
Hay días en los que uno sale en bicicleta con la intención de despejar la cabeza, respirar un poco, mirar el vecindario y recordar que todavía existen cosas sencillas que funcionan. Pero entonces aparecen las noticias y se acabó la tranquilidad.
Guerras en el país, en Europa, conflictos en Oriente Medio, enfrentamientos que llevan años en distintos lugares de África y otros tantos que apenas ocupan unas líneas en los diarios. Y, por si faltara algo, están las guerras comerciales, donde ya no hacen falta tanques ni misiles: basta una buena dosis de aranceles, restricciones y decisiones económicas para convertir el comercio internacional en un campo de batalla con corbata.
Uno termina preguntándose cuánto dinero se está gastando en destruir lo que después habrá que reconstruir. Y la pregunta no es nueva. Cada época de la humanidad ha tenido sus guerras, sus ambiciones, sus ideologías y sus poderosos convencidos de que poseen la razón definitiva. Lo extraño es que hoy tenemos algo que nuestros antepasados no tenían: una capacidad tecnológica extraordinaria para resolver problemas que durante siglos parecieron imposibles, y sin embargo, seguimos haciendo muchas cosas de la misma manera.
Podemos producir electricidad con el sol, el viento o el calor de la Tierra. Podemos llevar comunicaciones y conocimiento a lugares donde antes una carta tardaba meses en llegar. La medicina tiene herramientas de prevención, diagnóstico y tratamiento que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción. Podemos construir viviendas más eficientes, mejorar el transporte, diseñar ciudades más habitables y desarrollar soluciones para reducir nuestra presión sobre el ambiente.
Podemos. Esa palabra merece atención, porque una cosa es poder hacer algo y otra, bastante diferente, decidir hacerlo. Ahí aparece la gran contradicción de nuestra época. Tenemos tecnología para producir más y contaminar menos, pero buena parte de nuestras decisiones continúa dependiendo de cuánto dinero puede producir una actividad. Tenemos herramientas extraordinarias para educar, pero también las utilizamos para desinformar, manipular, polarizar y convertir la atención humana en mercancía.
Tenemos capacidad para producir alimentos suficientes, pero el hambre continúa existiendo. Tenemos conocimientos para prevenir muchas enfermedades, pero con frecuencia resulta más atractivo económicamente atenderlas cuando ya aparecieron. Y tenemos alternativas para movernos de manera más limpia y eficiente, pero seguimos construyendo ciudades donde recorrer unos pocos kilómetros puede convertirse en una pequeña expedición.
La bicicleta, curiosamente, sigue allí. Una máquina bastante elemental frente a la sofisticación tecnológica de nuestro tiempo, capaz de transportar a una persona utilizando fundamentalmente dos cosas que no requieren patente: sus piernas y la voluntad de moverlas. Mientras tanto, nosotros inventamos máquinas cada vez más complejas para solucionar problemas que, en muchos casos, nosotros mismos hemos creado. Es una paradoja bastante humana.
También está nuestra relación con el planeta. Consumimos como si los recursos fueran infinitos y como si la Tierra tuviera un departamento de repuestos en alguna galaxia cercana, ¡pues no lo tiene! El planeta nos proporciona agua, alimentos, energía, biodiversidad y las condiciones necesarias para vivir. A cambio, hemos desarrollado una sorprendente capacidad para convertir casi cualquier cosa en mercancía.
El problema no es comerciar. El comercio ha acompañado a la humanidad durante miles de años y ha permitido intercambiar alimentos, conocimientos, herramientas y culturas. El problema aparece cuando el negocio termina siendo más importante que aquello que estamos negociando. Entonces el bosque se convierte en madera, el río en recurso, el suelo en lote, la atención en producto y hasta el tiempo libre en una oportunidad para vender algo. Y después nos sorprendemos porque el planeta comienza a pasarnos la factura.
No hace falta imaginar una humanidad malvada para explicar esta contradicción. Basta observar millones de decisiones individuales y colectivas que, sumadas durante décadas, terminan produciendo consecuencias que nadie parece haber querido directamente. Nos hemos vuelto extraordinariamente eficientes para hacer cosas, pero no necesariamente igual de eficientes para preguntarnos si deberíamos hacerlas.
Y mientras tanto, las ideologías siguen disputándose el derecho a explicar cómo debe funcionar el mundo. Cambian los nombres, los discursos, las banderas y los sistemas, pero demasiadas veces terminan apareciendo los mismos viejos acompañantes de la historia: corrupción, soberbia, egoísmo, ambición y vanidad.
Por supuesto, no todo está perdido. También existen sociedades que han conseguido mejorar sus condiciones de vida, ampliar derechos, reducir desigualdades, proteger parte de su naturaleza y construir instituciones que funcionan razonablemente bien. No son perfectas. Ninguna lo es, pero demuestran algo importante: las cosas pueden hacerse de otra manera.
Tal vez por eso una bicicleta termina siendo un buen lugar para pensar. Cuando voy pedaleando por el vecindario o por una ciclorruta, viendo pasar automóviles, peatones, vendedores, estudiantes, trabajadores y otros ciclistas, resulta inevitable preguntarse qué nos pasa como especie.
¿Cómo podemos enviar una nave a otro planeta y no encontrar la manera de convivir razonablemente con el vecino? ¿Cómo podemos desarrollar inteligencia artificial, medicina de precisión, energía renovable y comunicaciones globales, pero continuar resolviendo nuestras diferencias con violencia? ¿Cómo podemos conocer los efectos de nuestras acciones sobre el clima y los ecosistemas y, aun así, comportarnos como si el planeta fuera una propiedad privada?
Quizá el problema nunca fue nuestra capacidad para inventar. Quizá el problema está en decidir para qué utilizamos aquello que inventamos.
Las generaciones futuras probablemente no recordarán la mayoría de nuestras discusiones, nuestros discursos ni nuestras pequeñas batallas políticas. Pero sí vivirán las consecuencias de las decisiones que tomemos ahora.
Por eso, después de tantos siglos de civilización, quizá sería razonable que la humanidad comenzara a preguntarse algo bastante sencillo: ¿Para qué sirve tener tanto conocimiento si no aprendemos a utilizarlo para vivir mejor?
Mientras encontramos la respuesta, seguiré haciendo algo mucho más modesto: montar bicicleta. Al menos durante unos kilómetros, el mundo parece tener dos ruedas, una cadena, algunos semáforos y la posibilidad de llegar a casa sin haber declarado una guerra. Y, francamente, ya es bastante.






