo que las grandes ciudades parecen haber olvidado: la conversación espontánea. Es frecuente que dos ciclistas coincidan frente a un semáforo, en una cafetería o junto a un bicicletero y terminen hablando sobre una nueva ruta, un componente recién instalado, el estado de una ciclovía o simplemente sobre cómo está la ciudad. Son encuentros breves, pero suficientes para recordar que el espacio público también sirve para construir comunidad.

En estas ciudades la vida productiva no desaparece. Existen oficinas, industrias, universidades, comercio y un creciente número de personas que trabajan de manera remota gracias a Internet. Sin embargo, los desplazamientos suelen consumir menos tiempo y eso significa algo invaluable: más horas disponibles para vivir. Todo parece quedar relativamente cerca. El trabajo, el colegio, el supermercado, el parque y, en muchos casos, el campo. En pocos minutos es posible abandonar el tejido urbano y encontrarse con viñedos, fincas, huertas, montañas, ríos o playas, dependiendo de la geografía. Son paisajes que no solo producen alimentos; también producen bienestar, biodiversidad y un equilibrio ambiental que todavía forma parte de la vida cotidiana.

La vivienda también suele conservar una escala más humana. Aún existen barrios de casas con patios, jardines y árboles frutales, donde el espacio permite que los niños jueguen, que una bicicleta tenga un lugar propio y que la reunión familiar ocurra al aire libre. Son barrios donde todavía es común conocer al vecino, saludarse cada mañana y celebrar juntos los acontecimientos importantes. Ese tejido social contrasta con la realidad de muchas grandes torres de apartamentos donde cientos de personas comparten ascensores, pasillos y parqueaderos sin llegar siquiera a saber el nombre de quienes viven al otro lado de la pared.

No significa que estas ciudades sean perfectas. También enfrentan desafíos como el crecimiento urbano, la congestión, la inseguridad o la presión inmobiliaria. Pero todavía conservan algo que las grandes metrópolis luchan por recuperar: una dimensión humana.

En buena parte de ellas el costo de vida resulta más accesible, la vivienda demanda un menor esfuerzo económico y los tiempos de desplazamiento permiten un mejor equilibrio entre trabajo, descanso y familia. El dinero rinde un poco más, pero, sobre todo, el tiempo alcanza para aquello que realmente importa.

Quizá por eso recorrer estas ciudades en bicicleta ofrece una sensación difícil de explicar. No es solo la satisfacción de utilizar un medio de transporte limpio, económico y saludable. Es la posibilidad de mirar alrededor sin prisa, de sentir el clima, de escuchar a las personas, de descubrir un café nuevo o una calle desconocida.

Pedalear a 30 kilómetros por hora termina siendo una filosofía de vida. Porque, al final, la verdadera riqueza de una ciudad no se mide por la altura de sus edificios ni por la velocidad de sus autopistas. Se mide por la capacidad que tiene de permitir que sus habitantes vivan, conversen, respiren y disfruten el camino. Y pocas formas de comprobarlo son tan sencillas como hacerlo sobre una bicicleta, mientras el reloj deja de ser el protagonista y la buena vida se respira en cada pedalazo.

Durante décadas nos convencieron de que el progreso estaba en las grandes ciudades. Allí estaban las oportunidades, el empleo, las universidades, la cultura y la promesa de una vida mejor. Millones de personas emprendieron ese viaje buscando prosperidad. Pero el crecimiento también tuvo un costo. Hoy muchas de esas megaciudades viven atrapadas entre embotellamientos interminables, viviendas cada vez más pequeñas, contaminación, ruido, largas jornadas de desplazamiento y un ritmo que apenas deja espacio para la familia, el descanso o la contemplación. En muchos casos ya no se vive la ciudad: se sobrevive a ella.

Quizá por eso comienza a surgir una nueva forma de entender el bienestar. No consiste en vivir donde todo ocurre, sino donde todavía es posible caminar, pedalear, conversar con un vecino, conocer al tendero del barrio, llegar al trabajo en pocos minutos y regresar a casa con tiempo para compartir una comida o ver crecer a los hijos.

La bicicleta no resuelve por sí sola los problemas urbanos, pero sí tiene la capacidad de revelar una verdad sencilla: las mejores ciudades no siempre son las más grandes ni las más ricas. Son aquellas donde el tiempo vuelve a pertenecerle a las personas. Donde recorrer unos kilómetros no significa librar una batalla contra el tráfico, sino disfrutar el trayecto.

Tal vez el verdadero desarrollo del siglo XXI no consista en construir ciudades cada vez más inmensas, sino comunidades donde la calidad de vida vuelva a ocupar el primer lugar. Y pocas formas de descubrirlo son tan claras como recorrerlas en bicicleta, a treinta kilómetros por hora, con la tranquilidad de quien sabe que el destino no es más importante que el camino.

Una mirada a nuestro tiempo, que ha heredado las experiencias de otros poderes

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Nuestras existencias, lo queramos o no, también están supeditadas a las políticas de los líderes planetarios

La historia de la humanidad demuestra que los imperios cambian de nombre, de bandera y de tecnología, pero conservan muchos de los mecanismos con los que han ejercido el poder. Desde la expansión marítima iniciada por Portugal y España en el siglo XV hasta la competencia estratégica entre Estados Unidos, China y la Unión Europea en la actualidad, la guerra, la presión económica, el dominio comercial y el control de la información han sido instrumentos recurrentes para ampliar o preservar la influencia política.

Aunque las formas de gobierno evolucionaron desde las monarquías absolutas hasta las democracias liberales y los sistemas de partido único, numerosos historiadores coinciden en que la competencia entre grandes potencias continúa siendo uno de los motores de la política internacional. La diferencia es que, en el siglo XXI, los campos de batalla ya no son únicamente militares: también son financieros, tecnológicos, industriales y culturales.

Durante los siglos XVI al XIX, los grandes imperios europeos consolidaron sus dominios mediante expediciones militares, colonización y control de las rutas comerciales. Posteriormente, el Imperio Británico convirtió el comercio internacional y el poder naval en los pilares de su hegemonía. Después de la Segunda Guerra Mundial, el escenario cambió profundamente. Estados Unidos emergió como la principal potencia económica, militar y tecnológica de Occidente, mientras la Unión Soviética lideró el bloque socialista hasta su desaparición en 1991.

Hoy, el panorama es más complejo. Estados Unidos continúa siendo la mayor potencia militar del mundo y mantiene el dólar como principal moneda de reserva internacional. China, entretanto, se convirtió en la segunda economía mundial y en la principal potencia manufacturera, además de competir en sectores estratégicos como inteligencia artificial, telecomunicaciones, vehículos eléctricos, energías renovables y exploración espacial. La Unión Europea, aunque carece de un ejército único, representa uno de los mayores mercados del planeta y ejerce una enorme influencia mediante regulaciones comerciales, ambientales y tecnológicas.

