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El enemigo no es la montaña, es la improvisación

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El cuerpo lleva la cuenta de cada kilómetro que se pedalea durante la semana. No se impresiona por una bicicleta de última generación, ni por un uniforme profesional, ni por el número de seguidores en redes sociales. Responde únicamente al entrenamiento acumulado, al descanso, a la alimentación y a la hidratación.

Cada domingo, antes de que el sol aparezca sobre las montañas, cientos de vehículos se dirigen hacia las afueras de las ciudades. En sus parrillas viajan bicicletas de carbono que pueden costar lo mismo que un automóvil pequeño. Sus propietarios visten uniformes de equipos profesionales, utilizan computadores de ciclismo con navegación satelital y llevan cascos de última generación. La escena parece anunciar una etapa del Tour de Francia. Sin embargo, la realidad suele ser muy distinta.

Una parte importante de esos ciclistas son deportistas ocasionales que durante la semana apenas tienen actividad física y concentran todo su esfuerzo en una salida dominical de entre 120 y 180 kilómetros, con ascensos que superan los 2.000 metros de desnivel, atravesando montañas, páramos y carreteras donde el clima cambia varias veces en una misma jornada. La bicicleta no representa el riesgo. El verdadero peligro comienza cuando el entusiasmo pretende reemplazar la preparación.

La evidencia médica es contundente. Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como el American College of Sports Medicine (ACSM) coinciden en que los beneficios cardiovasculares del ejercicio aparecen cuando existe continuidad y progresión. El organismo necesita adaptarse gradualmente al esfuerzo. No distingue entre un corredor, un nadador o un ciclista: simplemente responde a las cargas de trabajo que recibe de manera habitual.

Por eso existe una diferencia enorme entre quien utiliza la bicicleta diariamente para desplazarse unos 30 kilómetros en total y quien permanece sedentario durante cinco o seis días para intentar recorrer cerca de 150 kilómetros el domingo.

El ciclista urbano que pedalea todos los días desarrolla una adaptación constante del sistema cardiovascular. Su corazón mejora la eficiencia del bombeo de sangre, aumenta la capacidad pulmonar, fortalece músculos y tendones, regula mejor la glucosa y mantiene un metabolismo más estable. Es un entrenamiento silencioso, casi invisible, pero extraordinariamente efectivo. En contraste, el ciclista improvisado obliga al organismo a enfrentar un esfuerzo para el cual no ha sido preparado.

Después de tres o cuatro horas de ejercicio intenso comienzan a aparecer señales fisiológicas preocupantes: deshidratación progresiva, pérdida acelerada de sodio y potasio, disminución de las reservas de glucógeno muscular, aumento de la temperatura corporal, fatiga neuromuscular y reducción de la capacidad de concentración. Cuando estas condiciones se combinan con ascensos prolongados y alturas superiores a los 2.500 metros, el organismo entra en una situación de estrés considerable.

Diversos estudios publicados en revistas como el British Journal of Sports Medicine y el European Journal of Preventive Cardiology muestran que el ejercicio extremo realizado por personas insuficientemente entrenadas incrementa el riesgo de lesiones musculares, tendinitis, rabdomiólisis —una grave destrucción de fibras musculares que puede comprometer los riñones—, descompensaciones metabólicas e incluso eventos cardiovasculares en individuos con enfermedades no diagnosticadas.

A ello se suma un fenómeno cada vez más frecuente: el consumo indiscriminado de bebidas energizantes. Muchos aficionados creen que una lata antes de iniciar la ruta o varias durante el recorrido les proporcionarán la energía necesaria para «aguantar la montaña». En realidad, la mayoría de estos productos no aportan energía útil para el ejercicio prolongado. Contienen altas dosis de cafeína, taurina y otros estimulantes que incrementan la frecuencia cardíaca y la presión arterial, pero no sustituyen el agua, los electrolitos ni los carbohidratos que el organismo necesita durante varias horas de esfuerzo.

La Sociedad Internacional de Nutrición Deportiva (ISSN) advierte que el abuso de estos productos puede provocar taquicardias, alteraciones del ritmo cardíaco, ansiedad, insomnio, molestias gastrointestinales e incluso cuadros graves cuando se combinan con deshidratación o altas temperaturas. No es casualidad que numerosos servicios de urgencias atiendan cada año casos relacionados con el consumo excesivo de energizantes durante actividades deportivas recreativas.

La alimentación también marca una diferencia fundamental. Ningún organismo puede sostener cinco o seis horas de pedaleo únicamente con una bebida azucarada o una barra de chocolate. El rendimiento depende de una adecuada carga de carbohidratos el día anterior, un desayuno equilibrado, hidratación constante y reposición periódica de líquidos, sodio y alimentos de fácil digestión durante el recorrido.

Los nutricionistas deportivos recomiendan consumir entre 30 y 60 gramos de carbohidratos por hora en recorridos superiores a dos horas, junto con una hidratación adaptada a la temperatura, la intensidad del ejercicio y la tasa de sudoración de cada persona. La sed, por sí sola, no es un indicador confiable: cuando aparece, la deshidratación ya ha comenzado.

La preparación física tampoco puede improvisarse. Fortalecer piernas no basta. El ciclismo exige estabilidad del tronco, fuerza en la espalda, equilibrio, movilidad articular y resistencia muscular general. Un programa adecuado incluye entrenamiento de fuerza dos o tres veces por semana, ejercicios de flexibilidad, descanso suficiente y un incremento progresivo del volumen de kilómetros.

La bicicleta premia la paciencia mucho más que la velocidad. En BiciUrba hemos defendido siempre que la bicicleta nació para mejorar la calidad de vida, no para ponerla en riesgo. No existe ninguna medalla por regresar completamente exhausto, ni un trofeo por publicar en redes sociales que se recorrieron 160 kilómetros después de una semana sentado frente a un computador.

El verdadero logro consiste en pedalear hoy, volver a hacerlo mañana y seguir disfrutando la bicicleta dentro de diez o veinte años. Las montañas seguirán allí. Los páramos continuarán esperando. Los grandes puertos nunca se moverán de su sitio. Lo que sí puede cambiar en una sola salida es la salud de quien confunde la pasión con la imprudencia, porque, al final, el mejor ciclista no es quien llega primero a la cima, es quien comprende que cada kilómetro recorrido debe sumar vida, nunca restarla.

Para tener en cuenta….

Urgencias médicas más frecuentes en ciclistas recreativos de larga distanciaFrecuencia o dato relevanteObservaciones
Deshidratación35 % de todas las atenciones médicas en una travesía recreativa de 2.100 ciclistas.Es la principal causa de consulta. Produce calambres, hipotensión, mareos y disminución del rendimiento.
Lesiones ortopédicas27 % de las urgencias médicas.Tendinitis, lesiones de rodilla, hombro, muñeca y caídas por fatiga.
Traslado a hospital40 ciclistas fueron remitidos a centros hospitalarios y 7 requirieron hospitalización.Demuestra que una salida recreativa también puede generar emergencias de consideración.
Encuentros médicos en eventos de 100 km o másAproximadamente 1 de cada 200 participantes requiere atención médica.Incluye lesiones, deshidratación y enfermedades relacionadas con el esfuerzo.
Emergencias potencialmente mortalesCerca de 1 por cada 2.000 ciclistas.Incluyen paro cardíaco, golpe de calor severo y alteraciones cardiovasculares.
Paro cardíacoEntre 0,4 y 3,3 casos por cada 100.000 participantes en pruebas masivas de resistencia (ciclismo, atletismo y triatlón).El riesgo aumenta con enfermedades cardíacas no diagnosticadas y preparación insuficiente.
Rabdomiólisis por esfuerzoEs poco frecuente, pero representa una de las complicaciones más graves del sobreesfuerzo.La destrucción de fibras musculares puede ocasionar insuficiencia renal aguda y requiere atención inmediata.
Alteraciones por bebidas energizantesSin una cifra única, la literatura médica las relaciona con mayor riesgo de taquicardias, hipertensión y arritmias durante esfuerzos intensos.No reemplazan el agua, los electrolitos ni la alimentación adecuada.
Hay una frase muy conocida en el ciclismo: «la bicicleta no engaña». Nosotros agregaríamos una más: «el cuerpo tampoco».

