Imaginemos una ciudad, no una ciudad perfecta —porque esas probablemente solo existen en los planos de los urbanistas y en los discursos de los políticos—, sino una ciudad posible. Una ciudad que, por alguna extraña razón, decidió hacer algo que parece revolucionario en pleno siglo XXI: pensar primero en las personas.
Está ubicada en una zona ecuatorial, generosa en lluvias y vegetación. Tiene una población permanente que no supera los 800.000 habitantes y, con visitantes y turistas, puede acercarse al millón. Una ciudad de tamaño razonable, suficientemente grande para tener universidades, centros de investigación, cultura, comercio y turismo, pero no tan grande como para terminar convertida en una gigantesca máquina de producir trancones, ruido, contaminación y estrés.
Aquí las vías fueron diseñadas pensando en la movilidad y no únicamente en los automóviles.
Y hay un detalle que para BiciUrba resulta fundamental: las ciclorrutas están presentes en todas las grandes vías y tienen continuidad. Una para cada sentido de circulación. Ida por un lado, regreso por el otro. Sin improvisaciones, sin convertir al ciclista en un obstáculo para los automotores ni obligarlo a jugarse la vida cada vez que necesita cruzar una avenida.
Las ciclorrutas atraviesan parques lineales, corredores verdes y hermosos paisajes urbanos. Hay árboles, jardines, pequeñas plazas, monumentos y cafeterías cuidadosamente organizadas. El comercio existe, por supuesto, porque una ciudad necesita actividad económica, pero aquí existe algo que parece haberse perdido en muchas ciudades: reglas que se cumplen.
No hay invasión permanente del espacio público. No aparecen de la noche a la mañana estructuras improvisadas, parlantes, avisos estridentes o vendedores ocupando cualquier lugar disponible. El comercio tiene su espacio, está reglamentado y convive con la ciudad sin apropiarse de ella. Porque esta ciudad entendió algo elemental: el espacio público pertenece a todos.

Una ciudad que no quiso convertirse en una selva de concreto
Aquí predominan las casas y las construcciones de escala humana. No es que estén prohibidas las edificaciones altas, pero la ciudad decidió no convertirse en una colección interminable de torres de apartamentos, inmensas superficies de vidrio y gigantescas moles de concreto que terminan modificando el paisaje, la temperatura y hasta la percepción que tenemos del lugar donde vivimos. La arquitectura conversa con la naturaleza.
Los centros comerciales tampoco son simples cajas destinadas a vender cosas. Son lugares de encuentro, cultura, gastronomía y entretenimiento. Tienen jardines, plantas, espacios para conversar, exposiciones, bibliotecas, pequeños escenarios culturales y restaurantes donde comer bien no significa necesariamente escuchar música a todo volumen.
Los colegios tienen espacios verdes. Y las universidades no son solamente fábricas de profesionales, son centros de investigación. Investigan cómo mejorar la vida cotidiana, cómo utilizar mejor el agua, cómo ahorrar energía, cómo producir alimentos, cómo solucionar problemas ambientales y cómo desarrollar tecnologías que puedan ser útiles para las empresas y para la comunidad. Aquí la ciencia aplicada no es un discurso de ceremonia de graduación, es una política de ciudad.
También se puede vivir bien sin hacer ruido
Como toda ciudad, existen restaurantes, cafés, pubs, hoteles y lugares turísticos. Pero hay una diferencia: la tranquilidad también forma parte de la infraestructura urbana.
Nadie siente que tiene derecho a instalar un parlante en la calle para imponerle música a todo el barrio. Los anuncios comerciales no compiten por ser cada vez más estridentes, luminosos o desagradables. Aquí se entendió que el silencio también es un servicio público.
Hay templos y lugares dedicados a la fe. Construcciones hermosas destinadas a la oración, la reflexión y el encuentro comunitario.
Y alrededor de la ciudad existen parques, senderos, escenarios deportivos, caminos para transitar y rutas para montar bicicleta. Hay lugares donde las familias pueden reunirse, donde los amigos pueden compartir un asado y donde los niños pueden jugar sin que un automóvil sea el protagonista permanente del paisaje.
La bicicleta dejó de ser invitada y se convirtió en parte de la ciudad.
Quizá aquí esté una de las mayores diferencias. La bicicleta no es considerada un juguete, una moda ni un elemento decorativo de las políticas públicas, es transporte.