En este nuevo escenario, los aranceles, las sanciones económicas, el control de cadenas de suministro, las restricciones a la exportación de microchips y la competencia por minerales estratégicos como el litio, las tierras raras y el cobalto han reemplazado, en muchos casos, a la ocupación militar directa como herramientas de presión internacional.

Estados Unidos impulsa políticas destinadas a fortalecer su industria mediante subsidios estratégicos, restricciones tecnológicas y políticas comerciales orientadas a reducir su dependencia de China, y ésta desarrolla planes de largo plazo como Made in China 2025, la Franja y la Ruta y fuertes inversiones en inteligencia artificial, infraestructura y energía.

La Unión Europea intenta mantener su competitividad combinando innovación tecnológica, transición energética, regulación digital y apertura comercial, aunque enfrenta desafíos derivados del envejecimiento poblacional, los costos energéticos y la competencia industrial asiática y estadounidense. Es quizás el grupo geopolítico más afectado en este tiempos porque esta viendo como sus grandes industrias van perdiendo terreno, y es el turismo el que la ayuda a no sucumbir.

Más que una confrontación exclusivamente ideológica, el escenario actual refleja una competencia por el liderazgo tecnológico, industrial y financiero del siglo XXI. Y es aquí donde el dinero también gobierna. Las campañas electorales modernas requieren enormes recursos financieros. Esto ha incrementado la influencia de grandes empresas, grupos industriales, entidades financieras y organizaciones de presión —los llamados lobbies— sobre las decisiones gubernamentales.

La relación entre poder político y poder económico ha sido ampliamente estudiada. En algunos casos genera innovación e inversión; en otros, puede derivar en conflictos de interés, captura regulatoria o corrupción.

Según Transparencia Internacional, la corrupción continúa siendo uno de los principales obstáculos para el desarrollo. Su Índice de Percepción de la Corrupción muestra que más de dos tercios de los países obtienen calificaciones inferiores a 50 sobre 100, reflejando problemas persistentes tanto en economías desarrolladas como emergentes. Finalmente los costos recaen principalmente sobre los ciudadanos mediante mayores impuestos, menor calidad de los servicios públicos, menor inversión social y pérdida de confianza institucional.

Si durante el siglo XX la radio y la televisión fueron instrumentos fundamentales para construir legitimidad política, hoy la disputa ocurre también en internet. Las redes sociales, los motores de búsqueda, las plataformas digitales y la inteligencia artificial se han convertido en escenarios donde gobiernos, empresas y actores privados compiten por influir en la opinión pública.

La desinformación, las campañas coordinadas, los algoritmos y la utilización masiva de datos personales forman parte de una nueva dimensión del poder. El control de la información ya no depende exclusivamente del Estado. También participan grandes compañías tecnológicas cuyos servicios son utilizados diariamente por miles de millones de personas.

La humanidad ya no vive bajo los grandes imperios coloniales de hace tres siglos. Sin embargo, la competencia por la influencia mundial continúa. Hoy las armas incluyen satélites, inteligencia artificial, sanciones económicas, patentes tecnológicas, cadenas logísticas, mercados financieros y control de datos e información.

Sería una simplificación afirmar que todas las democracias funcionan igual que los antiguos imperios o que todas las grandes potencias emplean exactamente los mismos métodos. Existen diferencias importantes en sus sistemas políticos, en el respeto a los derechos humanos y en los mecanismos de control institucional. Pero también es cierto que la historia muestra patrones recurrentes: la búsqueda de poder, recursos, mercados e influencia sigue siendo un elemento constante de las relaciones internacionales.

Quizá la principal diferencia del siglo XXI sea que ningún imperio puede dominar el mundo por sí solo. La interdependencia económica, la velocidad de la información, la innovación tecnológica y los desafíos globales —como el cambio climático, las migraciones masivas, las pandemias o el crimen organizado transnacional— obligan a competir y cooperar al mismo tiempo.

En esa tensión permanente se mueve el mundo contemporáneo. Y, como ha ocurrido tantas veces en la historia, las decisiones tomadas por las grandes potencias terminan repercutiendo, tarde o temprano, en la vida cotidiana de millones de ciudadanos que solo aspiran a trabajar, vivir en paz y construir un futuro mejor.

Noventa minutos para un sueño de toda la vida

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Más allá de la copa, los verdaderos campeones

El próximo domingo el mundo volverá a detenerse durante noventa minutos —o quizás un poco más— para conocer al nuevo campeón del Mundial de Fútbol. Millones de personas vestirán la camiseta de su selección, otros se reunirán en familia, en un café, un parque o frente al televisor de la casa para vivir una de esas pocas experiencias capaces de unir a la humanidad alrededor de un mismo acontecimiento.

Como en cada Copa del Mundo, alrededor del balón giran muchos otros intereses. Está la geopolítica de los países anfitriones, el deseo de mostrar poder e influencia ante el planeta, las enormes cifras que mueve la FIFA, los derechos de televisión, los patrocinadores, el mercado de las apuestas deportivas y una industria que convierte al fútbol en uno de los mayores negocios del siglo XXI. Todo eso existe. Sería ingenuo negarlo, pero, por fortuna, el fútbol sigue siendo mucho más grande que todo ese engranaje económico.

No hace falta ser comentarista deportivo para comprenderlo. Tampoco analizar cada jugada con estadísticas o discutir durante horas si una alineación fue acertada o si un cambio llegó demasiado tarde. El verdadero aficionado entiende que el fútbol es, antes que nada, una historia profundamente humana.

En cada partido hay veintidós futbolistas y un equipo arbitral intentando hacer bien su trabajo. Hay miles de movimientos cuidadosamente entrenados, desmarques, pases, coberturas, sacrificios silenciosos y decisiones tomadas en apenas una fracción de segundo. Detrás de cada gol existe una construcción colectiva que pocas veces alcanza a percibir quien solo mira el resultado final.

El hincha suele ver únicamente una camiseta. El aficionado descubre personas. Cada jugador que llega a un Mundial carga una historia que difícilmente cabe en una transmisión de televisión. Muchos crecieron en barrios humildes, donde una pelota remendada era suficiente para imaginar un futuro distinto. Otros debieron abandonar muy temprano la comodidad de su hogar para ingresar a escuelas de formación, vivir lejos de sus padres y convertir la disciplina en una forma de vida mientras otros adolescentes disfrutaban de una juventud más tranquila.

Ser futbolista profesional no consiste únicamente en dominar el balón. Es aprender a levantarse después de una lesión. A soportar derrotas dolorosas. A convivir con la presión permanente de rendir cada fin de semana. A aceptar que una mala tarde puede convertir al héroe en villano ante millones de espectadores. Es entrenar cuando nadie observa y volver a empezar cuando las cosas no salen como se esperaba.

