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Domingo: ese día que todavía se resiste a trabajar

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El domingo no necesita más actividades; necesita más vida

Al terminar una semana y comenzar la siguiente, existe un día que debería pertenecernos: el domingo. Un espacio de tiempo para compartir con la familia, encontrarse con los amigos de siempre, descansar o, sencillamente, hacer aquello que durante los otros seis días parece imposible: vivir sin mirar el reloj.

Pero las ciudades modernas tienen otros planes. Ahora se promueve la dinámica de las 24 horas, como si la humanidad hubiera firmado un contrato para trabajar, consumir y producir sin interrupciones. Hasta la vivienda ha terminado adaptándose a esa filosofía. ¿Para qué una casa con habitaciones amplias, un estudio, una sala donde recibir amigos o un patio para disfrutar del aire libre? Basta con un apartamento reducido, donde quepa lo estrictamente necesario. Eso sí, el precio de compra y mantenimiento puede competir tranquilamente con el de una casa de dimensiones mucho más generosas. El espacio se encoge, pero la factura no.

Así llega el domingo para muchos habitantes de las grandes urbes. Si usted tiene la fortuna de no trabajar ese día y sale a desayunar, encontrará que mientras disfruta tranquilamente de un café, alguien está cumpliendo su jornada laboral. Usted es el afortunado que puede sentarse sin afanes, mientras otros hacen posible que la ciudad siga funcionando. También puede comprar el pan y regresar a su pequeño apartamento a preparar el desayuno, una actividad que todavía no requiere suscripción mensual.

Si vive solo, sin familia ni mascotas, probablemente lo primero que haga sea revisar el celular. Hay que comprobar si WhatsApp tiene alguna novedad, si alguien se acordó de uno o si hay suficientes mensajes para reenviar. Porque, al parecer, descansar también exige estar conectado. Algunos consiguen pasar buena parte de la mañana distribuyendo noticias, fotografías y videos que nadie pidió, pero que consideran indispensables para la humanidad.

Otros prefieren torturarse escuchando las noticias. El presupuesto familiar no alcanza y, según los pronósticos, alcanzará menos. La política nacional parece una novela de suspenso mal escrita, mientras las guerras internacionales recuerdan que el planeta tampoco atraviesa su mejor momento. Después de un par de horas, la conclusión es inevitable: el mundo está cada vez más complicado, menos predecible y, para algunos, definitivamente se lo llevó el diablo.

Los más hacendosos aprovechan para limpiar el apartamento, poner la lavadora, organizar la ropa y dejar todo impecable. Nadie lo hará por ellos, especialmente cuando contratar ayuda doméstica se ha convertido en otro lujo urbano. Hay que mantener el espacio limpio, ordenado y cómodo, aunque sea tan pequeño que para barrer una esquina haya que mover tres muebles.

Finalmente llega el momento de salir. Algunos buscan encontrarse con su fe; otros prefieren rodar en bicicleta, visitar un parque, caminar o simplemente dar una vuelta. Claro que también están quienes terminan abriendo el computador para adelantar pendientes laborales. Trabajar conectado con clientes o empresas de otros países tiene sus ventajas, pero también su condena: el domingo colombiano puede ser el lunes de alguien en otro continente. Y hay que cumplir.

En los hogares con pareja e hijos, el panorama cambia. Los pequeños necesitan salir, distraerse y descubrir que existe un mundo más allá de las pantallas. Aparecen entonces los centros recreativos, los espectáculos infantiles, los parques municipales y las actividades familiares. Si hay abuelos, la visita se convierte en un buen plan: almuerzo, conversación, alguna historia repetida y una tarde compartida. Después viene el regreso, organizar uniformes, tareas y útiles escolares. El lunes no perdona.

Pero existe otra realidad. En las ciudades pequeñas y medianas el domingo todavía conserva algo de su naturaleza. El ritmo es diferente. Hay menos afán, distancias más cortas y, en ocasiones, una relación más amable con el tiempo. Allí todavía se puede vivir y no limitarse a existir.

Las casas suelen ofrecer espacios más generosos, habitaciones que no parecen diseñadas para guardar únicamente una cama y algún rincón para leer, escribir, pintar o escuchar música. Las cosas se compran porque se necesitan y tienen una utilidad, no simplemente porque una campaña publicitaria decidió que ahora son imprescindibles. Los vecinos se conocen, las conversaciones no siempre necesitan una pantalla y salir a recorrer unos buenos kilómetros en bicicleta puede ser un plan suficiente para sentirse feliz.

Naturalmente, tampoco son lugares perfectos. Pero tienen una ventaja que las grandes metrópolis parecen haber olvidado: permiten que el tiempo transcurra sin convertir cada minuto en una oportunidad de negocio.

Al final, cada domingo se parece a la vida que hemos construido. Algunos descansan, otros trabajan, unos consumen y otros aprovechan para compartir. Hay quienes acumulan objetos para llenar espacios cada vez más pequeños y quienes descubren que la felicidad no necesita demasiados metros cuadrados.

Y ni hablemos de las mascotas, que también tienen sus horarios, necesidades y derechos adquiridos dentro del hogar. A veces son los únicos que consiguen imponer una pausa obligatoria a sus dueños.

Quizás deberíamos recuperar el domingo. No como una obligación religiosa, comercial o familiar, sino como un derecho a detenernos, conversar, visitar a alguien, respirar aire fresco y recordar que no vinimos al mundo exclusivamente a pagar cuentas y cumplir horarios.

Una bicicleta, un parque, una mesa compartida o una conversación sin interrupciones pueden ser suficientes para rescatarlo. No hacen falta grandes presupuestos ni sofisticados planes de entretenimiento.

Porque todavía hay esperanza: mientras existan personas dispuestas a bajarse de la rutina, cerrar el computador y salir a pedalear, el domingo no estará completamente perdido. Y si además encontramos a alguien con quien compartir el camino, mucho mejor. La ciudad podrá seguir funcionando las 24 horas, pero nosotros no tenemos por qué hacerlo.

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