El planeta está ardiendo… y Colombia ya siente el calor

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"Cada árbol que se salva captura carbono. Cada litro de agua que se ahorra prepara al país para la sequía. Cada viaje que hacemos en bicicleta es una pequeña decisión que ayuda a enfriar un planeta que se está calentando demasiado."

Durante décadas, los incendios forestales parecían tragedias lejanas, propias de documentales sobre Australia, California o el Mediterráneo. Hoy esa percepción ya no existe. El fuego dejó de ser un fenómeno estacional para convertirse en uno de los rostros más visibles del cambio climático. Mientras millones de personas observan por televisión bosques convertidos en cenizas, la realidad es que todos respiramos el mismo aire y compartimos la misma atmósfera.

El año 2026 está dejando una advertencia que ningún gobierno debería ignorar.

Europa vive una de las temporadas de incendios más graves de su historia reciente. Más de 250.000 hectáreas han sido consumidas por las llamas y se han registrado más de 1.250 incendios forestales desde comienzos del año. Francia, España, Grecia, Portugal e Italia han visto cómo miles de personas debían abandonar sus viviendas mientras enormes columnas de humo cubrían regiones enteras.

Solo durante julio, considerado uno de los meses más devastadores de las últimas décadas, más de 150.000 hectáreas desaparecieron bajo el fuego y comunidades completas de Madrid, Ávila, Toledo y Almería enfrentaron emergencias nacionales.

Mientras tanto, al otro lado del Mediterráneo, el norte de África soporta temperaturas cercanas a los 49 grados centígrados. No se trata únicamente de un problema de calor. Hospitales saturados, sistemas eléctricos al límite, pérdida de cultivos y condiciones de vida extremadamente difíciles muestran cómo una ola de calor termina afectando toda la economía de un país.

En Norteamérica el panorama tampoco es alentador. Canadá supera ya los 3,8 millones de hectáreas quemadas durante este año, mientras Estados Unidos mantiene activos megaincendios en estados como Washington y Oregón, movilizando recursos humanos y tecnológicos a una escala nunca antes vista.

Sudamérica tampoco escapa a esta realidad.

Según el último reporte del Comité de Gestión del Riesgo de Desastres (Cogrid), hasta el momento han sido evacuadas de manera preventiva cerca de 19.000 personas, 169 viviendas presentan daño mayor y hay 25 zonas con alerta roja por amenaza de desborde.

Chile enfrenta tormentas extremadamente violentas que han dejado víctimas, viviendas destruidas y graves pérdidas económicas, demostrando que el cambio climático no solamente significa sequías, sino también eventos extremos cada vez más frecuentes.

Brasil continúa siendo motivo de enorme preocupación. Aunque durante junio de 2026 las detecciones de incendios disminuyeron respecto al promedio histórico, más de cinco mil focos activos fueron registrados por los sistemas satelitales de monitoreo. El Cerrado concentró cerca del 58 % de todos los incendios del país, seguido por la Amazonía, mientras que la Caatinga presentó condiciones superiores a los promedios históricos y podría enfrentar un agravamiento durante los próximos meses conforme avance la temporada seca.

En Asia, Japón rompe nuevamente sus propios registros históricos de temperatura, alcanzando la racha más prolongada de días por encima de los 40 grados centígrados.

No son hechos aislados, son piezas de un mismo rompecabezas.

La comunidad científica lleva años advirtiendo que la acumulación de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero, producto principalmente de la quema masiva de carbón, petróleo y gas, incrementa la energía almacenada en la atmósfera. Esa energía adicional se traduce en olas de calor más largas, incendios más intensos, tormentas más violentas y períodos prolongados de sequía. En otras palabras, el clima se está volviendo más extremo.

Paradójicamente, también existen ejemplos que demuestran que prevenir resulta mucho más económico que reconstruir. Finlandia, el país con mayor cobertura forestal de Europa, protege cerca del 75 % de su territorio mediante una combinación de limpieza permanente del suelo forestal, quemas controladas y la división estratégica de grandes bosques mediante caminos, franjas de seguridad y cuerpos de agua que dificultan la propagación del fuego.

El bosque Saihanba purifica 137 millones de metros cúbicos de agua para el área de Beijing-Tianjin y puede emitir medio millón de toneladas de oxígeno, pero hace más de medio siglo no había ahí nada más que terrenos áridos.

China ha desarrollado una estrategia conocida como los «cortafuegos verdes», sembrando cientos de miles de kilómetros de árboles y arbustos de baja inflamabilidad capaces de conservar mayor humedad y reducir considerablemente la velocidad de expansión de los incendios.

La naturaleza también puede convertirse en la mejor aliada cuando se le permite trabajar. Porque cuando un bosque desaparece, no solamente se pierden árboles, se destruyen ecosistemas completos, desaparecen especies animales, se reducen las fuentes de agua, se altera el régimen de lluvias y disminuye la enorme capacidad que poseen los bosques para capturar dióxido de carbono.

En América del Sur esa situación resulta especialmente delicada. Los llamados «ríos voladores», enormes corrientes de humedad que nacen en la Amazonía y alimentan buena parte de las lluvias del continente, dependen directamente de la conservación de millones de hectáreas de bosque. Si la deforestación continúa avanzando, numerosos investigadores advierten que amplias zonas amazónicas podrían acercarse a un punto de no retorno, transformándose gradualmente en sabanas secas.

Colombia tampoco permanece al margen.

El IDEAM confirmó que las condiciones asociadas al fenómeno de El Niño ya comenzaron a desarrollarse sobre el océano Pacífico ecuatorial, cerca de tres meses antes de lo previsto inicialmente.

Las proyecciones internacionales de la NOAA indican una probabilidad cercana al 96 % de que estas condiciones continúen durante los próximos meses y una posibilidad superior al 60 % de que el fenómeno alcance una intensidad muy fuerte entre finales de 2026 y comienzos de 2027.

Eso significa menos lluvias, mayores temperaturas, disminución de los caudales de ríos y embalses, incremento del riesgo de incendios forestales y mayores presiones sobre un sistema eléctrico que depende en gran medida de la generación hidroeléctrica.

Pero frente a un problema global también existen soluciones locales y cada ciudadano puede convertirse en parte de la respuesta.

Reducir el consumo de agua comienza con acciones sencillas: duchas de cinco minutos, cerrar la llave mientras nos cepillamos los dientes, reutilizar el agua de la lavadora para labores domésticas y evitar el desperdicio al lavar vehículos.

El ahorro de energía también será determinante. Aprovechar la luz natural, apagar equipos innecesarios, desconectar cargadores y utilizar sistemas de iluminación solar disminuyen la demanda eléctrica precisamente cuando el país más necesita proteger sus reservas hídricas.

La prevención de incendios depende igualmente de comportamientos responsables. No hacer fogatas, no quemar residuos, no abandonar colillas de cigarrillo ni botellas de vidrio en zonas verdes puede evitar tragedias ambientales de enormes proporciones.

Y aquí aparece nuevamente la bicicleta. Cada recorrido realizado sobre dos ruedas representa menos emisiones contaminantes, menos consumo de combustibles fósiles, menos congestión y mejor salud para quien pedalea. En momentos en que el planeta reclama acciones concretas, cambiar algunos viajes diarios del automóvil por la bicicleta deja de ser únicamente una decisión de movilidad para convertirse en un acto de responsabilidad ambiental.

Ella no resolverá el cambio climático por sí sola, pero millones de pequeños recorridos sí pueden cambiar la dirección hacia la cual avanza una ciudad.

Finalmente, no debemos olvidar el cuidado personal. Las altas temperaturas obligan a mantener una hidratación permanente, utilizar protector solar, sombreros o gorras y evitar la exposición prolongada al sol durante las horas de mayor radiación.

El planeta lleva décadas enviándonos señales. Incendios, inundaciones, sequías, tormentas y olas de calor ya no son excepciones; empiezan a convertirse en la nueva normalidad. La pregunta ya no es si el cambio climático llegará. La verdadera pregunta es si nosotros llegaremos a tiempo para cambiar nuestra manera de vivir.