En la cancha no solo compiten músculos entrenados durante años. También compiten la fortaleza mental, la capacidad de controlar las emociones, la inteligencia para interpretar el juego y el valor de seguir adelante cuando el estadio entero parece estar en contra.

Porque jugar un Mundial significa convivir con una presión que pocos seres humanos experimentarán alguna vez. Cada pase puede ser decisivo. Cada error puede quedar grabado para siempre. Cada acierto puede inmortalizar un nombre en la memoria colectiva de un país. Y aun así, allí están. Corriendo hasta el último minuto.

Llegar a vestir la camiseta de una selección nacional ya representa una victoria extraordinaria. Antes hubo miles de niños soñando el mismo sueño, cientos de jóvenes compitiendo por un lugar y decenas de futbolistas que quedaron en el camino pese a tener un enorme talento. Integrar una convocatoria mundialista significa haber superado años de competencia feroz, sacrificios familiares, entrenamientos interminables y renuncias personales.

Por eso, independientemente de quién levante la copa el domingo, todos los futbolistas que participaron en este Mundial ya conquistaron algo que muy pocos seres humanos alcanzan: representar a su país en el escenario deportivo más importante del planeta.

Ese mérito rara vez aparece en los titulares. Quizás el hincha, cegado por la pasión, no siempre lo reconoce. Pero el verdadero amante del fútbol sí sabe valorar el recorrido que existe detrás de cada uniforme.

Cuando el árbitro dé el pitazo final habrá un campeón y un subcampeón. Así funciona el deporte. Sin embargo, también quedarán miles de abrazos en las tribunas, niños soñando con imitar a sus ídolos, familias enteras celebrando alrededor de un televisor, ciudades que por unas horas olvidaron sus diferencias y un planeta que volvió a hablar el mismo idioma: el del fútbol.

Sea que la gloria viaje hacia Suramérica o permanezca en la Península Ibérica, la esencia seguirá siendo la misma. Lo verdaderamente hermoso no es únicamente levantar una copa. Es comprobar que un balón continúa teniendo la capacidad de emocionar, unir culturas, despertar recuerdos y recordarnos que, detrás de cada camiseta, siempre hay un ser humano que un día fue un niño persiguiendo un sueño.

Y quizá esa sea la mayor victoria que deja cada Mundial: recordarnos que el deporte, cuando se mira con el corazón antes que con los intereses, sigue siendo una de las expresiones más nobles de la condición humana.

Imperios: la historia del poder escrita sobre las rutas comerciales

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"Quien controla el comercio controla la riqueza; quien controla la riqueza termina controlando el mundo."

Mucho antes de que existieran los bancos internacionales, las bolsas de valores o los tratados de libre comercio, el mundo ya giraba alrededor de una misma idea: dominar las rutas por donde circulaban los bienes más valiosos. La historia de la humanidad puede leerse como una sucesión de imperios que crecieron gracias al comercio, conquistaron territorios para asegurar materias primas y desaparecieron cuando perdieron el control de ellas.

Durante más de cinco mil años cambiaron las banderas, los idiomas, las religiones y las armas. Sin embargo, la lógica económica fue prácticamente la misma. Recursos naturales que han definido el destino de pueblos enteros. Y hay que recordar que los bienes más valiosos los establece el mismo imperio, hoy por ejemplo el dinero se representa en el dólar americano, pero, realmente ¿qué lo sustenta? Solo lo que el imperio reinante determine para todo el mundo desde una idea global. Todos los procesos imperiales lo han soñado, el límite hasta donde se conocía el planeta, hoy es total esa referencia.

Los invito a hacer un recorrido por los grandes imperios históricos, así logramos entrever el inicio, el eje de crecimiento y posterior desaparición, o por lo menos su menor influencia en el planeta. Arrancamos con Mesopotamia y se dio a partir del comercio organizado. Hacia 3.500 a. C., en la antigua Mesopotamia —entre los ríos Tigris y Éufrates, en el actual Irak— surgieron las primeras ciudades organizadas. Allí aparecieron también los primeros registros escritos de transacciones comerciales en tablillas de arcilla.

Los sumerios intercambiaban cereales, tejidos, madera y cobre con pueblos situados a cientos de kilómetros. Aquellas rutas comerciales impulsaron el desarrollo urbano y también las primeras disputas por el control de los recursos. Más tarde surgiría el Imperio Babilónico, cuyo primer gran período se extendió aproximadamente entre 1894 y 1595 a. C. Bajo el reinado de Hammurabi (1792-1750 a. C.), se fortalecieron los mercados y la administración del comercio. Desde entonces quedó establecida una constante histórica: quien controlaba los ríos controlaba el comercio.

De esa premisa surge Egipto, su poder el río Nilo. Entre 3100 y 30 a. C., los faraones organizaron una de las economías más eficientes del mundo antiguo. El trigo egipcio alimentaba buena parte del Mediterráneo oriental. Así las expediciones comerciales llegaban hasta Nubia, el mar Rojo y el legendario País de Punt —probablemente ubicado entre Eritrea y Somalia— en busca de incienso, ébano, marfil, oro y animales exóticos. El comercio enriquecía al imperio, pero también justificaba campañas militares para asegurar las rutas.

Entre 1500 y 300 a. C., los fenicios, establecidos en las costas del actual Líbano, transformaron el Mediterráneo en una inmensa red comercial. No fueron grandes conquistadores militares, pero sí extraordinarios comerciantes. Fundaron colonias desde Chipre hasta España, incluida Cartago, y comerciaron madera de cedro, vidrio, tintes púrpura y metales. Demostraron que un imperio podía construirse más con barcos que con ejércitos.

Logrado el manejo del Mediterráneo, el Imperio Aqueménida (550-330 a. C.) encontró que las carreteras imperiales eran las vías para comerciar y conquistar. Así construyeron más de 2.500 kilómetros desde la India hasta Egipto, entre ellas la Ruta Real Persa. Así las mercancías podían recorrer el imperio protegidas por un sistema administrativo y un ejercito, era una gigantesca plataforma logística.

Al escenario mundial, de la época, llegan Grecia y Roma, a partir de un mercado único que dominaron buena parte del comercio marítimo entre los siglos VIII y IV a. C. y desde el año 27 a. C. hasta 476 d. C., el Imperio Romano convirtió al Mediterráneo en lo que llamaban Mare Nostrum. Además comprendieron que mantener abiertas las rutas comerciales era tan importante como ganar batallas. Cuando esas rutas comenzaron a fragmentarse por invasiones, crisis económicas y conflictos internos, también empezó el declive del imperio romano.

