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No es un juego, aunque lo venden como tal en todo el mundo

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El consumo de narcóticos es un fenómeno complejo que no puede ser explicado únicamente por las modas o el mercado. Factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales se entrelazan para motivar a las personas a recurrir a estas sustancias.

Los legisladores en muchísimos países del mundo han decretado que el uso recreativo de algunos narcóticos, es una decisión de adultos, pero se les olvida algunos detalles que hacen que esto tan liberal se va convirtiendo con el tiempo en un serio problema social, y la historia nos lo ha mostrado en muchas ocasiones.

El uso de narcóticos no es nuevo, el alcohol por ejemplo es uno de los más antiguos y ampliamente utilizados en la humanidad. Nace con el inicio de la agricultura y civilizaciones como la Mesopotamia y los Sumerios, desarrollaron bebidas como la cerveza y alcohol fuerte, incluso tenían una diosa de la cerveza, Ninkasi.

En la Edad Media, el vino y la cerveza, era común en Europa. La cerveza era la bebida básica en muchas regiones debido a la falta de agua potable segura. Además, el alcohol se utilizaba en la medicina medieval como desinfectante y anestésico.

Con la colonización de América, los europeos trajeron el alcohol lo que llevó a la producción de ron, whisky y otros licores fuertes. Durante el siglo XIX y principios del XX, surgieron movimientos de prohibición, argumentando los peligros del consumo excesivo de alcohol y llevando a la prohibición en varios países, la más reconocida la de los Estados Unidos.

En ese intercambio entre colonias y colonizadores junto a las bebidas también estaban las plantas alucinógenas, Los pueblos amazónicos, como los Yanomami, utilizan el rapé en rituales religiosos y ceremonias de curación, y en el siglo XVI pronto se convirtió en una moda entre la aristocracia y la realeza, conocido por sus efectos estimulantes y su uso como un signo de estatus social. En el siglo XVIII, el rapé era comúnmente utilizado en las cortes europeas, incluyendo la de Luis XIV en Francia.

Y también llegaron a Europa los hongos alucinógenos de los pueblos indígenas de Mesoamérica, como los aztecas y mayas, que eran utilizados en ceremonias religiosas y rituales de sanación. En el siglo pasado, en la década de 1950, el banquero y etnobotánico Gordon Wasson publicó un artículo en la revista Life sobre su experiencia con hongos psilocibios en México, lo que llevó al movimiento psicodélico de los sesenta, que promovieron el uso de sustancias alucinógenas con el argumento de la expansión de la mente y la exploración espiritual.

El opio, extraído de la amapola, los sumerios lo llamaban «la planta de la alegría» y lo utilizaban tanto medicinalmente como recreativamente. En el siglo XIX, esta adicción llevó a las Guerras del Opio entre China y las potencias coloniales británicas. Y la hoja de coca de los Andes los colonizadores españoles fue reconocida tanto en la economía como en la medicina tradicional. En el siglo XIX, la cocaína, el alcaloide activo de la coca, fue aislada y utilizada en medicina occidental, aunque su potencial adictivo pronto llevó a restricciones legales.

La cultura amazónica también provee plantas como la ayahuasca, una bebida alucinógena hecha de la combinación de varias plantas y utilizada tradicionalmente por los chamanes en rituales de sanación y comunicación espiritual. En las últimas décadas, aunque su uso está regulado en muchos países, sigue siendo una parte integral de la cultura y la medicina tradicional en la Amazonía.

Pero ¿en qué se fundamenta el uso de estas substancias peligrosas de por si? Las respuestas van desde una predisposición genética que afecta la manera en que sus cuerpos y cerebros responden a las drogas, hasta buscar la solución personal de trastornos de ansiedad, depresión o dolor crónico que pueden encontrar alivio temporal en su uso. Ese alivio puede reforzar el comportamiento de consumo, haciendo que la persona dependa cada vez más de la sustancia para sentirse mejor.

En la sociedad contemporánea la competencia a todos los niveles de la existencia, la exclusión, el abandono, la pobreza humana, espiritual y no exclusivamente material o económica, hacen parte de esos detonantes para llegar al consumo y la destrucción de los individuos. Las personas que han experimentado eventos traumáticos, como abuso, violencia o pérdida, pueden llegar a las drogas como una forma de escapar del dolor emocional. El estrés crónico también puede aumentar la vulnerabilidad al consumo de sustancias como una forma de enfrentar situaciones difíciles.

Y hay otro grupo que prefiere la enajenación buscando placer que va de un uso ocasional a convertirse en un patrón de consumo más habitual y problemático. El evadirse de la realidad o lidiar con el aburrimiento y la insatisfacción de existencias vacías y sin propósito, se suma la presión de grupo y el deseo de pertenencia que pueden motivar a las personas a probar y continuar usando drogas.

¿Es posible salir de ese mundo? En la realidad un adicto siempre estará en el filo de la cuchilla, y la recuperación física y psicológica dependen de la voluntad del individuo, que generalmente esta muy destruida, de servicio médicos adecuados, consejería y observación casi permanente, por ello la clave diaria: “solo por hoy estaré sobrio”.

Esta realidad plantea retos monumentales frente a las mafias, a la industrialización de campos empobrecidos por la violencia, como es el caso colombiano, el mayor productor de cocaína en el mundo; a la miseria humana alentada por el pensamiento social actual del tener y no del ser, del individualismo, del goce personal, sin darnos cuenta que esa actitud tan promovida hace un terrible mal en cualquier circulo social, en la medida que somo comunidad.

La soledad personal urbana, aunque esté rodeado por miles de personas, el distanciamiento familiar, la dificultad de adaptación social, temores y angustias, son también factores a tener en cuenta desde el marco social. Y si bien los políticos de turno promulgan esas leyes inicuas, es trabajo directo de la familia nuclear y extendida proteger a sus miembros a partir de un amor verdadero que significa reconocimiento, respeto, acompañamiento y apoyo para desarrollar sus vidas y talentos.

El hecho de traer personas a nuestra realidad en el contexto de la procreación humana implica necesariamente acoger, proteger, formar intelectual y socialmente para lograr un mejor vivir para todos. De alguna manera todos estamos implicados en esta tragedia global.

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