Porque todavía estamos a tiempo de apagar el incendio más peligroso de todos: el de nuestra indiferencia.

La mejor cámara de seguridad sigue siendo un ciudadano atento

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La seguridad no es solo un asunto policial, también es un hábito ciudadano

Hubo una época en la que la puerta de una casa se cerraba simplemente para evitar que entraran el viento, la lluvia o los animales. Hoy esa misma puerta es la primera barrera frente a una delincuencia cada vez más creativa. Las ciudades crecieron, llegaron millones de habitantes, aparecieron nuevas formas de movilidad y de comunicación, pero también se multiplicaron las modalidades delictivas. El robo dejó de ser un hecho aislado para convertirse en una preocupación permanente que acompaña a las personas desde que salen de casa hasta que regresan al finalizar la jornada.

En las grandes ciudades, y particularmente en Bogotá, la sensación de inseguridad forma parte de la conversación diaria. Se habla de carteristas en el transporte público, de raponazos en los semáforos, de robos de bicicletas, de atracos en parques, de vehículos hurtados y de delincuentes que aprovechan cualquier descuido para actuar. No es extraño que muchas familias hayan tenido que invertir millones de pesos en cámaras, alarmas, cercas eléctricas, sensores de movimiento, porterías reforzadas y vigilancia privada para proteger aquello que con tanto esfuerzo han construido.

Sin embargo, existe una realidad que pocas veces se menciona: la tecnología ayuda, pero no reemplaza la prevención. Una cámara registra un delito; difícilmente lo evita. Una alarma avisa que algo ocurrió; no impide necesariamente que ocurra. El mejor sistema de seguridad continúa siendo una comunidad organizada, vecinos que se conocen, porteros respaldados por los residentes y ciudadanos que conservan la capacidad de observar su entorno.

Los delincuentes, como cualquier depredador, buscan oportunidades. Aprovechan las puertas abiertas, las rutinas previsibles, el exceso de confianza y la distracción. Les favorece el residente que permite entrar a un desconocido «porque parece vivir aquí», el conductor que deja un computador sobre el asiento del vehículo, quien camina mirando únicamente la pantalla del celular o quien publica en redes sociales que estará quince días de vacaciones mientras su apartamento queda vacío.

También la ostentación se ha convertido en un factor de riesgo. Vivimos en una sociedad que constantemente nos invita a exhibir lo que tenemos: el reloj de última generación, el teléfono más costoso, las joyas, el automóvil de lujo. Sin embargo, en ciudades donde la inseguridad hace parte del paisaje urbano, la discreción termina siendo una forma inteligente de protección. No se trata de vivir con miedo, sino de comprender que no todo lo que puede mostrarse conviene exhibirlo.

Las propiedades horizontales representan un buen ejemplo de esta responsabilidad compartida. Muchos conjuntos cuentan con modernos sistemas de acceso mediante tarjetas, chips, códigos o reconocimiento biométrico. No obstante, basta que un residente sostenga la puerta para permitir el ingreso de un desconocido para que todo ese sistema pierda eficacia. Es el mismo fenómeno de los «colados» en el transporte público: alguien aprovecha que otro abrió la puerta y entra sin ningún control.

Por eso, una cultura de seguridad comienza con pequeños actos cotidianos. Esperar unos segundos antes de ingresar al edificio para verificar quién viene detrás de nosotros. Permitir que el vigilante haga su trabajo sin presionarlo. Reportar una cerradura averiada, una cámara dañada o una persona que merodea sin una razón evidente. Son acciones sencillas, gratuitas y mucho más eficaces de lo que parecen.

La seguridad nunca será responsabilidad exclusiva de la Policía, de la empresa de vigilancia o de la administración del edificio. Es una construcción colectiva que depende de la disciplina, la solidaridad y el sentido común de quienes comparten un mismo espacio.

Algunas acciones sencillas que reducen el riesgo de robo
Nunca permita el ingreso de personas desconocidas aprovechando que usted abre la puerta del edificio o conjunto.
Espere unos segundos antes de entrar y observe quién viene detrás de usted.
No comparta llaves, chips, tarjetas o códigos de acceso.
Exija que todos los visitantes sean identificados y registrados.
Respete el trabajo del personal de vigilancia y facilite los controles de ingreso.
Mantenga cerradas las puertas de acceso y nunca las deje aseguradas únicamente por confianza.
Reporte inmediatamente cualquier daño en cerraduras, cámaras, portones o sistemas de iluminación.
No divulgue horarios, viajes o apartamentos desocupados.
Evite publicar en redes sociales que toda la familia estará fuera de casa.
No deje bicicletas, herramientas, paquetes u objetos de valor en zonas comunes.
Utilice siempre buenos sistemas de aseguramiento para bicicletas y motocicletas.
Mantenga iluminados parqueaderos, depósitos y corredores.
Antes de ingresar al parqueadero observe si alguien lo sigue.
No deje computadores, bolsos o celulares visibles dentro del vehículo.
Camine atento a su entorno y procure no desplazarse completamente abstraído por el teléfono celular.
Evite exhibir joyas, relojes costosos o grandes sumas de dinero.
Si observa comportamientos sospechosos, informe oportunamente; una denuncia a tiempo puede evitar un delito.
Participe en las reuniones de la copropiedad cuando se discutan temas de seguridad.
Conozca a sus vecinos. Una comunidad que se reconoce detecta con mayor facilidad a quienes no pertenecen al lugar.

Recuerde que ninguna medida elimina completamente el riesgo, pero muchas pequeñas acciones reducen significativamente las oportunidades para el delincuente.

Al final, la mejor inversión en seguridad no siempre es la cámara con mayor resolución ni la alarma más sofisticada. Es la construcción de una cultura ciudadana donde cada persona entiende que sus acciones también protegen a los demás. La prevención cuesta poco; la indiferencia, en cambio, suele salir muy cara.

Y como dice un viejo refrán colombiano, vigente hoy más que nunca: «No hay que dar papaya». No porque el delincuente tenga justificación alguna para robar, sino porque la prudencia sigue siendo una de las herramientas más eficaces para proteger nuestra tranquilidad, nuestro patrimonio y, sobre todo, nuestra vida.

No es la máquina, es quien acelera…

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Las ciudades no tienen un problema de motocicletas, bicicletas eléctricas o patinetas. Tienen un problema de cultura ciudadana. La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la solución. Porque un motor nunca toma decisiones; quien las toma es la persona que gira el acelerador.

Hay inventos que nacen tan bien concebidos que, con el paso del tiempo, terminan dando origen a toda una familia de vehículos. La bicicleta es uno de ellos. De su principio mecánico evolucionaron la motocicleta, las bicicletas eléctricas, las patinetas eléctricas y una larga lista de soluciones de movilidad que hoy ocupan calles y carreteras en todo el planeta.

Cada uno tiene virtudes indiscutibles. Unos ofrecen rapidez, otros reducen el esfuerzo físico, algunos consumen muy poca energía y casi todos permiten desplazarse con mayor facilidad que un automóvil en medio del tráfico urbano. Hasta ahí, todo parece una historia de éxito.

El problema comienza cuando la velocidad supera al sentido común. En las ciudades no son los vehículos los que generan el caos. Son las personas que los conducen convencidas de que la vía es una competencia permanente.

La motocicleta es quizá el ejemplo más evidente. Existe una enorme diferencia entre conducir una modesta 100 centímetros cúbicos y una máquina de más de 1.000 cc. No solo cambia la potencia; cambia también la sensación de dominio que experimenta quien la conduce. Lo que al principio inspira respeto termina, para algunos, convertido en una confianza excesiva.

Entonces aparecen los adelantamientos imposibles, los cambios de carril sin aviso, los zigzags entre automóviles, el acelerador abierto antes de que el semáforo cambie y esa curiosa necesidad de ser el primero en llegar… aunque el siguiente semáforo esté apenas cien metros más adelante. Cuando decenas de motociclistas coinciden en una intersección, la escena recuerda más la salida de un autódromo que un cruce urbano. Ya no importa si la partida sería detenida, lanzada o estilo Le Mans. Aquí la única regla parece ser acelerar más que el vecino.