Y en oriente, Asia durante la dinastía Han, comenzó a consolidarse la famosa Ruta de la Seda. Aunque nunca fue una sola carretera, conectó China con Asia Central, Persia y finalmente Europa. La seda era apenas uno de los productos, también viajaban porcelana, papel, pólvora, especias, conocimientos matemáticos, religiones y tecnologías. Fue quizá la mayor red de intercambio cultural y económico de la historia y que hoy se trata de consolidar nuevamente.

El mundo conocido sufre una gran transformación cuando los europeos llegaron a Abya Yala también nombrada como Pindorama, o Anáhuac y que los españoles denominaron como América. A partir de 1492 cambió completamente el comercio mundial.

España construyó uno de los mayores imperios de la historia entre los siglos XVI y XVIII. Se calcula que entre los siglos XVI y XVIII fueron extraídas de América más de 180 toneladas de oro y cerca de 16.000 toneladas de plata, para financiar guerras, palacios y ejércitos europeos. También significó la destrucción de civilizaciones como los aztecas e incas, epidemias devastadoras, trabajo forzado y explotación minera a gran escala. Por su parte Portugal, desarrolló un imperio marítimo basado en el comercio de especias, azúcar y posteriormente esclavos africanos.

Y si hablamos de multinacionales, bueno los holandeses durante el siglo XVII apareció una innovación que cambiaría el mundo. En 1602 nació la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC), considerada como la primera corporación multinacional moderna. No solo comerciaba. Podía declarar guerras, acuñar moneda, administrar colonias y firmar tratados. Por eso se da como origen del capitalismo moderno a esta nueva forma de imperio comercial y bancario.

Otras de las razones para construir imperios es el desarrollo tecnológico. Ya no solo es la tierra o las materias primas, es aplicar procesos industriales para dominar todo. Así entre los siglos XVIII y XX, Gran Bretaña construyó el mayor imperio territorial conocido. Hacia 1920 controlaba una cuarta parte de la superficie terrestre y una población cercana a 458 millones de personas.

Con la máquina de vapor impulsó la minería del carbón a gran escala, mecanizó e industrializo el algodón proveniente de India y Estados Unidos. Al desarrollar vehículos automotrices el caucho de Asia permitió fabricar neumáticos. El té, el café y el azúcar transformaron los hábitos de consumo de Europa y del mundo. Con la Revolución Industrial multiplicó la producción, pero también aceleró la contaminación atmosférica, la minería intensiva, la deforestación, arruinando fuentes de agua, tierras y destruyendo culturas en todo el orbe.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1945), Estados Unidos emergió como la principal potencia económica mundial. Su liderazgo no dependía únicamente de su capacidad militar, tenía nuevos procesos y sistemas tecnológicos, industriales, financiero global, innovación científica y buena parte del comercio internacional.

Durante gran parte del siglo XX, numerosos conflictos geopolíticos estuvieron relacionados directa o indirectamente con el control de hidrocarburos. Hoy el mapa comercial vuelve a transformarse. El litio, el cobre, el cobalto, el níquel, el grafito y las llamadas tierras raras son indispensables para fabricar las nuevas tecnologías. Bolivia, Argentina y Chile concentra cerca del 60 % de las reservas mundiales de litio conocidas, la República Democrática del Congo produce alrededor del 70 % del cobalto mundial. Y hay que considerar que China domina buena parte del procesamiento de tierras raras utilizadas en componentes electrónicos. Si bien el escenario ha cambiado, las materias primas también pero la competencia por controlarlas continúa.

Cada imperio aportó en infraestructura, tecnología, cultura, modos de ver y entender el mundo y la sociedad, pero también dejó cicatrices ambientales profundas, destrucción de culturas, con millones de personas esclavizadas o desplazadas, con la decisión política de destruir culturas enteras absorbidas o destruidas por las potencias dominantes para imponerse.

Hoy hablamos de comercio digital, inteligencia artificial, cadenas globales de suministro y energías limpias. Sin embargo, detrás de un teléfono inteligente siguen existiendo minas de cobre, litio, silicio y tierras raras. Detrás de un automóvil eléctrico continúan extrayéndose millones de toneladas de minerales. Y detrás de cada gran potencia económica permanece la necesidad de asegurar el acceso a recursos estratégicos.

La historia demuestra que ningún imperio es eterno, Babilonia cayó, Persia desapareció, Roma se fragmentó, España perdió sus colonias, el Imperio Británico se disolvió tras la Segunda Guerra Mundial, incluso la hegemonía de Estados Unidos enfrenta hoy la creciente competencia económica y tecnológica de China, lo único que parece permanecer inalterable es la importancia del comercio. El desafío se establece en hacerlo sin repetir el ciclo que ha acompañado a casi todos los imperios: extraer hasta agotar, conquistar hasta destruir y crecer sin medir las consecuencias.

Quizá la verdadera potencia del siglo XXI tal vez sea aquella que logre demostrar que el progreso puede construirse sin convertir a la naturaleza y a las culturas en el precio inevitable del desarrollo y de la inversión que hacen desde lo militar, tecnológico o financiero.

Rodar donde y como toque: la bicicleta también aprende del clima

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"No importa si la ciudad es plana o empinada, fría o tropical. La mejor bicicleta urbana no es la que desafía el clima, sino la que ayuda a convivir con él. Y cuando eso sucede, cada recorrido deja de ser un simple desplazamiento para convertirse en una pequeña aventura cotidiana."

Hay una frase que todo ciclista urbano termina entendiendo con el paso de los kilómetros: no es lo mismo pedalear en una ciudad plana junto al mar que hacerlo en una capital rodeada de montañas. Tampoco es igual salir de casa con 32 grados de temperatura que enfrentar una mañana de 8 grados, o vivir en un lugar donde las estaciones transforman completamente el paisaje y obligan a cambiar de vestuario cada pocos meses.

La bicicleta, sin embargo, tiene una extraordinaria capacidad de adaptación. Más que un vehículo, es una compañera que termina pareciéndose a la ciudad donde rueda.

En las ciudades planas, como muchas ubicadas en las costas del Caribe, el reto principal suele ser el calor. El esfuerzo físico es menor porque las pendientes casi no existen, pero la temperatura y la humedad hacen que el cuerpo pierda agua rápidamente. Allí la hidratación deja de ser una recomendación para convertirse en una necesidad. Una botella de agua en el portacaramañola, ropa liviana de tejidos transpirables y la posibilidad de cambiarse de camisa al llegar al trabajo o a la universidad hacen parte de la rutina diaria.

En cambio, ciudades enclavadas entre montañas, como Bogotá, Manizalez, Tunja, Quito o La Paz, presentan un desafío completamente distinto. Las subidas exigen mayor esfuerzo, el corazón trabaja más y el cuerpo genera calor incluso cuando la temperatura ambiente es baja. Es frecuente salir de casa con una chaqueta abrigada y, pocos minutos después de comenzar una larga pendiente, sentir la necesidad de abrir la cremallera para dejar escapar el calor acumulado.

