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El ciclista bogotano: ese ser mitológico que no conoce semáforos, leyes ni responsabilidades

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Ciudad de ciclistas, pero hay que ver lo que se vive cada día en un transito demencial

Una amiga me recordó en un WhatsApp el drama de transitar por Bogotá, ciudad que tiene algo más 9 millones de habitantes, 14.588 kilómetros-carril de malla vial urbana y rural, 677 de kilómetros de ciclorrutas y una cantidad indeterminada de ciclistas. Decimos «indeterminada» porque algunos aparecen súbitamente por la izquierda, otros emergen desde un andén, unos cuantos descienden de una ciclorruta en contravía y no faltan los que parecen materializarse espontáneamente en medio de una intersección, desafiando las leyes de la física, el sentido común y el Código Nacional de Tránsito.

Y en el reclamo caí en cuenta que el ciclista bogotano es una criatura fascinante. Durante años luchó por el reconocimiento de sus derechos en una ciudad dominada por los automotores de todo orden. Exigió respeto, infraestructura segura, educación vial y protección. Y cuando logró buena parte de ello, decidió emprender una nueva cruzada: incumplir exactamente las mismas normas cuyo respeto reclamaba.

Para muchos ciudadanos, el semáforo en rojo es una orden. Para ciertos ciclistas es una sugerencia filosófica. Una invitación a reflexionar sobre la naturaleza de la autoridad y la relatividad del tiempo. ¿Por qué esperar treinta segundos si existe un pequeño espacio entre dos buses articulados que permite atravesar la avenida con la elegancia de un venado perseguido por cazadores?

La ciclorruta, por su parte, es una obra maestra de la ingeniería urbana. Construida para brindar seguridad, comodidad y orden. Sin embargo, algunos ciclistas la consideran un elemento decorativo. Una especie de monumento lineal que merece ser admirado desde la calzada vehicular, donde el riesgo es mayor y la adrenalina más estimulante.

Foto de Gustavo Torrijos. El Espectador.

En los últimos años apareció una subespecie particularmente ruidosa: la bicicleta con motor a gasolina. Técnicamente sigue siendo una bicicleta. Filosóficamente es una motocicleta tímida. Avanza dejando una estela aromática de combustible quemado, ocupa la ciclorruta cuando conviene, la calzada cuando conviene más y, en ocasiones, el andén cuando la física urbana se vuelve incómoda.

Los repartidores que las conducen viven bajo una presión real de tiempo y entregas, pero algunos parecen haber concluido que la mejor estrategia es convertirse en proyectiles motorizados de baja cilindrada. El timbre fue reemplazado por el rugido del motor y el concepto de «velocidad razonable» quedó archivado junto con los manuales de convivencia ciudadana. Para el peatón desprevenido, escuchar ese zumbido acercándose por la ciclorruta es una experiencia educativa: descubre que existen vehículos que no son motos, no son bicicletas y, sin embargo, pueden sorprenderlo a la velocidad suficiente para hacerle reconsiderar sus decisiones de movilidad.

Luego están los artistas urbanos. Los jóvenes que convierten cualquier avenida, puente o ciclorruta en pista de exhibición acrobática. Levantan la rueda delantera y avanzan únicamente sobre la trasera con una mezcla admirable de equilibrio, audacia y desprecio por el entorno.

El problema no es la habilidad. Muchos de ellos poseen un control impresionante de la bicicleta. El problema es la elección del escenario. Una maniobra que podría practicarse en espacios adecuados termina ejecutándose entre buses, peatones, taxis y ciclistas comunes que solo intentan llegar vivos a su destino.

La escena suele repetirse: un grupo se aproxima, uno de ellos eleva la rueda delantera, los amigos celebran, un peatón se sobresalta, un conductor frena y el artista continúa su recorrido convencido de haber conquistado el Cirque du Soleil versión barrio capitalino.

En cualquier momento de la ciudad puede aparecer este espectáculo gratuito: Avenida Boyacá, carrera Séptima, Avenida Suba, cualquier ciclorruta o un puente peatonal convertido en gradería improvisada. Bogotá es una metrópoli democrática: el circo llega a todos los estratos.

En medio de esa cadena alimenticia del caos, la ciclorruta intenta cumplir su función original: ser un espacio ordenado y seguro. Pero con frecuencia termina convertida en una mezcla de autopista, pista de entrenamiento, corredor de reparto y escenario de exhibición acrobática. Sería injusto atribuir estas conductas únicamente a quienes usan bicicleta. Bogotá posee una curiosa tradición democrática de desobediencia vial. El conductor invade la cebra peatonal, el motociclista convierte cualquier espacio libre en un carril, el peatón cruza donde le parece más conveniente despreciando los puentes peatonales y el ciclista aporta su propio repertorio de improvisaciones.

El resultado es una coreografía caótica donde cada actor denuncia los excesos ajenos mientras justifica los propios. El automovilista se indigna con el ciclista que se pasa el semáforo; el ciclista se indigna con el carro mal estacionado; el peatón se indigna con ambos; y el repartidor motorizado simplemente continúa su ruta porque la aplicación ya marcó retraso. Bogotá, al final, es una gran escuela de supervivencia urbana. Sus habitantes aprenden a esquivar buses, motos, bicicletas, bicicletas con motor, patinetas, peatones distraídos y jóvenes que practican acrobacias como si estuvieran en una competencia internacional patrocinada por la imprudencia.

Al final del día, cuando la ciudad vuelve a congestionarse y las ciclorrutas se llenan de luces parpadeantes, timbres impacientes y frenadas repentinas, queda una certeza: Bogotá es posiblemente la única ciudad donde algunos ciclistas logran sentirse perseguidos por los carros, obstaculizados por los peatones, incomprendidos por otros ciclistas y, aun así, convencidos de que las normas son un problema que afecta exclusivamente a los demás.

Y mientras tanto, el semáforo sigue allí, iluminando la noche con su obstinada luz roja, esperando el día en que alguien descubra que también fue instalado para las patinetas, las bicicletas, las bicicletas con motor y las bicicletas que, por breves instantes, creen ser monociclos de circo. Esa es nuestra realidad y a mi querida lectora la movilidad urbana supera la cordura, el civismo y la lógica de un buen vivir, es el mundo de la arbitrariedad y del primero yo, los demás «de malas».

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