Las calles dejan de ser espacios compartidos y se transforman en corredores donde un error de segundos puede costar una vida. Y las consecuencias no recaen únicamente sobre quien asume el riesgo. También las padecen conductores, ciclistas, peatones y pasajeros que simplemente tuvieron la mala fortuna de encontrarse en la trayectoria equivocada.

Algunos convierten la motocicleta en un enorme juguete para adultos. Invierten dinero en aumentar la potencia, modificar el escape para que ruja como un reactor y hacer que cada recorrido parezca una clasificación para un campeonato mundial.

Ya no van al trabajo…no transportan una encomienda…no realizan un domicilio… En su imaginación despegan desde un portaaviones rumbo a una misión de combate donde cualquier otro usuario de la vía es un rival al que hay que derrotar. No es la motocicleta la culpable. Es la conducta.

Algo similar ocurre con muchas patinetas eléctricas. Las hay modestas, pensadas para recorridos tranquilos, pero también existen modelos capaces de superar velocidades que hace pocos años parecían impensables para un vehículo de ese tamaño. Lo preocupante no es la tecnología.Es verlas circulando por andenes, parques, ciclorrutas, en contravía y, con demasiada frecuencia, sin casco ni la más mínima protección, existe una peligrosa sensación de invulnerabilidad, como si el conductor llevara una capa invisible, un traje de acero o superpoderes suficientes para desafiar la física. La realidad siempre termina imponiéndose.

Entre el cuerpo humano y el pavimento apenas existen unos pocos centímetros, as’las estadísticas de lesiones graves y muertes no distinguen entre valientes e imprudentes.

Con pinta de moto, potencia 500watts. E-bike

También han aparecido las bicicletas eléctricas de nueva generación. En esencia siguen siendo bicicletas, concebidas para complementar el pedaleo, especialmente en pendientes o recorridos largos. Sin embargo, el mercado ha comenzado a llenarse de modelos que poco tienen de bicicleta y mucho de motocicleta.

No siempre por culpa del fabricante. En muchos casos son distribuidores o importadores quienes modifican sus especificaciones, aumentan la potencia o comercializan vehículos claramente superiores a los límites establecidos para presentarlos como simples bicicletas eléctricas. El resultado es evidente en las calles. Vehículos que conservan pedales únicamente para aparentar una categoría que ya no corresponde con su verdadero desempeño.Son, en la práctica, motocicletas disfrazadas, una historia que recuerda aquellas bicicletas con motores de dos tiempos utilizadas hace años por muchos mensajeros urbanos.

Esto es un bici eléctrica. Potencia de motor adecuada y pinta inconfundible.

Pero el verdadero problema sigue siendo otro. No importa si hablamos de una motocicleta, una bicicleta, una bicicleta eléctrica, una patineta o incluso un automóvil. Todo comienza y termina en el comportamiento ciudadano. Cuando alguien se siente por encima de las normas, de los peatones, de los ciclistas, de los demás conductores o de cualquier principio básico de convivencia, el resultado siempre será el mismo: caos.

Bogotá lo demuestra todos los días. Los motociclistas realizan cursos, presentan exámenes y obtienen una licencia de conducción. Los conductores de otros vehículos también conocen las normas. Entonces la pregunta no es por qué existen las reglas. La verdadera pregunta es por qué tantos deciden ignorarlas apenas giran la llave de encendido.

La respuesta probablemente no está en los códigos de tránsito, está en la cultura ciudadana. En esa idea equivocada de creer que llegar treinta segundos antes vale más que regresar vivo a casa.

Los usuarios de patinetas tampoco deberían olvidar una verdad elemental: ellos mismos son el chasis y la carrocería de su vehículo. No existe una estructura deformable, airbags ni zonas de absorción de impactos. Entre el cuerpo y el asfalto solo hay ropa… cuando la hay. Por eso resulta tan desconcertante ver personas circulando sin casco mientras intentan ganar una carrera que nadie organizó.

Y en esta locura de llegar primero, el tiempo nunca pierde, nosotros sí. Las multas ayudan. Los controles policiales también, pero ninguna sanción reemplaza la responsabilidad individual.

Con frecuencia vemos manifestaciones reclamando más derechos para determinados actores de la movilidad. Mucho menos frecuente es encontrar movilizaciones reclamando más deberes, más respeto y más responsabilidad. Y ahí está el verdadero desafío de nuestras ciudades, el tema no es solo construir únicamente más vías, más ciclorrutas o más puentes, hay que construir mejores ciudadanos.

Cada mañana observo esta realidad desde el manubrio de mi bicicleta. Veo maniobras brillantes y gestos solidarios, pero también escenas que desafían toda lógica. Mientras unos convierten la ciudad en una peligrosa pista de carreras, otros seguimos pedaleando con calma, respetando los semáforos, usando el casco y entendiendo que el mayor triunfo no consiste en llegar primero, consiste, simplemente, en llegar. Ese debería ser el récord que todos intentáramos romper.

Para tener en cuenta…

IndicadorDato¿Qué significa?
Fallecidos en siniestros viales en Bogotá (2024)565 personasLa siniestralidad vial continúa siendo un problema de salud pública.
Participación de motociclistas entre las víctimas fatales47,3 %Casi uno de cada dos fallecidos era motociclista.
Grupo con mayor mortalidadMotociclistasSon el actor vial más vulnerable en términos de fallecimientos.
Segundo grupo más afectadoPeatonesMuchos de los peatones fallecidos fueron atropellados por motocicletas.
Localidades con mayor número de víctimasKennedy, Engativá y SubaCorredores urbanos donde se concentra buena parte del riesgo vial.
Participación de las motocicletas en el parque automotor colombianoMás del 60 %La motocicleta es hoy el vehículo más numeroso del país.
Fallecidos por siniestros viales en Colombia (2024)Más de 8.000 personasLa accidentalidad vial constituye una de las principales causas de muerte violenta.
Promedio diario de motociclistas fallecidos en Colombia14 por díaCada jornada mueren, en promedio, catorce motociclistas en el país.
Reducción de lesiones en corredores intervenidos por gestión de velocidadMás del 45 %Reducir la velocidad salva vidas y disminuye la gravedad de los siniestros.
Conductores que respetan el límite de velocidad en corredores intervenidosCerca del 90 %La infraestructura, el control y la pedagogía sí modifican el comportamiento.
Regulación de bicicletas y patinetas eléctricasLey 2486 y reglamentación en desarrolloColombia avanza hacia normas específicas para la micromovilidad.

Cuando la política y el dinero están de espaldas a las personas

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La destrucción de la familia en las formas que lo estamos haciendo, se pagará en algún momento de la historia que están escribiendo los poderosos, sobre los cuerpos muertos y de los no nacidos de millones de personas. Veremos si su tecnología, sus fortunas de mentiras financieras le alcanzará para seguir adelante, en un mundo distópico que construyen día a día.

Los valores que orientan la vida en sociedad, las metas personales y la forma como entendemos el éxito han cambiado profundamente en las últimas décadas. No es la primera vez que ocurre en la historia, pero quizá pocas épocas han exaltado con tanta intensidad el individualismo como la actual. Expresiones aparentemente inocentes como «sé feliz» o «sé tú mismo» se repiten hasta el cansancio en la publicidad, las redes sociales y los discursos motivacionales. Sin embargo, detrás de ellas se esconde una transformación mucho más profunda: la responsabilidad colectiva parece diluirse mientras el individuo carga, casi en solitario, con el peso de su propio destino.

Zygmunt Bauman no fue un profeta en el sentido estricto; era un extraordinario observador de las consecuencias sociales de la modernidad. Lo interesante es que muchas de sus advertencias fueron escritas antes de que existieran los teléfonos inteligentes, las redes sociales tal como las conocemos hoy o la inteligencia artificial generativa. Sin embargo, describió con precisión un mundo donde todo sería temporal: el empleo, las relaciones, las identidades e incluso las ciudades.

El sociólogo Zygmunt Bauman denominó este fenómeno modernidad líquida: una sociedad donde las relaciones, los empleos e incluso los proyectos de vida pierden estabilidad. Por su parte, Byung-Chul Han sostiene que el ser humano contemporáneo ya no necesita un explotador externo; termina explotándose a sí mismo convencido de que trabaja por su libertad y realización personal.