No hay clima que el ciclista no pueda enfrentar en la ciudad.

La experiencia también cambia en los países donde existen cuatro estaciones. En primavera el clima puede cambiar varias veces durante el mismo recorrido; el verano invita a pedalear durante más horas; el otoño cubre las ciclorrutas de hojas que pueden reducir la adherencia de las llantas, y el invierno exige ropa térmica, guantes gruesos, protección para el cuello y especial atención a las superficies húmedas o congeladas.

Pero si existe un elemento que une a ciclistas de cualquier latitud es la lluvia. Nadie puede negociar con una nube cargada de agua. Un aguacero tropical aparece en pocos minutos; una llovizna persistente puede acompañar durante horas el trayecto hacia la oficina o el colegio; y una tormenta con fuertes vientos obliga a buscar refugio hasta que las condiciones mejoren.

Por fortuna, la bicicleta urbana moderna parece haber sido diseñada precisamente para estos desafíos cotidianos. Los guardabarros evitan que el agua y el barro terminen en la espalda del ciclista. El portapaquetes permite transportar el impermeable, unos zapatones impermeables, una muda ligera de ropa o el computador portátil sin necesidad de cargar peso sobre la espalda. Las luces delantera y trasera aumentan notablemente la visibilidad durante la lluvia, la niebla o cuando anochece temprano, mientras que los espejos retrovisores ayudan a mantener una mejor percepción del tráfico sin desviar continuamente la mirada hacia atrás.

No son accesorios de lujo. Son elementos que aumentan la comodidad y contribuyen a una movilidad más segura.

Quienes utilizan la bicicleta para ir al trabajo, al colegio o a la universidad terminan convirtiéndose en expertos de la logística diaria. Aprenden a revisar el pronóstico del tiempo antes de salir, a llevar una chaqueta impermeable ligera incluso cuando el cielo está despejado, a guardar unos guantes para las mañanas frías y a proteger los documentos electrónicos dentro de bolsas impermeables. La experiencia enseña que unos cuantos minutos de preparación pueden evitar horas de incomodidad.

La hidratación también cambia según el entorno. En climas cálidos conviene beber agua antes de sentir sed y reponer líquidos durante el recorrido. En climas fríos muchas personas olvidan hidratarse porque sudan menos, aunque el organismo continúa perdiendo agua por la respiración y el esfuerzo físico. En ambos casos, llegar bien hidratado mejora el rendimiento y disminuye la sensación de fatiga.

El vestuario merece un capítulo aparte. No se trata de parecer un ciclista profesional cuando el destino es una reunión de trabajo o una clase en la universidad. La ropa urbana actual ofrece prendas cómodas, ligeras y de secado rápido que permiten pedalear con naturalidad y llegar con buena presentación. En muchas ciudades basta con llevar una camisa adicional o una chaqueta elegante doblada cuidadosamente en el portapaquetes para estar listo en cuestión de minutos.

Quizá esa sea una de las mayores virtudes de la bicicleta urbana: enseña a convivir con la naturaleza en lugar de luchar contra ella. El viento deja de ser un dato meteorológico para convertirse en compañero de viaje; la lluvia enseña previsión; las pendientes fortalecen las piernas y también la paciencia; el calor recuerda la importancia del agua, y el frío invita a descubrir el placer de un café caliente al terminar el recorrido.

Al final, cada ciudad tiene su propio carácter, pero todas comparten algo con quienes las recorren sobre dos ruedas. Siempre habrá una cuesta que vencer, una nube inesperada, una avenida soleada o un atardecer que haga olvidar el esfuerzo del camino. La bicicleta no cambia el clima ni modifica la geografía, pero tiene una virtud extraordinaria: permite descubrir que, con la preparación adecuada y una sonrisa, casi cualquier camino puede disfrutarse.

El calor del trópico y la informalidad que lo identifica se ve en los ciclistas urbanos

El planeta no necesita más compradores: necesita mejores ciudadanos

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La contradicción entre un modelo económico basado en el consumo permanente y la necesidad de conservar un planeta finito

Vivimos en una época de grandes contradicciones. Nunca antes la humanidad había destinado tantos recursos a proteger los ecosistemas, combatir el cambio climático y restaurar los bosques. Sin embargo, nunca antes había invertido tanto dinero en actividades que los destruyen.

El más reciente informe Estado de las Finanzas para la Naturaleza 2026, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), resume esta paradoja con una cifra contundente: por cada dólar invertido en proteger o restaurar la naturaleza, el mundo destina aproximadamente treinta dólares a actividades que la degradan. Es decir, mientras una mano intenta reparar el daño ambiental, la otra acelera su destrucción.

No se trata únicamente de la explotación petrolera, la minería o la deforestación. El problema es mucho más amplio y está profundamente ligado al modelo económico dominante, basado en producir, vender, consumir y desechar a una velocidad nunca antes vista.

Cada nuevo teléfono celular, cada tableta, computador portátil, televisor o electrodoméstico representa una larga cadena de extracción de minerales, consumo de agua, gasto energético, transporte internacional y emisiones de gases de efecto invernadero. Cuando estos productos terminan su corta vida útil, el problema apenas comienza.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) advierte que el tráfico internacional de residuos se ha convertido en uno de los delitos ambientales más lucrativos y difíciles de perseguir. Miles de toneladas de basura electrónica, residuos químicos y materiales peligrosos cruzan ilegalmente las fronteras para terminar en países con escasa capacidad de control ambiental, especialmente en África y algunas regiones de Asia.

Las consecuencias van mucho más allá del paisaje. Estos residuos contaminan fuentes de agua, suelos agrícolas, mares y acuíferos, liberan metales pesados como mercurio, plomo y cadmio, y afectan directamente la salud de millones de personas.

Desierto de Atacama- Chile

Algo similar ocurre con la llamada «moda rápida». Grandes cadenas internacionales producen millones de prendas de bajo costo que apenas se utilizan unas cuantas veces antes de ser desechadas. Parte de esa montaña de ropa termina en enormes vertederos al aire libre, como los conocidos depósitos del desierto de Atacama, en Chile, convertidos en símbolo mundial del desperdicio generado por una industria que fabrica mucho más de lo que el planeta puede absorber.

Como consumidores solemos creer que el problema pertenece exclusivamente a las empresas o a los gobiernos, pero la realidad es menos cómoda. Cada compra es también una decisión ambiental.

La economía mundial depende del consumo permanente. Muchos productos son diseñados para durar menos de lo que técnicamente podrían. La llamada obsolescencia programada o, en otros casos, la obsolescencia comercial impulsada por cambios constantes de diseño y tecnología, hacen que millones de personas sustituyan equipos que aún funcionan simplemente porque apareció un modelo nuevo.