Por eso existen estacionamientos adecuados, estaciones de servicio para bicicletas distribuidas estratégicamente y pequeños puntos de mantenimiento con infladores y herramientas básicas para resolver una pinchadura, ajustar una pieza o continuar el viaje. Y lo más sorprendente es que funcionan. después de muchos años siguen allí. No fueron inauguradas con una placa, una fotografía y un discurso para desaparecer seis meses después, forman parte de la infraestructura permanente de la ciudad.
Y cuando se proyecta una nueva obra pública, la pregunta no es únicamente cuántos automóviles podrá movilizar. También se pregunta: ¿Cuántas personas podrán caminar por aquí? ¿Cuántas podrán llegar en bicicleta? ¿Qué impacto tendrá sobre el paisaje?
En esta ciudad, construir una nueva ciclorruta puede tener incluso mayor prioridad que construir una nueva vía para automóviles. No porque el automóvil esté prohibido, sino porque la ciudad comprendió que mover personas no necesariamente significa mover toneladas de acero. Además tiene un sistema de transporte público eléctrico, que va a todas partes de la ciudad, a precio pasaje razonable. Lo mejor, es el respeto de los usuarios hacia el sistema, tanto al usar las estaciones, el cuidado al interior de los vehículos, el orden y limpieza en los mismos. Y nadie, ni siquiera lo piensa, en colarse y no pagar el servicio.

Agua, energía y residuos: recursos, no basura
El gobierno municipal convirtió el cuidado ambiental en una política permanente y no en una campaña de temporada. Las calles y parques públicos avanzan hacia la iluminación con energía solar. Las aguas residuales son tratadas y reutilizadas. El objetivo es sencillo: que cada litro de agua pueda aprovecharse tantas veces como sea técnicamente posible.
El reciclaje tampoco depende exclusivamente de una campaña publicitaria, se aprende desde la escuela. Los niños conocen la importancia del agua, la energía, el gas, la separación de residuos, el reciclaje y la elaboración de compost. Aprenden que los restos orgánicos pueden regresar al suelo y convertirse nuevamente en vida para los jardines.
La educación ambiental no termina en el aula, se extiende a las familias, los barrios, las empresas y las instituciones. La ciudad informa, educa, comunica y, cuando es necesario, regula, porque formar ciudadanos responsables no ocurre por decreto, se construye todos los días.
No es perfecta. Y precisamente por eso resulta creíble
Por supuesto, esta ciudad tiene problemas. Hay calles que necesitan reparación. Hay personas sin empleo. Hay conflictos, errores administrativos y decisiones que seguramente podrían hacerse mejor. Pero existe una diferencia fundamental: no hay personas abandonadas a su suerte.
Existe una política de ayuda social diseñada para recuperar autonomía, no para convertir la necesidad en una dependencia permanente de subsidios. La solidaridad tiene un propósito: ayudar a la persona a volver a caminar por sus propios medios.
Y sí, los habitantes pagan impuestos, pero ocurre algo curioso, les gusta pagarlos. No porque pagar impuestos sea divertido —eso sí sería entrar definitivamente en el terreno de la ciencia ficción—, sino porque pueden verlos convertidos en obras, parques, ciclorrutas, colegios, universidades, sistemas de agua, iluminación, seguridad, mantenimiento y servicios públicos que mejoran realmente la vida cotidiana.
¿Utopía? Naturalmente. Esta ciudad probablemente no existe, al menos no completa.
Quizás alguna ciudad tenga excelentes ciclorrutas. Otra haya conseguido reciclar buena parte de sus residuos. Otra haya desarrollado una extraordinaria política de transporte público. Otra proteja sus parques y otra tenga universidades dedicadas a resolver problemas reales. Pero ninguna necesita esperar a ser perfecta para comenzar. La verdadera utopía no consiste en imaginar una ciudad sin problemas. Consiste en imaginar una ciudad capaz de resolverlos sin destruir aquello que pretende mejorar.
En BiciUrba creemos que una ciudad se mide mucho más por la calidad de vida de sus habitantes que por la cantidad de automóviles que puede almacenar. Por eso, cuando llega el momento de decidir entre otra avenida para los carros o una nueva ruta para bicicletas, quizá deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: ¿Qué queremos construir: una ciudad para mover vehículos o una ciudad para vivir?
La respuesta puede parecer utópica, pero quizá el verdadero problema no sea que esta ciudad todavía no exista. Quizá el problema sea que hemos terminado creyendo que una ciudad así es imposible.