En las grandes ciudades, la vida cotidiana parece haberse convertido en una interminable sucesión de turnos laborales. Se trabaja para adquirir bienes o, en muchos casos, simplemente para sobrevivir con ingresos insuficientes. El sueño de conformar una familia se posterga una y otra vez hasta que muchas parejas concluyen que las cuentas simplemente no cuadran. Alimentación, vivienda, educación, salud, transporte y recreación representan costos que desbordan la capacidad económica de millones de hogares. Algunos aplazan la decisión; otros renuncian definitivamente a tener hijos.

Esta transformación también se refleja en la vivienda. La casa amplia, con patio, garaje, comedor familiar y espacios para varias generaciones, ha sido reemplazada por apartamentos cada vez más pequeños y costosos. En muchas ciudades latinoamericanas, una vivienda de apenas treinta o cuarenta metros cuadrados representa décadas de endeudamiento. La incertidumbre laboral hace el resto: cuando el empleo es precario, los sueños dejan de ser proyectos para convertirse en riesgos financieros.

Podría pensarse que esta realidad pertenece exclusivamente a los países en desarrollo. Sin embargo, las economías más ricas tampoco escapan al problema. Millones de personas viven sin una vivienda permanente. Algunos duermen en automóviles, caravanas, casas rodantes o campamentos improvisados. Muchos trabajan, tienen ingresos y, aun así, no pueden acceder a una vivienda digna. La pobreza ya no siempre significa desempleo; cada vez con mayor frecuencia significa trabajar y seguir siendo pobre.

Las consecuencias van mucho más allá de la economía. El debilitamiento de la familia y de las redes comunitarias afecta la salud mental, incrementa la sensación de soledad y favorece la aparición de problemas asociados al consumo de alcohol y drogas. Robert Putnam documentó cómo el deterioro de la vida comunitaria reduce el llamado capital social, es decir, la confianza y la cooperación que mantienen cohesionada a una sociedad.

La disminución de la natalidad, observable en buena parte del mundo, también genera efectos estructurales. Menos nacimientos significan menos estudiantes, menor demanda de servicios pediátricos y, con el paso del tiempo, una población envejecida que presiona los sistemas de salud y pensiones. La discusión ya no es únicamente demográfica; es económica, cultural y política.

Mientras tanto, la producción continúa transformándose. La automatización y la robotización sustituyen cada vez más tareas humanas tanto en la industria como en la agricultura. Paralelamente, una parte creciente de la riqueza mundial proviene de movimientos financieros más que de la producción de bienes tangibles. Karl Polanyi advertía que cuando el mercado pretende organizar todos los aspectos de la vida social, las personas terminan subordinadas a la lógica económica, y no al contrario.

Conviene recordar que el dinero, por sí mismo, no produce alimentos, conocimiento ni bienestar. Es un instrumento sustentado en la confianza colectiva. La verdadera riqueza continúa siendo el talento humano: la capacidad de crear, investigar, cuidar, enseñar, innovar y construir comunidad.

«Cuando la tasa de rendimiento del capital supera a la tasa de crecimiento de la economía a largo plazo, el capitalismo produce de forma automática desigualdades insostenibles que amenazan los valores meritocráticos en los que se basan en nuestras sociedades democráticas»

Thomas Piketty ha mostrado cómo la concentración de la riqueza aumenta en muchas economías desarrolladas mientras amplios sectores de la población enfrentan mayores dificultades para acceder a vivienda, educación y oportunidades. Esta contradicción obliga a preguntarse si el crecimiento económico, por sí solo, garantiza una mejor calidad de vida.

Las guerras contemporáneas agravan todavía más este panorama. Ciudades destruidas, millones de desplazados, infraestructura reducida a escombros y generaciones enteras sin perspectivas de futuro recuerdan que el progreso tecnológico no necesariamente va acompañado de progreso humano. La verdadera tragedia no consiste únicamente en morir; consiste en sobrevivir cada día sin esperanza.

Quizá la mayor paradoja de nuestro tiempo sea esta: nunca la humanidad había acumulado tanta riqueza, tanta tecnología y tanto conocimiento, y, sin embargo, millones de personas experimentan una creciente sensación de inseguridad, aislamiento y precariedad.

Las sociedades que sacrifican la cooperación, la familia, la comunidad y la solidaridad en nombre de la rentabilidad terminan debilitando los mismos cimientos que sostienen su desarrollo. La historia demuestra que ninguna civilización puede prosperar indefinidamente cuando olvida que su principal patrimonio no son los mercados ni las finanzas, sino las personas.

Porque, al final, ninguna inteligencia artificial, ningún algoritmo y ninguna fortuna podrán reemplazar aquello que ha permitido sobrevivir a la humanidad durante miles de años: la capacidad de construir vínculos, cuidar de los otros y pensar el futuro como un proyecto compartido.

Pensando en Bauman llega esta frase:
la calidad de una sociedad se mide por la calidad de los vínculos que es capaz de construir.
Quizá la bicicleta, más que un vehículo, siga siendo una de las mejores herramientas para tejer esos vínculos.

Más allá del regalo: lo que realmente entregamos a nuestros niños

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En 1956, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) dispuso el 20 de noviembre como Día Internacional del Niño. Fue entonces cuando recomendó que cada país también instale la celebración, aunque le otorgó a cada nación la posibilidad de elegir el día que considerara conveniente. En Suramérica es en el mes de agosto.

Durante el año, el comercio, los sectores productivos y la economía en general van llenando el calendario de fechas conmemorativas. Se celebra a las madres, los padres, los abuelos, los amigos, las secretarias, los niños, los jóvenes y prácticamente cualquier grupo de la sociedad. Cada nueva celebración llega acompañada de promociones, vitrinas coloridas y campañas publicitarias que invitan a comprar un regalo.

Quizás ninguna fecha representa mejor este fenómeno que la Navidad. Incluso en sociedades donde el cristianismo no tiene una presencia significativa, las calles se llenan de luces, árboles decorados y ofertas comerciales. Poco a poco, el intercambio de obsequios ha ido desplazando, para muchas personas, el sentido original de la celebración.

Ahora se acerca otra temporada de regalos muy esperada en buena parte de América Latina: el Mes del Niño. Los almacenes ya exhiben juguetes de todos los tamaños y precios, mientras los fabricantes y comerciantes esperan uno de los mejores momentos del año para sus ventas. Nada tiene de malo regalar. El problema aparece cuando el regalo se convierte en el objetivo y olvidamos a quien realmente va dirigido.

Más allá del movimiento económico, esta fecha debería invitarnos a reflexionar sobre el amor, el cuidado y la formación de nuestros niños y niñas. Educar no consiste únicamente en rodearlos de objetos o conocimientos académicos. Significa ofrecerles ambientes sanos, seguros y estimulantes, donde crezcan física, emocional, intelectual y socialmente. Significa acompañarlos para que descubran sus talentos, desarrollen su creatividad y construyan una personalidad segura, sin imponerles expectativas imposibles.

En ese contexto, los regalos dejan de ser simples objetos para convertirse en herramientas que pueden aportar a su desarrollo… o convertirse en un obstáculo.

No se trata de satanizar la tecnología ni los videojuegos. Muchos de ellos desarrollan habilidades cognitivas, coordinación y capacidad para resolver problemas. Sin embargo, también es cierto que el uso excesivo de pantallas, la exposición permanente a contenidos violentos o la ausencia de límites pueden afectar el descanso, la concentración, las relaciones familiares y el desarrollo emocional de los menores.

La clave, como en casi todo en la vida, está en el equilibrio y el acompañamiento. Ningún dispositivo electrónico debería reemplazar el tiempo compartido con la familia, la conversación, el juego al aire libre o la actividad física.

Por eso siguen teniendo un enorme valor los regalos que despiertan la imaginación y la creatividad: un instrumento musical, materiales para pintar, juegos de construcción, rompecabezas, libros cuidadosamente seleccionados o experiencias que permitan descubrir el mundo. Leer continúa siendo una de las mejores maneras de formar pensamiento crítico, enriquecer el lenguaje y estimular la imaginación. Claro está, como sucede con cualquier contenido dirigido a la infancia, también es responsabilidad de los adultos conocer qué están leyendo sus hijos y conversar con ellos sobre esas historias.