Los teléfonos inteligentes son quizás el ejemplo más evidente, pero la lista incluye computadores, tabletas, electrodomésticos, televisores, automóviles e incluso pequeños aparatos domésticos difíciles o imposibles de reparar.

La Agencia Internacional de Energía recuerda que la fabricación de bienes industriales representa una parte significativa del consumo mundial de energía y de las emisiones de dióxido de carbono. Alargar la vida útil de los productos, repararlos, reutilizarlos y reciclarlos puede reducir considerablemente la presión sobre los recursos naturales.

El Banco Mundial también ha señalado que la economía circular ya no es una alternativa idealista, sino una necesidad económica para un planeta cuyos recursos son limitados. Esto obliga a replantear una pregunta incómoda: ¿realmente necesitamos todo lo que compramos?

La publicidad ha logrado asociar el bienestar con la acumulación de bienes materiales. Sin embargo, numerosos estudios sobre calidad de vida muestran que, una vez cubiertas las necesidades básicas, el incremento del consumo aporta beneficios cada vez menores al bienestar personal, mientras aumenta la presión sobre los ecosistemas.

Un caso emblemático es el automóvil particular. En países como Estados Unidos el vehículo privado sigue siendo prácticamente indispensable debido a un desarrollo urbano basado durante décadas en grandes distancias y escaso transporte público. Ese modelo impulsó una poderosa industria automotriz que hoy enfrenta profundas transformaciones por la llegada de nuevas tecnologías y la creciente competencia de fabricantes asiáticos.

Pero esa realidad no es universal. Muchas ciudades del mundo pueden ofrecer alternativas más eficientes, económicas y saludables para desplazarse diariamente. Allí aparece uno de los inventos más sencillos y, al mismo tiempo, más revolucionarios que ha creado la humanidad: la bicicleta.

No consume combustibles fósiles, no produce emisiones durante su uso, apenas ocupa espacio, reduce la congestión urbana, disminuye el ruido, mejora la salud física y mental de quienes la utilizan y requiere una cantidad muy inferior de materiales y energía para fabricarse en comparación con cualquier automóvil.

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha señalado que aumentar los desplazamientos en bicicleta y a pie constituye una de las estrategias urbanas más eficaces para reducir emisiones de gases de efecto invernadero. La Organización Mundial de la Salud, por su parte, destaca que la movilidad activa disminuye el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, obesidad y varios tipos de cáncer, al tiempo que mejora la calidad del aire que todos respiramos.

Escultura “La búsqueda” del artista Hernán Puelma.

La bicicleta no resolverá por sí sola la crisis climática ni la pérdida de biodiversidad. Tampoco eliminará el consumismo. Pero representa una forma distinta de relacionarnos con la ciudad y con el planeta: consumir menos recursos para obtener más bienestar.

Tal vez la verdadera revolución ambiental no dependa únicamente de grandes acuerdos internacionales o de sofisticadas tecnologías. Quizás comience con decisiones cotidianas mucho más simples: reparar antes que reemplazar, comprar solo lo necesario, reutilizar siempre que sea posible y elegir medios de transporte que respeten los límites de la naturaleza. Porque ningún modelo económico puede sobrevivir en un planeta degradado. Las empresas necesitan consumidores, pero antes que eso necesitan un mundo habitable. Y los ciudadanos debemos recordar que el mejor negocio para todos sigue siendo conservar la única casa que compartimos.

En ese camino, la bicicleta continúa demostrando que, más de dos siglos después de su invención, sigue siendo uno de los desarrollos tecnológicos más inteligentes, eficientes y sostenibles jamás creados. No solo nos transporta de un lugar a otro: también nos recuerda que es posible avanzar consumiendo menos, contaminando menos y viviendo mejor.

«El spinning no forma campeones; forma personas que quieren vivir mejor»

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Cada mañana, de lunes a sábado, la bicicleta estática abre la jornada laboral y de ayuda a las personas de Tatiana Rodriguez

Son las siete de la mañana y la sala ya está casi llena. Filas de bicicletas estáticas ocupan un amplio espacio iluminado, con espejos que reflejan el movimiento de los participantes. Algunos llegan con la energía propia de quienes hacen ejercicio todos los días; otros apenas están comenzando una nueva rutina después de años de sedentarismo. Hay jóvenes, adultos y uno que otro adulto mayor dispuesto a demostrar que la edad no siempre marca los límites.

La música empieza a sonar y poco a poco el ambiente se transforma. Las bicicletas permanecen inmóviles sobre el piso, pero las piernas comienzan un viaje imaginario por calles, pendientes y largos recorridos. Al frente del grupo está Tatiana Rodríguez, licenciada en Educación Física y Deportes, quien dirige la sesión con una mezcla de conocimiento académico, entusiasmo y cercanía humana.

Mientras anima a los participantes, corrige posturas y controla el ritmo del entrenamiento, es evidente que no está formando ciclistas profesionales ni atletas de alto rendimiento. Su objetivo es mucho más cotidiano y, quizás por eso mismo, más importante: ayudar a que las personas mejoren su salud, ganen condición física y conviertan el ejercicio en un hábito capaz de acompañarlas durante toda la vida.

BiciUrba: Cuando alguien entra por primera vez a una sala de spinning suele pensar que simplemente va a pedalear una hora. ¿Qué ocurre realmente detrás de una clase?

Tatiana Rodríguez: Muchísimo más de lo que la gente imagina. Una clase de spinning está diseñada para que el cuerpo trabaje de forma progresiva y segura. No es llegar, subirse a la bicicleta y empezar a pedalear fuerte. Todo comienza con un calentamiento que prepara músculos, articulaciones y sistema cardiovascular. Después vienen diferentes momentos de intensidad, recuperación, fuerza y resistencia, hasta terminar con una vuelta a la calma. Cada etapa tiene una razón de ser.

BU: Usted no solamente es entrenadora. También es licenciada en Educación Física. ¿Eso cambia la manera de dirigir una clase?

TR: Totalmente. La formación universitaria me enseñó a entender cómo responde el cuerpo humano al ejercicio. Cada persona llega con una historia distinta: edades diferentes, condiciones físicas diferentes, lesiones antiguas, enfermedades, sobrepeso o simplemente muchos años de sedentarismo. Mi trabajo consiste en adaptar la actividad para que todos puedan participar sin poner en riesgo su salud.

BU: A veces se piensa que en estas clases todos hacen exactamente el mismo esfuerzo.

TR: Ese es uno de los grandes mitos. Todos seguimos el mismo recorrido, pero no todos hacemos el mismo esfuerzo. Cada participante regula la resistencia de su bicicleta según su condición física. Yo doy las indicaciones, pero cada uno debe aprender a escuchar su propio cuerpo.

