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Una movilidad práctica, económica, útil, pero un arma letal en las vías urbanas

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La pesadilla diaria en las vías de Bogotá

Una máquina que ha evolucionado de forma dramática con los años, haciéndola más rápida, económica, eficiente y con diseños cada vez más estilizados y aerodinámicos. El sonido de su motor invita a vivir o recordar emociones asociadas con la velocidad, la libertad y la potencia. Para muchos conductores resulta fascinante; para buena parte de los ciudadanos, en especial peatones y residentes urbanos, termina siendo una fuente permanente de ruido y estrés.

Por su costo relativamente asequible, la motocicleta se convirtió en la solución de transporte individual más común en muchas ciudades colombianas. El mercado de motos en Colombia mantiene un crecimiento sostenido y ya representa más del 60 % del parque automotor nacional. Cada año ingresan cientos de miles de motocicletas nuevas al país, impulsadas por la necesidad de movilidad, trabajo y bajos costos frente al automóvil.

Hasta ahí el fenómeno parece positivo. Sin embargo, el problema aparece cuando el crecimiento del número de motos no va acompañado de educación vial, control efectivo y cultura ciudadana. En las vías urbanas, muchas motocicletas se convierten en una amenaza constante para peatones, ciclistas y conductores de otros vehículos. También representan un alto riesgo para sus propios usuarios, quienes son hoy las principales víctimas de la siniestralidad vial en Colombia.

Las cifras son alarmantes. Según datos de la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV), en 2024 murieron más de 5.000 motociclistas en siniestros viales en Colombia. En algunos periodos recientes, los motociclistas representaron entre el 62 % y el 64 % de todas las víctimas fatales de tránsito del país. Además, si se suman peatones y ciclistas involucrados en choques con motos, estos vehículos aparecen relacionados con cerca del 73 % de las muertes viales registradas.

El costo humano y económico es gigantesco. Los accidentes en motocicleta saturan hospitales y servicios de urgencias, generan incapacidades permanentes, afectan familias enteras y representan miles de millones de pesos en atención médica y gastos del sistema de salud. Incluso se estima que el Estado debe cubrir enormes costos derivados de motocicletas que circulan sin SOAT o con seguros vencidos.

Cada vez son más en vías atestadas

En ciudades como Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla, la sensación cotidiana es que muchas vías funcionan como pistas de carreras improvisadas. Exceso de velocidad, zigzagueo entre vehículos, invasión de andenes y ciclorrutas, giros prohibidos, cruces en semáforo rojo y circulación en contravía son escenas diarias. El ruido de escapes modificados convierte barrios enteros en escenarios de contaminación auditiva permanente, especialmente en noches y madrugadas.

El problema también tiene un componente cultural. Para algunos motociclistas, la potencia y el ruido del motor terminan asociados con prestigio o superioridad en la vía. Ya no basta una moto utilitaria de bajo cilindraje; el mercado impulsa modelos cada vez más potentes y veloces, aun cuando las calles urbanas colombianas no tienen condiciones adecuadas para ese tipo de conducción. La historia parece repetirse: más velocidad, más imprudencia y más accidentes.

Muchas personas llegan al motociclismo pensando que “si ya montaban bicicleta, manejar moto será sencillo”. Pero conducir una motocicleta exige habilidades, responsabilidad y formación que con frecuencia se subestiman. La situación empeora cuando estos vehículos se transforman en plataformas improvisadas de carga o transporte informal de pasajeros.

También existe una percepción creciente de descontrol frente a motocicletas sin placas visibles, alteradas o en condiciones mecánicas precarias. Aunque el país cuenta con sistemas como el Registro Único Nacional de Tránsito (RUNT), la ciudadanía percibe poca capacidad de control frente a motos modificadas, sin identificación clara o involucradas constantemente en infracciones. Esto aumenta la sensación de impunidad y desorden vial.

Motos modificadas y sin placas, ¿dónde está la autoridad?

En las zonas rurales la motocicleta reemplazó hace años a caballos, mulas y bicicletas como principal medio de transporte. Allí el problema de seguridad es aún más grave: muchas personas conducen sin casco certificado, sin elementos reflectivos y sin ninguna protección mínima. En numerosos municipios es común ver familias completas movilizándose en una sola moto, incluso en carreteras destapadas o de alto riesgo.

Por eso, medidas como el Pico y Placa para motocicletas generan un debate complejo. Algunos creen que pueden aliviar la congestión, pero otros advierten que podrían producir el efecto contrario: más compra de motos por hogar, tal como ocurrió en su momento con los automóviles. Si no existe una política integral de movilidad y seguridad vial, las restricciones pueden terminar ampliando el problema en vez de resolverlo.

Y las consecuencias seguirán creciendo. Más motos implican más congestión, más accidentalidad, más costos hospitalarios, más presión sobre el SOAT y mayores gastos públicos en atención de víctimas. Mientras tanto, el mercado continúa expandiéndose con créditos fáciles, promociones agresivas y financiación accesible.

En el fondo, el problema no es únicamente la motocicleta, sino el comportamiento de una parte importante de sus usuarios. La falta de respeto por las normas, la escasa educación vial y la normalización de conductas peligrosas convierten las calles en espacios cada vez más hostiles. El motociclista imprudente no solo pone en riesgo su vida: también expone a peatones, ciclistas y demás conductores.

Mientras no exista una regulación más estricta, controles permanentes y sanciones efectivas contra la conducción peligrosa, manejar en ciudades como Bogotá seguirá siendo una experiencia agotadora y riesgosa. Si el número de motocicletas continúa creciendo sin planificación ni cultura vial, muchos ciudadanos terminarán abandonando el automóvil y refugiándose en el transporte público, la bicicleta o simplemente resignándose al caos cotidiano de las vías colombianas.

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