Y si existe un regalo que reúne diversión, aprendizaje, independencia y salud, ese es la bicicleta.

Una bicicleta no solo transporta; también educa. Enseña equilibrio, coordinación, paciencia, disciplina y autonomía. Además, invita a salir de casa, a descubrir el barrio, a respirar aire libre y a comprender que el movimiento forma parte natural de la vida.

A diferencia de otros medios de recreación pasiva, la bicicleta tiene una característica maravillosa: si el niño quiere avanzar más rápido, deberá esforzarse un poco más. Cada metro recorrido es fruto de su propio trabajo. No existen atajos ni botones mágicos. Solo el pedaleo y la satisfacción de lograrlo.

Pero regalar una bicicleta también implica asumir una responsabilidad. Los niños que comienzan a montar necesitan mucho más que un casco nuevo. Necesitan un adulto que los acompañe, que les enseñe a respetar las señales de tránsito, a entender que la bicicleta es un vehículo, a convivir con peatones y automóviles, y a comprender que la diversión nunca debe reemplazar la prudencia.

Las mejores lecciones de ciclismo rara vez se aprenden en un manual. Se aprenden siguiendo la rueda de un padre, una madre, un abuelo, un tío o un padrino. Son esos recorridos compartidos los que forman no solo buenos ciclistas, sino también ciudadanos responsables. Afortunadamente, cada vez son más los colegios y comunidades que promueven el uso cotidiano de la bicicleta como medio de transporte, sembrando desde temprano una cultura de movilidad sostenible.

El comercio seguirá llenando las vitrinas y buscando nuevas maneras de atraer compradores. Es parte de la dinámica de cualquier economía. Pero detrás de cada regalo siempre existe una decisión mucho más importante que el precio o la marca.

Cada obsequio comunica un mensaje. Puede decirle a un niño que el entretenimiento consiste únicamente en consumir. O puede abrirle la puerta a la curiosidad, al conocimiento, al deporte, a la creatividad y a una vida más saludable.

Los juguetes terminan guardados en un cajón. Muchos acabarán en la basura cuando pase la novedad. En cambio, los regalos que despiertan valores, habilidades, recuerdos y experiencias suelen acompañar a las personas durante toda la vida.

Tal vez esa sea la verdadera celebración del Mes del Niño: no preguntarnos qué comprar, sino qué futuro queremos ayudar a construir. Porque los mejores regalos no son siempre los más costosos; son aquellos que, muchos años después, todavía siguen pedaleando en la memoria y en las acciones del día a día.

«Cada obsequio comunica un mensaje.»

La vida sobre dos ruedas

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Con el paso de los años comprendemos que el esfuerzo, la dedicación, el aprendizaje permanente y el cuidado del cuerpo y de las emociones son el verdadero combustible para seguir pedaleando.

Cuando llegan los años y tienes tiempo para mirar hacia atrás, descubres que todo pasó demasiado rápido. Los afanes fueron más numerosos que los triunfos, las preocupaciones más frecuentes que las celebraciones. Pero también entiendes que el mayor logro no fue acumular bienes ni reconocimientos, sino llegar a ser un adulto mayor con los asuntos esenciales resueltos, con la esperanza de conservar la salud y la tranquilidad, sin quedarse detenido en la nostalgia pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si comparamos la vida con una bicicleta, lo primero fue aprender a montarla. Casi siempre alguien nos sostuvo el sillín, corrió a nuestro lado y nos dio ese pequeño impulso que cambió nuestra historia. Desde ese instante entendimos, aunque todavía no lo supiéramos, que nadie construye su vida completamente solo. Siempre necesitaremos una mano amiga, y con el paso de los años también seremos esa mano para alguien más.

La primera bicicleta, como la vida misma, no la escogimos. Simplemente la recibimos. Después aprendimos a hacerla nuestra. Ajustamos el sillín, acomodamos el manubrio, buscamos que todo funcionara mejor para nosotros. Aunque, en realidad, no era la bicicleta la que hacía posible el viaje, sino nuestro talento, la disciplina, la paciencia y las ganas de seguir adelante.

Así comenzamos a recorrer valles, montañas, calles, ciudades, campos, oficinas, fábricas y despachos. Kilómetro tras kilómetro descubrimos que siempre había algo por mejorar. Un poco de pintura, un manubrio diferente, mejores frenos, unas llantas nuevas o unos rines más bonitos. Cambiaban las piezas, pero la bicicleta seguía siendo la misma, llevándonos por los caminos de la vida.

Y, casi sin darnos cuenta, apareció alguien rodando por la misma ruta. Al principio fue una conversación compartida durante el recorrido. Después llegaron las salidas de fin de semana, los descansos bajo un árbol, las fotografías con las bicicletas apoyadas una junto a la otra y los proyectos que empezaron a escribirse en plural. Entonces comprendimos que ya no bastaba una sola bicicleta.

Había que conseguir otra para esa compañera de ruta que decidió recorrer la vida a nuestro lado. Más adelante llegarían bicicletas más pequeñas, cascos de colores, rodillas raspadas y las interminables tardes enseñando a los hijos a mantener el equilibrio. Algún día serían los nietos quienes tomarían el relevo. Sin darnos cuenta, repetíamos el mismo gesto de quien alguna vez corrió detrás de nosotros sosteniendo el sillín para evitar la caída. La vida cerraba así uno de sus círculos más hermosos.

Todos aprendimos a pedalear gracias a alguien. La verdadera felicidad consiste en que, antes de terminar la ruta, también hayamos podido correr al lado de otra bicicleta, sosteniendo el sillín hasta que descubriera su propio equilibrio.

También aprendimos a detenernos a tiempo. Otras veces nos dimos un buen porrazo, porque había lecciones que solo podían aprenderse cayendo. Hubo metas alcanzadas a punta de esfuerzo, entrenamiento y perseverancia, poniendo a prueba tanto el cuerpo como la máquina.

La ruta también tuvo días generosos. Descensos suaves, viento a favor y paisajes capaces de borrar cualquier cansancio. Pero no faltaron los largos falsos planos, las subidas interminables, la lluvia inesperada, el frío que cala los huesos y esas jornadas en las que parecía que el viento siempre soplaba en contra.

Como ocurre con toda buena ruta, hubo momentos en los que fue necesario cambiar de dirección. Apretar con fuerza el manubrio, detenerse a pensar, observar las alternativas y tomar decisiones que modificaron el recorrido. Porque la bicicleta continúa siendo la misma, pero quien realmente cambia somos nosotros.

Con el paso de los años comprendemos que el esfuerzo, la dedicación, el aprendizaje permanente y el cuidado del cuerpo y de las emociones son el verdadero combustible para seguir pedaleando.

También vimos a otros querer ganar cualquier carrera. Algunos buscaron atajos, recurrieron a sustancias prohibidas o confundieron el éxito con la velocidad. Muchos terminaron arrinconados por sus propias decisiones, avergonzados y fuera de la gran competencia que realmente importa: la de vivir con dignidad.

La prudencia, la constancia y la capacidad de entender la ruta terminan siendo mejores compañeras que la prisa. En el camino aparecen muchos ciclistas. Algunos apenas cruzan un saludo; otros se quedan para siempre. Compartimos historias, remedios caseros para aliviar los dolores, una caramañola cuando la sed aprieta y no hay dónde conseguir agua, consejos sobre cómo mantener la bicicleta en buen estado y conversaciones que terminan siendo tan valiosas como cualquier destino.

Y un día llegan los años.

Entonces ya no existe la necesidad de correr tanto. Hasta la bicicleta cambia. Preferimos la seguridad antes que la velocidad, unas buenas luces para ver y ser vistos, frenos confiables y llantas capaces de enfrentar cualquier camino. Pero, por encima de todo, buscamos seguir compartiendo la ruta con esa persona que un día encontramos pedaleando en la misma dirección y decidió quedarse para siempre. Ver rodar a los hijos, y más adelante a los nietos, termina siendo una de las mayores recompensas del viaje.

Porque al final entendemos que la verdadera riqueza nunca fue la bicicleta. Fueron las personas con quienes compartimos el camino.