BU: En sus clases participan jóvenes, adultos y, en ocasiones, adultos mayores.

TR: Así es. Cuando es posible organizo grupos con condiciones similares. Pero muchas veces coinciden personas de todas las edades. En esos casos el reto es encontrar un ritmo que permita que todos trabajen sin excederse. No estamos preparando deportistas profesionales. Estamos ayudando a que las personas construyan hábitos saludables.

BU: También llegan usuarios con lesiones o con algunas condiciones médicas.

TR: Sí. Hay personas que vienen recuperándose de lesiones antiguas, otras presentan sobrepeso importante, algunas tienen una sudoración muy abundante y otras simplemente llevan muchos años sin hacer ejercicio. Lo primero es conversar con ellas, conocer sus antecedentes y recordarles que no necesitan competir con nadie. En una sala de spinning el verdadero rival no es la persona de al lado; es el sedentarismo.

BU: ¿El sobrepeso exige cuidados especiales?

TR: Muchísimos. No se trata de exigir al máximo desde el primer día. El organismo necesita adaptarse. Un sobreesfuerzo puede traer consecuencias serias, especialmente cardiovasculares. La idea es progresar poco a poco. Lo importante no es terminar agotado; lo importante es poder volver al día siguiente y seguir construyendo salud.

BU: Entre los participantes también hay personas con enfermedades crónicas como la diabetes. ¿Qué papel puede cumplir el spinning en esos casos?

TR: El ejercicio regular es uno de los mejores aliados para muchas personas que viven con diabetes. Cuando los músculos trabajan consumen energía y ayudan a que el organismo utilice mejor la glucosa disponible en la sangre. Por supuesto, cada caso es diferente y siempre es importante seguir las recomendaciones médicas, pero una rutina adecuada de actividad física suele contribuir al control de la enfermedad, al manejo del peso corporal y a una mejor calidad de vida. Lo más importante es la constancia. No se trata de hacer un esfuerzo extraordinario un solo día, sino de mantenerse activo semana tras semana.

BU: ¿Ha visto casos exitosos?

TR: Muchos. Personas que llegan buscando bajar de peso y terminan mejorando varios indicadores de salud al mismo tiempo. Algunas controlan mejor sus niveles de glucosa, otras reducen factores de riesgo cardiovascular y casi todas reportan sentirse con más energía y mejor estado de ánimo. El cuerpo agradece el movimiento.

BU: Usted ha visto evolucionar las bicicletas estáticas durante varios años. ¿Qué ha cambiado?

TR: Prácticamente todo. Las bicicletas actuales son mucho más estables, silenciosas, ergonómicas y permiten graduar con mucha precisión la resistencia. Eso hace que podamos simular ascensos, terrenos planos, cambios de ritmo y esfuerzos muy parecidos a los que encontraría un ciclista en una ciudad o en una carretera. La experiencia es mucho más realista que hace veinte años.

BU: Usted es una apasionada del baile. ¿Qué papel juega la música?

TR: Es fundamental. Soy colombiana y me encanta bailar. En mis clases siempre están presentes los ritmos del Caribe, del Pacífico, la salsa, el merengue, la música tropical. La música bien escogida ayuda a mantener la cadencia, mejora el estado de ánimo y hace que la hora pase casi sin sentirla. El ejercicio no tiene por qué ser un castigo; puede ser uno de los mejores momentos del día.

BU: También cuida mucho el volumen.

TR: Claro. La música debe motivar, no agredir. Si el volumen es excesivo termina generando fatiga y dificulta la comunicación con el grupo. Los participantes necesitan escuchar las instrucciones para realizar correctamente los cambios de ritmo y de intensidad.

BU: Después de terminar sus clases en el gimnasio usted cambia completamente de escenario.

TR: Sí. Termino la jornada de la mañana y me voy al colegio donde trabajo como profesora de Educación Física. Allí aparecen los balones, las canchas, las carreras, los juegos y las competencias escolares. Es otro mundo, pero el objetivo sigue siendo el mismo: lograr que niños, jóvenes y adultos descubran que moverse es una de las mejores inversiones que pueden hacer por su salud.

BU: Hoy existen plataformas digitales donde una persona puede hacer ciclismo virtual completamente sola. ¿Qué opina de esa modalidad?

TR: Es una buena alternativa cuando no hay otra opción, pero personalmente sigo creyendo en el ejercicio compartido. Entrenar en grupo genera motivación, compromiso y alegría. Uno encuentra apoyo, hace amigos y comparte metas con otras personas. Esa energía colectiva es muy difícil de reemplazar frente a una pantalla, por grande o sofisticada que sea.

BU: Finalmente, ¿qué le diría a quien todavía siente miedo de entrar por primera vez a una clase de spinning?

TR: Que no espere a estar en buena condición física para comenzar. Precisamente empieza porque quiere mejorar. Nadie nace con resistencia ni con experiencia. Todos tuvimos una primera clase. Lo importante es encontrar un buen instructor, respetar los tiempos del cuerpo y disfrutar el proceso. Después de unas semanas el cambio no solo se siente en las piernas y el corazón; también se nota en el ánimo, en la energía y hasta en la forma de enfrentar la vida.

BU: Si tuviera que resumir en una frase lo que significa el spinning, ¿cuál sería?

TR: «No buscamos formar campeones. Buscamos que las personas descubran que una hora de ejercicio puede regalarles muchos años de mejor calidad de vida.»

Cada mañana se abre una pista de carreras de bicis estáticas, pero cada uno a su ritmo, habilidad y estado físico, que bajo la dirección de la profesora Tatiana Rodríguez se busca mejorar cada día, para lograr en un tiempo adecuado personas con un mejor estado físico, emocional y de salud, disfrutando de la alegría de compartir un momento del día que puede durar el resto de sus vidas, o solo una temporada, mientras duran las ganas de cuidarse y tener una mejor calidad de vida.

Además de producir energía, los paneles solares también puede devolverle la vida a la tierra

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Energía solar a domicilio, fácil, económica, eficiente.

Durante décadas la humanidad creyó que producir energía significaba transformar el paisaje, ocupar grandes extensiones de terreno y, en muchos casos, sacrificar ecosistemas con gigantescas hidroeléctricas, hoy esa idea comienza a cambiar.

Mientras el planeta se prepara para enfrentar fenómenos climáticos cada vez más intensos, como un nuevo episodio de El Niño con altas temperaturas y estrés hídrico, hay proyectos que demuestran que la transición energética también puede convertirse en una herramienta de recuperación ambiental.

Colombia ya tiene ejemplos alentadores. En Villa de Leyva, un antiguo terreno degradado por residuos contaminantes fue transformado en una granja solar con más de 1.600 paneles fotovoltaicos. Lo que durante años fue un pasivo ambiental ahora produce electricidad limpia y beneficia a cientos de familias, demostrando que es posible convertir espacios deteriorados en activos para la comunidad.