Llegará el día en que ya no necesitaremos seguir pedaleando. Seguramente extrañaremos el viento en la cara, el sonido de la cadena bien lubricada, el amanecer de una nueva ruta y la alegría sencilla de volver a casa después de un buen recorrido.

No tenemos noticias ciertas sobre lo que existe después de la última curva. Pero me gusta imaginar que, en ese nuevo destino, habrá caminos tranquilos, árboles dando sombra, amigos esperando para conversar y bicicletas listas para seguir rodando.

Y en la eternidad ojalá también tenga ciclovías, paisajes infinitos y el privilegio de volver a pedalear junto a quienes hicieron de nuestra ruta una vida que verdaderamente valió la pena.

El abuelo que nos enseñó a montar bicicleta

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Celebrando a los abuelos y los adultos mayores, por lo menos en Suramérica.

Hay un día del año que no ha sido conquistado por las vitrinas, las promociones de «compre dos y lleve tres» ni por los descuentos de temporada. Es el Día de los Abuelos. Quizás porque el cariño no cabe en una bolsa de regalo y los recuerdos no se venden en centros comerciales.

La celebración sigue teniendo un aire familiar. Vive en los colegios, donde aparecen cartas escritas con letras temblorosas y dibujos llenos de colores; en las parroquias católicas, donde se recuerda a Santa Ana y San Joaquín, los padres de María y abuelos de Jesús; y, sobre todo, en las casas donde todavía existe el privilegio de compartir varias generaciones alrededor de una mesa.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. La disminución de la natalidad hace que cada vez haya menos nietos y, con ellos, menos oportunidades para que los abuelos transmitan esos pequeños conocimientos que jamás aparecen en un tutorial de internet. Uno de ellos es enseñar a montar bicicleta.

Todo comienza con ese pequeño caminador en forma de bicicleta, sin pedales, donde el equilibrio se descubre casi sin darse cuenta. Después llegan las rodachinas, que tranquilizan más a los padres que a los niños. Y ojalá duren poco, porque el verdadero aprendizaje empieza cuando desaparecen y el pequeño comprende que mantener el equilibrio depende únicamente de él.

Es entonces cuando aparece el abuelo.

Con una paciencia que solo dan los años, sostiene el sillín con una mano mientras el nieto cree que ya va solo. Corre unos metros detrás de él, aunque las rodillas ya no sean las mismas. Da instrucciones sencillas: mirar hacia adelante, sujetar firme el manubrio, frenar con suavidad, respetar el semáforo y nunca olvidar que la bicicleta también es un vehículo.

Mucho antes de que existieran los videos en redes sociales, los abuelos ya enseñaban conducción defensiva.

«Tal vez ese sea el verdadero legado de quienes enseñan a montar bicicleta: no solo entregar el equilibrio sobre dos ruedas, sino transmitir una manera de recorrer la vida.»

También enseñan a despinchar una llanta, limpiar la cadena, lubricarla, ajustar un freno o inflar correctamente las llantas. Son mecánicos improvisados, instructores de movilidad y, de paso, narradores de historias que aparecen mientras las manos se llenan de grasa.

Claro que llega el día en que el nieto descubre que la bicicleta también sirve para hacer piruetas. Levantar la rueda delantera, brincar un andén o intentar alguna maniobra que vio en internet.

El abuelo respira profundo.

Le recuerda que la bicicleta no es un juguete cualquiera, que el asfalto nunca ha sido blando y que las leyes de la física no se pueden convencer con entusiasmo. Pero también entiende que aprender implica caer.

Y cuando la caída llega —porque siempre llega— aparece el ritual que ha acompañado a generaciones enteras: un poco de antiséptico, una curita, un abrazo, unas palabras de ánimo y esa frase inmortal que casi todos hemos escuchado alguna vez:

—Vea… no fue nada. Súbase otra vez.

Porque el verdadero aprendizaje no consiste en evitar todas las caídas, sino en perderles el miedo.

Si el golpe resulta más serio, el abuelo deja de ser profesor y se convierte en el primero que toma de la mano al nieto para llevarlo al servicio médico. Después avisará a los padres. Primero resuelve la emergencia; así ha funcionado siempre.

Con los años ocurre algo inevitable. El abuelo ya no puede correr detrás del sillín. Las piernas reclaman descanso, la bicicleta permanece más tiempo colgada en el garaje y aquellos bebés que aprendieron a montar ahora son adolescentes que salen con sus amigos.

La vida sigue pedaleando.

Sin embargo, algo permanece.

Cada vez que esos nietos ajusten un casco, revisen los frenos antes de salir o esperen el cambio del semáforo, seguramente aparecerá, aunque sea por un instante, la voz del abuelo diciéndoles cómo hacerlo mejor.

Tal vez ese sea el verdadero legado de quienes enseñan a montar bicicleta: no solo entregar el equilibrio sobre dos ruedas, sino transmitir una manera de recorrer la vida.

Y cuando llega el momento de despedirlos, porque el tiempo nunca deja de avanzar, cuesta creer que desaparezcan del todo. Es más fácil imaginar que siguen rodando por algún lugar.

Quizás exista una inmensa ciclorruta entre las nubes, con árboles siempre verdes, sin huecos, sin trancones, sin conductores impacientes y con el viento siempre a favor. Seguramente allí también habrá bicicletas esperando a quienes hicieron de la paciencia una forma de amar.

¿Y los condenados?

Bueno… probablemente descubrirán demasiado tarde que el peor castigo no consiste en pedalear cuesta arriba para siempre. El verdadero infierno será comprender que ya no tienen un nieto esperándolos para aprender a montar bicicleta.

Mientras tanto, aquí abajo, sigamos celebrando este día como merece ser celebrado: sin que el mercadeo lo convierta en una fecha de consumo. Que siga viviendo en los dibujos hechos a mano, en las eucaristías dedicadas a los mayores, en los abrazos de domingo y en esos paseos al parque donde tres generaciones comparten el mismo sendero.

Porque pocas escenas son tan esperanzadoras como ver a un abuelo caminando junto a un niño que acaba de descubrir el milagro del equilibrio.

Y pocas herencias duran tanto como esa primera bicicleta que alguien nos enseñó a conducir.

Feliz Día de los Abuelos. Y gracias a todos los que, alguna vez, corrieron detrás de nosotros hasta que, sin darnos cuenta, aprendimos a seguir solos.

A pedal y coraje: La subida al árbol solitario

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Lo que queda de un bosque alto andino, ante el crecimiento de la ciudad de Bogotá y sus municipios cercanos.

Autor y protagonista de la historia: Andrés Felipe Berrocal Pava.

El aire helado que se siente en el Occidente de la Sabana corta en la cara con solo salir de la casa. En horas de la mañana, el frío empaña las gafas oscuras y congela unas manos sin guantes que sostienen con fuerza un manubrio que no dispone de frenos, mientras una neblina espesa se parte en dos para mostrar un camino hacia el alto de Mondoñedo, el más cercano que tiene el municipio de Mosquera.

Los primeros pedalazos son un intento de calentar el cuerpo frente al desafío que representa el inicio del ascenso. En el primer kilómetro de la subida, es evidente ver cómo la carretera se convierte en un territorio hostil donde la bicicleta es el eslabón más débil entre los gigantescos motores que transitan habitualmente. Camiones repletos de piedra, extraída de las canteras cercanas, pasan rozando a centímetros de distancia, levantando ráfagas de aire y arena que hacen temblar la bicicleta, mientras entorpecen la visión.

Poco a poco, el paisaje se va haciendo más rural. Los colores verde y arena en el fondo de la montaña contrastan con un solitario árbol ubicado en la cima del alto, que representa un norte para todo ciclista que se embarca en este reto.

Mientras las motos y los carros serpentean a toda velocidad, grupos de ciclistas suben con la misma persistencia que las bandadas de aves, organizándose de forma compacta para reducir la resistencia al viento. Si bien muchas aves se mueven en grupos, existen otras que vuelan de manera solitaria.

Así como la evolución dota a las diferentes especies para facilitar tareas que antes se veían imposibles, muchos ciclistas adaptan sus vehículos para enfrentar el ascenso, donde regularmente se prioriza el poco peso, la aerodinámica y el uso de las velocidades que se alternan para coronar la cima. No obstante, así como en la naturaleza, la carencia de estas adaptaciones obliga a ciertas especies a compensar con otras capacidades para competir en igualdad de condiciones.

El verdadero desafío se da cuando el sofoco no viene del esfuerzo físico, sino del pulso que se acelera al ver el último tramo de la cima. El tiempo permanece inmóvil y solo quedan los más persistentes, el ruido del corazón se agudiza y el ritmo se vuelve frenético mientras la competencia imaginaria define un ganador al cruzar una meta invisible.

Al coronar el alto, el cuerpo suelta toda la presión acumulada y las piernas descansan; el rival pasa a ser un compañero más con el que el cansancio importa menos que la satisfacción de llegar a salvo a disfrutar de la vista junto al mismo árbol que marcó el rumbo desde la base del trayecto.

Desde allí arriba, la Sabana parece detener el tiempo. La neblina se abre por instantes y deja ver los municipios, las carreteras y el incesante desfile de vehículos que, desde abajo, parecían dueños del camino. Es entonces cuando uno comprende que la verdadera conquista nunca fue vencer la pendiente ni llegar primero. Fue haber salido de casa antes del amanecer, desafiar el frío, compartir la carretera con respeto y descubrir que cada pedalazo tiene sentido.

Porque las montañas enseñan una lección que las ciudades suelen olvidar: nadie asciende completamente solo. Un saludo entre desconocidos, una voz que anima desde atrás, una botella de agua compartida o un simple “ya falta poco” pueden pesar mucho menos que una bicicleta, pero empujan mucho más que cualquier desarrollo mecánico.

Al final, el descenso será inevitable y el regreso también. Volverán el tráfico, los semáforos, el ruido y la rutina. Sin embargo, quien alguna vez coronó un alto entiende que la bicicleta nunca fue únicamente un medio para desplazarse. Es una escuela silenciosa de paciencia, humildad, voluntad y perseverancia. Enseña que el camino siempre recompensa a quien respeta su propio ritmo y que las metas más importantes no tienen una cinta de llegada.

Quizás por ello miles de personas vuelven una y otra vez a buscar esa montaña. No para demostrar que son más fuertes que los demás, sino para recordarse que todavía son capaces de vencer sus propios miedos. Porque, al fin y al cabo, la bicicleta no cambia la pendiente, ni el viento, ni el frío. Cambia a quien decide enfrentarlos. Y esa es, tal vez, la victoria más grande que puede ofrecer un par de ruedas.

La Protagonista de muchos kilómetros por la Sabana de Bogotá. Desafortunadamente se perdió para siempre después de sufrir un atraco, por fortuna no sufrí lesiones terribles, aunque si me patearon e insultaron. Quizás esté completa, o estará rodando sus piezas en otros marcos. Y si, de entrada el error de no haberla registrado en el Registro Bici- Bogotá. https://registrobicibogota.movilidadbogota.gov.co/#!/

Ante la música, colores… y cuidado con el DJ del imperio digital

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La música siempre nos acompaña, pero, ¿realmente qué es además de un sistema matemático?

Existe un dicho tan viejo como sabio: «Ante la música, colores». Cada quien tiene la banda sonora de su vida. Hay quien madruga con Bach, trabaja con jazz, pedalea escuchando rock, cocina con salsa y termina el día con un vallenato. Otros prefieren el reguetón, el hip-hop o la música electrónica. Y todos tienen derecho. El problema comienza cuando creemos que esa elección es completamente nuestra.

La música, como la bicicleta, parece un ejercicio absoluto de libertad. Usted decide qué escuchar y por dónde rodar. Pero basta mirar con atención para descubrir que, detrás de esa aparente espontaneidad, existen poderosas industrias, algoritmos, intereses comerciales y hasta proyectos políticos que intentan orientar nuestras decisiones.

Porque la música no nació ayer ni de un productor con computador portátil. Es una de las creaciones más sofisticadas de la humanidad. Detrás de una melodía hay matemáticas puras: frecuencias, proporciones, ritmos y armonías que obedecen leyes físicas tan exactas como las que permiten construir un puente o lanzar un satélite al espacio. Sin embargo, esos números se convierten en algo mucho más poderoso cuando llegan al cerebro humano. Allí aparecen la memoria, la nostalgia, la alegría, la rebeldía o el amor.

Y justamente porque la música mueve emociones, también mueve sociedades. Los grandes imperios lo entendieron mucho antes que Spotify. Durante la conquista de América llegaron soldados, sacerdotes… y canciones. La evangelización también se hizo cantando. Más tarde, Europa exportó sus conservatorios como símbolo de civilización.

En el siglo XX, Estados Unidos descubrió que un saxofón, una guitarra eléctrica o una estrella del pop podían conquistar más corazones que muchos discursos diplomáticos. Era el famoso soft power: conquistar sin invadir.

Hoy ya no hacen falta barcos ni ejércitos. Bastan un teléfono celular y unos audífonos. Las plataformas digitales conocen nuestros gustos con una precisión inquietante. Nos sugieren la siguiente canción, el siguiente artista y el siguiente éxito mundial. Poco a poco construyen una especie de autopista musical por donde millones de personas avanzan convencidas de que están explorando libremente, cuando en realidad siguen un recorrido cuidadosamente diseñado.

¿Les suena conocido? Algo parecido ocurre en nuestras ciudades. Cuando una administración elimina ciclorrutas o privilegia exclusivamente al automóvil, no prohíbe montar en bicicleta. Simplemente hace que cada vez menos personas quieran hacerlo. La libertad permanece… pero las condiciones cambian.

Con la música sucede igual. Nadie prohíbe escuchar un bambuco, una guabina, un pasillo, un currulao, un joropo o una buena orquesta sinfónica. Simplemente ocupan cada vez menos espacio en las grandes vitrinas culturales mientras un puñado de ritmos, respaldados por enormes presupuestos de mercadeo, domina las listas globales.

Y entonces aparece la vieja discusión. Unos afirman que la música de antes era mejor. Otros responden que los géneros urbanos representan la verdadera voz de las nuevas generaciones. Ambos tienen parte de razón… y ambos se equivocan cuando creen poseer la verdad absoluta.

La historia demuestra que casi toda música popular fue despreciada en sus comienzos. El tango escandalizó a las élites. El jazz fue considerado vulgar. El rock era «ruido». La salsa nació en barrios de inmigrantes. El hip-hop fue tratado como delincuencia rimada. Hoy muchos de esos géneros forman parte del patrimonio cultural de la humanidad.

Eso sí, una cosa es aceptar la evolución de la música y otra muy distinta renunciar a la curiosidad. Si el algoritmo siempre nos sirve el mismo menú sonoro, terminaremos creyendo que el mundo cabe en veinte canciones. Sería tan absurdo como construir una ciudad con diez carriles para automóviles y un solo metro de andén para los peatones.

La cultura, igual que la movilidad, necesita diversidad para mantenerse viva. Necesita obras complejas y canciones sencillas; grandes orquestas y músicos callejeros; tradición e innovación; silencio y ruido.

Por eso, quizás el verdadero acto de rebeldía contemporánea no sea escuchar lo que todos oyen, sino salir de la ruta recomendada. Buscar un compositor olvidado, descubrir un grupo local, volver a un disco que no aparece entre las tendencias o darle una oportunidad a una música que exige un poco más de tiempo, de atención y de oído.

Porque, al final, ante la música, colores. Entre gustos no hay disgustos. Lo que sí debería incomodarnos es que alguien —un imperio, una industria o un algoritmo— termine escogiendo por nosotros la banda sonora de nuestra propia vida. Y eso, como cualquier ciclista urbano sabe, siempre es mejor decidirlo con las manos firmes sobre el manubrio.

Así que escuche lo que quiera: Mozart o Metallica, Totó la Momposina o Miles Davis, un bambuco, una cumbia, un bolero o un rap de esquina. Pero hágalo con un pequeño acto de rebeldía: elija usted la banda sonora de su vida y no permita que ningún algoritmo, ninguna moda ni ningún imperio desafine esa decisión.

Eso si, que el volumen no moleste a su vecino, porque ahí su música se vuelve ruido insoportable y molesto.

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