Otra apuesta con enorme potencial es la agrovoltaica, un modelo que permite producir alimentos y energía en un mismo terreno. La sombra de los paneles reduce la evaporación, conserva la humedad del suelo y ayuda a utilizar el agua con mayor eficiencia, una ventaja que puede resultar decisiva en épocas de sequía prolongada.

Las experiencias internacionales son igualmente sorprendentes. En China, enormes parques solares instalados sobre zonas desérticas han logrado disminuir la velocidad del viento, reducir la erosión y favorecer el regreso de la vegetación. En algunos lugares incluso han reaparecido pequeños mamíferos y aves, mientras la ganadería ovina ayuda al mantenimiento natural de los pastizales. Lo que antes era arena estéril comienza a convertirse nuevamente en un ecosistema vivo.

El mensaje es claro: la energía del futuro no debería limitarse a reemplazar combustibles fósiles. También debe contribuir a restaurar los territorios degradados, ahorrar agua, proteger los suelos y generar nuevas oportunidades económicas para las comunidades.

En momentos en que el mundo se prepara para enfrentar temperaturas récord y una creciente presión sobre las fuentes hídricas, cada kilovatio producido con inteligencia representa mucho más que electricidad: significa resiliencia frente al cambio climático.

Desde BiciUrba creemos que la movilidad sostenible, el uso racional de la energía y la protección del agua hacen parte de una misma conversación. La bicicleta reduce emisiones; la energía solar limpia las reemplaza; y la recuperación de los suelos demuestra que el desarrollo puede reconciliarse con la naturaleza. Tal vez esa sea una de las noticias más esperanzadoras de nuestro tiempo: producir sin destruir, avanzar sin agotar y comprender que el verdadero progreso será aquel que permita a las próximas generaciones heredar un planeta más habitable que el que recibimos.

Pero quizá el descubrimiento más sorprendente no está en los megavatios producidos, sino en lo que ocurre debajo de los paneles. En regiones desérticas y semiáridas, donde el sol evapora rápidamente la poca humedad disponible, las estructuras fotovoltaicas funcionan como enormes sombrillas. Al reducir la radiación directa sobre el suelo, disminuyen la evaporación del agua, conservan la humedad durante más tiempo y crean un microclima mucho más favorable para la vida.

Renovación de suelos con paneles solares

Esa diferencia de temperatura y humedad permite que germinen semillas que permanecían latentes durante años, reaparezcan pastos y arbustos nativos y, poco a poco, regrese la biodiversidad. Los paneles también disminuyen la velocidad del viento, frenando la erosión y evitando que la arena arrastre la capa superficial del suelo, la más rica en materia orgánica. En algunos proyectos desarrollados en China, la cobertura vegetal alcanzó cerca del 80 % de áreas que antes eran prácticamente estériles, demostrando que la generación de energía puede convertirse también en una herramienta para combatir la desertificación.

La naturaleza completa el proceso. Allí donde reaparece la vegetación entran nuevamente en escena los animales. Rebaños de ovejas controlan el crecimiento del pasto sin necesidad de maquinaria ni herbicidas, mientras sus excrementos devuelven nutrientes al terreno, enriquecen el suelo y favorecen la actividad de microorganismos esenciales para su fertilidad. Se restablece así un ciclo ecológico que parecía perdido: el suelo conserva agua, las plantas fijan el terreno, los animales reciclan nutrientes y el ecosistema comienza a sostenerse por sí mismo. Lo que nació como una planta de energía termina convirtiéndose en un laboratorio de restauración ambiental.

América Latina también avanza en esa dirección. Chile ha convertido el desierto de Atacama, uno de los lugares con mayor radiación solar del planeta, en un laboratorio mundial de energías renovables, abasteciendo ciudades e industrias con electricidad limpia. Argentina multiplica sus parques solares en provincias como Jujuy, San Juan y La Rioja, mientras Perú desarrolla proyectos fotovoltaicos en su costa y regiones altoandinas para diversificar su matriz energética. En todos estos casos, además de disminuir la dependencia de combustibles fósiles, las granjas solares ayudan a reducir emisiones, aprovechan territorios de baja productividad agrícola y, cuando se integran con la recuperación de la vegetación y el manejo sostenible del suelo, crean condiciones ambientales más favorables para enfrentar el calentamiento global.

El contraste está a pocos kilómetros de distancia. Cuba, una isla privilegiada por recibir abundante radiación solar durante prácticamente todo el año, ha sufrido en los últimos años una profunda crisis eléctrica debido al deterioro de sus centrales termoeléctricas y a la escasez de combustibles fósiles. Los prolongados apagones que afectan a millones de habitantes muestran que depender casi exclusivamente de fuentes convencionales puede convertirse en un grave problema económico y social. La paradoja es evidente: mientras varios países aprovechan el sol para fortalecer su seguridad energética y reducir el impacto ambiental, otros aún enfrentan enormes dificultades por no haber desarrollado con suficiente rapidez ese inmenso recurso natural que reciben gratuitamente todos los días.

La transición energética no depende únicamente de gigantescas plantas solares o de inversiones multimillonarias. También comienza en el hogar. Hoy existen pequeños paneles fotovoltaicos que pueden instalarse en el balcón, una terraza o incluso junto a una ventana con buena exposición al sol. Son sistemas sencillos capaces de cargar baterías para alimentar iluminación, equipos electrónicos, routers de internet o dispositivos de bajo consumo, reduciendo el gasto de electricidad y ofreciendo una reserva de energía durante un apagón.

Diferentes proyectos solares en nuestra América -Chile-Perú-Argentina

Una de las soluciones más prácticas son las bombillas LED solares recargables. Incorporan una batería de litio dentro de su propia carcasa, que almacena la energía captada durante el día mediante un pequeño panel solar. Al caer la noche pueden proporcionar varias horas de iluminación y, cuando la batería pierde capacidad después de años de uso, basta con reemplazarla para prolongar la vida útil del equipo. Es un ejemplo de tecnología simple, económica y eficiente, que acerca la energía limpia a cualquier familia, incluso a quienes viven en apartamentos y disponen de poco espacio.

Quizá ese sea el verdadero significado de la transición energética. No consiste únicamente en cambiar una fuente de electricidad por otra, sino en modificar nuestra manera de relacionarnos con la energía. Cada panel instalado, por pequeño que sea, representa menos combustibles fósiles consumidos, menos hidroeléctricas que transforman ecosistemas para siempre, menos emisiones a la atmósfera y una mayor autonomía para los hogares. Del mismo modo que cada viaje en bicicleta sustituye un recorrido en automóvil, cada rayo de sol convertido en electricidad demuestra que el futuro puede construirse con decisiones sencillas, inteligentes y al alcance de millones de personas.

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